miércoles, 19 de diciembre de 2012

Londres: retrato impresionista de una ciudad


            Es difícil, María, Javier, pisar suelo foráneo y querer sentirte como en casa, cuando tus ojos miran hacia un lado y el otoño te apresa por el otro. Dentro de la hipersensibilidad que te brinda la nostalgia de la lejanía, la tristeza de lo deseado y la frialdad de la tramoya británica, uno se siente extremadamente deseoso de todo y poseedor de nada, o rodeado de todo sin hambre de nada; e incluso llega a sentir la fantasía de que todo lo que le rodea no existe o está inventado.



           En Londres la gente habla del tiempo porque el frío nunca escampa y el sol siempre es noticia. Mientras en octubre la luz huye de puntillas, noviembre decora los parques de acuerdo a los cánones de la más absoluta belleza, y es entonces cuando el invierno llama a la puerta de un diciembre vetusto y ramplón que ya no puede ni aplacar las nieves ni calentar ciudades. Es entonces, digo, cuando la gente se refugia detrás de los lienzos, de las orquestas o del cristal viejo de una pinta que ahoga recuerdos con sabor inglés.
Existe una quinta estación entre el invierno y la primavera en la que las flores se apagan y las personas se amargan; en la que el sol se toma unas inmerecidas vacaciones y huye lejos de bastones y bombines. Las últimas nieves prometen llevarse el frío consigo y dar tregua a los rostros empalidecidos, pero entonces el dios de las desdichas decide que todavía no es tu día de ser feliz.
           Luego llega abril, con cara de prisa y disfraz de mayo; Londres se quita su traje gris y en su pelo culmina una flor. Se acabó el frío que congelaba corazones, por fin llega esa primavera que hace olvidar razones. Se fue este invierno, fugitivo pero intenso, para dar paso a esa época del año en la que todo fluye y nada se ataja, en la que las mentiras tiñen de azul el negro más azabache, sin comprender que el negro siempre fue y seguirá siendo oscuro.

            Y en medio de esa isla encendida, de toda esa gente anónima y del maldito british weather, queridos María y Javier, se encuentra un individuo sediento de música y con hambre de piano. Ese que es nuevo en la vida pero viejo en recuerdos, y que ama encerrarse con vosotros en nuestra pequeña torre de marfil para desgranar, como en este blog, el mundo desde nuestro particular punto de vista.
M.M.

2 comentarios:

  1. Maravilloso, Mario.
    Pareciera que pudiéramos tocar esa ciudad...
    Muchas gracias por compartirlo con nosotros, con ese exquisito vocabulario y con esa grandísima sensibilidad.
    Un fuerte abrazo, María.

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    Respuestas
    1. Mil gracias, María!
      Lo acabo de ver, soy un torpe. Me metía precisamente para leer el tuyo :)
      Besos,
      Mario

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