Es difícil, María, Javier, pisar
suelo foráneo y querer sentirte como en casa, cuando tus ojos miran hacia un
lado y el otoño te apresa por el otro. Dentro de la hipersensibilidad que te
brinda la nostalgia de la lejanía, la tristeza de lo deseado y la frialdad de
la tramoya británica, uno se siente extremadamente deseoso de todo y poseedor
de nada, o rodeado de todo sin hambre de nada; e incluso llega a sentir la
fantasía de que todo lo que le rodea no existe o está inventado.
En Londres la
gente habla del tiempo porque el frío nunca escampa y el sol siempre es
noticia. Mientras en octubre la luz huye de puntillas, noviembre decora los
parques de acuerdo a los cánones de la más absoluta belleza, y es entonces
cuando el invierno llama a la puerta de un diciembre vetusto y ramplón que ya
no puede ni aplacar las nieves ni calentar ciudades. Es entonces, digo, cuando
la gente se refugia detrás de los lienzos, de las orquestas o del cristal viejo
de una pinta que ahoga recuerdos con sabor inglés.
Existe una
quinta estación entre el invierno y la primavera en la que las flores se apagan
y las personas se amargan; en la que el sol se toma unas inmerecidas vacaciones
y huye lejos de bastones y bombines. Las últimas nieves prometen llevarse el
frío consigo y dar tregua a los rostros empalidecidos, pero entonces el dios de
las desdichas decide que todavía no es tu día de ser feliz.
Luego llega abril,
con cara de prisa y disfraz de mayo; Londres se quita su traje gris y en su
pelo culmina una flor. Se acabó el frío que congelaba corazones, por fin llega
esa primavera que hace olvidar razones. Se fue este invierno, fugitivo pero
intenso, para dar paso a esa época del año en la que todo fluye y nada se
ataja, en la que las mentiras tiñen de azul el negro más azabache, sin
comprender que el negro siempre fue y seguirá siendo oscuro.
Y
en medio de esa isla encendida, de toda esa gente anónima y del maldito british weather, queridos María y
Javier, se encuentra un individuo sediento de música y con hambre de piano. Ese
que es nuevo en la vida pero viejo en recuerdos, y que ama encerrarse con
vosotros en nuestra pequeña torre de marfil para desgranar, como en este blog,
el mundo desde nuestro particular punto de vista.
M.M.

Maravilloso, Mario.
ResponderEliminarPareciera que pudiéramos tocar esa ciudad...
Muchas gracias por compartirlo con nosotros, con ese exquisito vocabulario y con esa grandísima sensibilidad.
Un fuerte abrazo, María.
Mil gracias, María!
EliminarLo acabo de ver, soy un torpe. Me metía precisamente para leer el tuyo :)
Besos,
Mario