Tengo la costumbre de escribir la fecha en una de las primeras páginas de cada libro que compro o me regalan. El pasado 12 de marzo encontré en Antonio Machado Libros, -la librería de El Círculo de Bellas Artes de Madrid-, “Darse a la lectura”, de Ángel Gabilondo, Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid y Ministro de Educación entre 2009 y 2011. Fue publicado en febrero de este año por RBA Narrativas.
Bastaron dos días para disfrutar de sus palabras en los que cualquier momento era bueno para continuar con él, prácticamente incapaz de centrar mi atención en otra cosa que no fuera seguir y seguir leyéndolo. Su mayor valor, entre tantos otros, recae en la calidad de su introspección, de sus reflexiones en torno al acto de leer, de sus perspectivas y de la mirada liberadora del autor, así como ese paralelismo que, inevitablemente, asemeja nuestra relación con la lectura con la que mantenemos con otras personas. A este respecto finalizaba una entrevista en El País que le hizo su hermano, el periodista Iñaki Gabilondo, señalando que “para que te importe un libro, te tienen que importar también los demás”. Igual ocurre con los seres humanos cuando se es eso, humano. Y es por eso que no he podido dejar de elaborar este discurso con algún apunte personal pero enlazado de forma constante en los párrafos con las sabias palabras textuales del autor, extraídas de los capítulos que articulan esta joya de ensayo y con alguna referencia a las páginas en las que podéis encontrarlas. Repito, en su mayoría se trata de las palabras de Ángel Gabilondo.
Comenzamos por el acto de cuidar. Igual que se cuidan -o así debiera ser-, las buenas relaciones y, en ocasiones, se establecen vínculos estrechos e íntimos con las personas, así es con los libros. También los libros se tocan, se miran, se observan y se escuchan; todas ellas acciones que admiten la misma analogía. El mero acto de tocar, de mirar y de escuchar, ya humaniza; el formato del libro, y un cuerpo, la portada del libro y un rostro, el diseño del libro y aquello que nos distingue de otro, el olor de un libro, el olor de ese alguien...
La hermosura de ver a alguien que lee para otro (ni qué decir tiene cuando uno es el destinatario de esa lectura, ese juego maravilloso entre su voz y la palabra...), ese misterio y atracción que enlaza a quienes han leído o leen la misma obra, los vínculos que se establecen, las complicidades y las sinergias que no siempre nos resultan indiferentes y que no son sino sinónimo de valentía, entidad y categoría humana cuando las reconocemos y aceptamos de forma natural -hay quien arremete contra estos pequeños milagros que muy pocas veces se dan en nuestras vidas, llevándoselos por delante sin eso que llamamos escrúpulos y actuando, en el fondo y muy tristemente, no en contra de nadie más que de sí mismos. Vivir para ver-.
Y no estamos hablando de carencias sentimentales, ni de una necesidad de afecto o compañía porque en ocasiones la lectura requiere de silencio y soledad, sino de lo que el propio autor llama “cuestiones vertebrales del pensar” y por eso, incluso llegar a estar solo, a sentirse solo, implica toda una tarea, una relación, (2012: 27). Pienso ahora mismo en las palabras de Gustavo Adolfo Bécquer, que no pueden reflejarlo mejor: “La soledad es muy hermosa... cuando se tiene a alguien a quién decírselo”.
Gabilondo admite que tampoco faltan quienes le restan importancia a ser cuidadoso con las palabras -ya no con la forma de decirlas, ¡faltaría más!-, desde la errónea percepción de que lo único que interesa es que se nos entienda. Merecería gran atención tratar de darse cuenta de qué puede llegar a significar eso, pero en todo caso las palabras no son meros instrumentos, ni el lenguaje un simple medio de transmisión de noticias, (2012: 93). No es tan fácil hacer, pero terriblemente simple, mediocre y peligroso decir que se hace o que se es, sólo porque se tiene la certeza de que nuestro interlocutor se lo cree al ser un nombre o un cargo (tremenda palabra), quien lo dice. Curiosa forma de buscar el reconocimiento cuando se está lleno de carencias. Y tampoco se requiere menos decisión para proceder con cautela, con prudencia y con coherencia que para intervenir inmediatamente, considerando que el hecho en sí solo es auténtico si se lleva a cabo sin lo que solemos denominar miramientos. Cabe desconfiar de este modo de intervenir tan frecuente, según el cual no es preciso detenerse a analizar o a considerar situaciones o personas (nuevamente, ¡faltaría más!), ya que tenemos imperiosamente que actuar por encima de cualquier cosa. De cualquier cosa, dije. Para semejantes fundamentalistas del hacer, todo camino es impropio, y su forma de atajar es cortar limpiamente con una precisión que estiman quirúrgica, pero es de guillotina (2012: 107). Y suscribo sus apuntes, porque las palabras nos curan, pero no hemos de olvidar que también tienen el poder de enfermarnos (2012: 166).
Entre sus líneas, encontramos a Hegel -entre otros como Platón, Ovidio, Gadamer, René Char, Foucault, Nietzsche, Proust o Camus...-, a quien Gabilondo remite para recordarnos que lo importante no es el resultado, sino el proceso. Eso que se va construyendo y aprendiendo por el camino. Nuevamente nos encontramos ante otra analogía con las personas, con nuestro trato: leer con intensidad, con sencillez, con alcance y esa posibilidad de ofrecerlo, igual que tantas y tantas veces puede hacer uno, lo constituye como donación, voluntad y entrega. Porque igual que recordamos siempre a aquella persona que con cierto afecto nos abrió no sólo un camino sino todo un mundo, tendremos presente a aquel libro que produjo el mismo efecto; nos damos a ciertas personas con todo lo que sabemos y todo lo que somos, y así leemos. También señala que un libro es fruto de sus lecturas, y de los ojos que lo miran y que han pasado por sus líneas. Cada una de nuestras bibliotecas, más grandes o más pequeñas, y que constituyen algún lugar haciendo de un espacio una casa, tienen su riqueza en su capacidad de vincularse con la vida de quienes la habitan y de ofrecerse como máxima expresión de hospitalidad a quienes se acercan, [...] igual que cuando la incomunicación pone a cada quien en su sitio, (2012: 84). Y quizá al tener a los libros junto a nosotros, como a las personas que nos quieren y a quienes queremos -vaya por delante que esta cuestión ha de darse en ambos sentidos-, la lectura -analogía con las relaciones humanas y sanas una vez más-, fluye generosa y cordial, diciéndonos y enseñándonos incluso lo que ni esperábamos ni reconocíamos necesitar.
En definitiva, leer es una forma de vivir y leer es una decisión, una elección: signo máximo de libertad; porque “elegir leer es elegir elegir” (2012: 23).
Y aunque aún me queda la tarea de revisar la puntuación, finalizo estas líneas a altas horas de la madrugada porque -nuevamente como bien señala el autor en su capítulo Leer de noche-, es cierto que es en este momento del día cuando todo cobra otra presencia, y además quizá pueda ser literalmente la que tiene. Tal vez dada esa situación de nocturnidad, contrariamente a lo que pudiera parecer, es más difícil refugiarse y esconderse de uno mismo y es cuando afloran nuestros pensamientos más íntimos. Aunque creamos hacerlo lejos de la mirada de los demás, suele mostrarse más próxima, fija y penetrante que a cualquier hora. Precisamente porque la noche no entiende de ellas. Es tal la intensidad de lo que ocurre que se ofrece como un acontecimiento y se dan las condiciones para que lo que hace falta brille más intensamente. Como hoy.
Y aunque aún me queda la tarea de revisar la puntuación, finalizo estas líneas a altas horas de la madrugada porque -nuevamente como bien señala el autor en su capítulo Leer de noche-, es cierto que es en este momento del día cuando todo cobra otra presencia, y además quizá pueda ser literalmente la que tiene. Tal vez dada esa situación de nocturnidad, contrariamente a lo que pudiera parecer, es más difícil refugiarse y esconderse de uno mismo y es cuando afloran nuestros pensamientos más íntimos. Aunque creamos hacerlo lejos de la mirada de los demás, suele mostrarse más próxima, fija y penetrante que a cualquier hora. Precisamente porque la noche no entiende de ellas. Es tal la intensidad de lo que ocurre que se ofrece como un acontecimiento y se dan las condiciones para que lo que hace falta brille más intensamente. Como hoy.
Me gustaría terminar citando una vez más las palabras de este libro y que, con el debido permiso, también hago mías: “En esta ocasión, y así desvelo mi posición, no pretendo pronunciarme imparcialmente. Amo el libro, amo los libros. Y cuando se adopta la forma de una declaración, en cierto modo se está solicitando la comprensión para ser apasionado. Sé que puede vivirse sin ellos. Ha ocurrido y ocurrirá. Pero yo no sé, ni creo que llegue a saberlo. Es más, hablando de legítimos intereses, no me interesa. Es cuestión, por tanto, si no de hacerse comprender, que sería lo mejor, al menos de explicarse sin pretender otro sentimiento que el que otorgamos a alguien cuando decimos que está enamorado”, (2012: 34-5).
Javier, Mario: Un placer, como siempre. Y buenas noches a los dos.
María

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