Queridos Javier y Mario:
Según la costumbre de la fecha que mencionaba en mi anterior post, este libro, titulado “El piano: notas y vivencias”, lo compré la calurosa tarde del 3 de junio de 2010 en la Feria del Libro -que tenía lugar en El Retiro-, en la caseta de la librería de música El Argonauta. Recuerdo con una sonrisa que ese día salí de allí con alguna bolsa de más -aunque en realidad esto suele ocurrirme habitualmente, cada vez que entro en alguna librería-, en cuyo interior se encontraba, entre otros, el libro de Charles Baudelaire titulado “Salones y otros escritos sobre arte” que tan buenos ratos me hace pasar alguna noche y cuyas palabras me han resultado muy inspiradoras para otros escritos y trabajos anteriores.
Si llego a saber lo que estas “notas y vivencias” relataban, no hubiera esperado tanto a leerlo -lo hice a finales del pasado año-, pero tampoco me arrepiento demasiado porque fue en un momento adecuado ya que conocía un poquito más el entramado del mundo que refleja. Lo disfruté intensamente y ha sido uno de los pocos libros que he regalado. Fue en una ocasión, y me encantó hacerlo.
Si hoy escribo sobre él es porque desgraciadamente el pasado 9 de diciembre conocimos la triste noticia del fallecimiento de su autor, el pianista Charles Rosen (1927-2012), y al que Mario, me comentaba estos días, que vio hace un par de años.
Este libro fue publicado en 2002 con el título original Piano Notes: The World of the Pianist, y hoy contamos con la traducción de Luis Gago para Alianza Editorial (2005).
Escrito en un estilo accesible que evita tecnicismos y que consigue así acercar a todo tipo de lectores a sus experiencias, pensamientos, reflexiones y opiniones fundamentadas en una enriquecedora existencia y que puede -si no debe-, ser tomada como referencia por un intérprete que quiera comenzar una carrera -carrera claramente de fondo para la que hay que estar muy “entrenado” mental y físicamente-, tan sacrificada y exigente como ésta.
Al igual que “Darse a la lectura”, del que os hablé anteriormente, éste librito debería considerarse un imprescindible de nuestra biblioteca personal, esa que, como decía Gabilondo (2012), constituye algún lugar haciendo de un espacio una casa [y] tiene su riqueza en su capacidad de vincularse con la vida de quienes la habitan; en este caso de quien fue su autor y actual y futura referencia para todos los que, de algún modo u otro, dedicamos gran parte de nuestra vida a la música en cualquiera de sus manifestaciones.
Tanto por su faceta docente (profesor en las universidades de Harvard, Oxford y Chicago), como por la de intérprete de trayectoria más que internacional, aborda con maestría los aspectos del cuerpo y de la mente, de la escucha del sonido del piano, del instrumento y sus quejas, del complejísimo mundo de los conservatorios y los concursos y ni qué decir tiene de los conciertos, grabaciones y de los estilos y maneras; cada uno de los cuales articulan sus escritos con un postludio a modo de final.
Reconforta “leer” a un artista, a un intérprete, afirmando que lo que más le ha interesado de todo es la relación del acto físico de tocar con aquellos aspectos de la música considerados más intelectuales, espirituales y emocionales, y de esa forma en la que entran en comunión e interactuación el cuerpo y el espíritu. En mi humilde opinión, con un argumento como éste, sobraría cualquier intento por explicar las razones que lo llevan a uno a hacer tal o cual cosa. Y el hecho de mostrarlo, de presentarlo al público, del concierto en sí, como el momento en el que la obra adquiere la independencia de su contexto social (Rosen, 2002: 128), para adquirir su conciencia plena, su existencia completa y ante todo, como forma de comunicar emociones, -compartidas en muchas ocasiones-, de formas misteriosamente bellas.
Una vez en mis manos, me recordó la publicación del pianista Josef Hofmann, titulado Piano playing. A little book of simple suggestions (1907), que se presenta, desde el título con esa modestia que suele caracterizar -siempre que sea auténtica-, a las grandes personas. Aborda cuestiones relativas al instrumento y al intérprete, una serie de reglas generales, la técnica, el uso del pedal, el tocar “en estilo” y algunos aspectos sobre cómo (Anton) Rubinstein le enseñó a tocar el piano y de quien cuenta que nunca tocó para él. Solamente en raras ocasiones ejemplificaba brevemente lo más estrictamente necesario sobre el teclado. Aquí dejo una conversación entre ellos y recreada por Hofmann en este texto:
“Usually, when I came to hime, arriving from Berlin, where I lived, I found him seated at his writing-desk, smoking Russian cigarettes. He lived at the Hôtel de l´Europe. After a kindly salute he would always ask me the same question: “Well, what is new in the world?”
I remember replying to him: “I know nothing new; that´s why I came to learn something new-from you.”
Rubistein, understanding at once the musical meaning of my words, smiled, and the lesson thus promised to be a fine one.” (Hofmann, 1907: 58-9).
En fin, “little book” y “simple suggestions”, dice... Invito a la reflexión mientras le escuchamos:
Abogando siempre por interpretaciones inspiradas sin considerar -y humildemente me sumo a esta opinión-, que la fidelidad en la interpretación histórica no pasa necesariamente por la utilización de instrumentos de época, defendió la amplitud del repertorio como sinónimo de enriquecimiento en la experiencia del arte, y así con todos los intereses como demuestran sus facetas de compositor, pensador e intérprete.
Gran conocedor del terreno en el que se ha movido y ha desarrollado su impecable trayectoria -y nunca nada fácil-, reconoce que el ideal de tocar pasa por la ausencia de las presiones comerciales o intelectuales (Rosen, 2002: 130). Sabe que el público quiere que lo emocionen, lo asombren o lo conmuevan, y cree que, ocasionalmente, no pone objeciones a que se le indigne. Un artista debe ser juzgado por su mayor logro, y no por si gusta o no a quien en ese momento, siempre circunstancial y pasajero, tiene el deber de cubrir la columna de tal o cual revista o periódico sin exceder un maldito número de caracteres. A veces, tanto a ellos como a los que asumen ese papel de “responsables de” se les olvida el sacrificio que hace ya un intérprete de gran trayectoria aceptando los rigores que comporta esta profesión. En fin, siempre lo considerarán un motivo para que se hable de ellos; se sepa que existen, vamos. A veces quizá el único.
Rosen menciona a Paul Valéry quien, en su disfraz de Monsieur Teste, afirmaba que tenía un sistema para recordar todo lo que quería saber, pero que nunca había encontrado un modo de olvidar lo que prefería no recordar, para señalar que esa sensación se acentúa aún más en la música que en la literatura o en la vida en general (Rosen, 2002: 99). Javier, Mario: ¿estáis de acuerdo? Yo -pero lo digo bajito y muy despacio..., a día de hoy-, no.
¡Ay!, qué buen apunte el que la insistencia en algo, a veces creada y moldeada por nuestra propia cabeza y por razones en ocasiones inexplicables, termina por bloquear cualquier intento de aceptación y consideración. Porque lo que contribuye al éxito, siempre, es la intensidad con la que se hacen las cosas, del grado real de entrega. En el caso de Charles Rosen, sin lugar a ninguna duda, fue máximo.
Y no hay mejor forma de terminar que con las palabras de Pierre Boulez recogidas en la contraportada que la editorial Alianza Música (traducción también de Luis Gago), ha hecho de otra de las publicaciones de Charles Rosen, Music and Sentiment (2010):
“Los conocimientos de Rosen, su vasta cultura, prestan a sus interpretaciones una intensidad y una validez que demuestran que, lejos de apagar la espontaneidad, la cultura la enriquece. Precisamente esta combinación de cultura y pragmatismo es lo que hace tan excepcional su personalidad. En último término, también es lo que le convierte en un pedagogo ideal, en el sentido más amplio y menos pedante del término.”
Feliz Navidad a los dos,
María

Bravo! Gracias por descubrir a la gente este "imprescindible". Lo busqué en la biblioteca de la Royal, y sorprendentemente no estaba (quizá estaba en manos de alguien), pero está en mi lista de espera.
ResponderEliminarY efectivamente, tuve la suerte (y lo digo orgullisísimo) de encontrarme con Rosen y disfrutar de una familiar charla sobre las últimas Sonatas de Beethoven. También lo vi tocar, quizá uno de sus últimos recitales. El nivel pianístico era muy criticable, pero nos daba igual, todos eramos conscientes de que estabamos escuchando a una leyenda, e incluso con ese déficit se podía perdibir un conocimiento musical inalcanzable.
Feliz Navidad a ti también!
Mario