Se
asomaba marzo al 2013 cuando paseaba yo a lo largo de Marylebone caminito de
King Cross. Londres ya no oscurecía si no que permanecía oscuro, en esa
opacidad general que baña de ocaso aquellos países que tuvieron la mala suerte
de tomar asiento cerca de los extremos del planeta. No importa tanto cuando
estás en una ciudad tan majestuosa como ésta, en la que cualquier paseo es
delicia de buen caminante.
Detrás
de la popular estación internacional de tren King Cross/St. Pancrass se
encuentra una no tan popular sala de conciertos, “The King’s Place”, algo así
como “el sitio del rey”. Acústicamente perfecta para retos camerísticos e
igualmente eficaz para recitales solistas, de un tamaño acogedor, una
decoración escueta pero sensorialmente placentera y un ambiente general muy
agradable.
Los
músicos, conocidos muchos, compañeros otros, de la “Academy Chamber Orchestra”,
que no es otra que la Orquesta de Cámara de la Royal Academy of Music,
engullían los últimos bocados de un sandwich que ya sabía más a Haydn que a pan
relleno de mala calidad. Y es que tres sinfonías de Haydn componían un programa
tan atractivo como peligroso, pues no es fácil torear un programa centrado en
un solo compositor sin caer en la monotonía y en el bostezo.
Tuvimos
suerte: nada de monotonía. A favor del director, del cual no diré su nombre por
no vender mi piel demasiado pronto, tengo que decir que hizo maravillas con
aquellas notas, recreando al mejor Haydn y ondeando la bandera del clasicismo
hacia la cumbre de la historia de la música. Y aquí viene el pero: el
protagonismo fue enteramente suyo. Me explico: aspavientos exagerados, gestos
innecesarios, miradas hacia el público en los silencios buscando no se sabe muy
bien qué, bailes, saltos y casi volteretas que hicieron de aquello un espectáculo
por el que nadie pagó, un grueso velo que tapaba lo que allí quería sonar. El
climax, el “top point” o la cima de este espectáculo llegó en la última
sinfonía cuando en uno de esos movimientos inconexos y payasales la batuta
salió por los aires y aterrizó en los primeros asientos de la sala. Las cejas
tocando el techo de la mirada incrédula entre los allí presentes y la risotada
general posterior forma parte de ese pequeño cajón de la memoria que persiste en
la más indestructible eternidad.
En
definitiva, María y Javier, en muchas ocasiones asumimos conceptos por
naturaleza o por costumbre como asumimos la importancia de la figura del
director de orquesta. Al igual que no imaginamos un autobús sin conductor, no
imaginamos una gran orquesta sin un mediador que unifique a decenas de
personas. Pero no debe ser tal la naturaleza de esta posición cuando no una ni
dos, sino varias personas no pertenecientes al (a veces demasiado) hermético
mundo de la música me han cuestionado para qué sirve un director de orquesta y
si realmente es necesario. Qué pregunta, ¿no? ¿Quién se lo iba a plantear? Pues
lo hacen precisamente las personas con más autoridad sobre el tema: las que no
han sido manipuladas conceptualmente y todavía tienen una mente virgen en el
campo de la música para poder reflexionar sobre conceptos generales con
perfecto racionalismo.
Batuta
rasando los compases, compases salvando la batuta. El director hizo un
excelentísimo trabajo en los ensayos pero estorbó en el concierto desnaturalizando la música y alborotando la atención del
público. ¿Estáis de acuerdo con esa famosa frase de Karajan: “El arte de
dirigir consiste en saber cuándo hay que abandonar la batuta para no molestar a
la orquesta”?
M. M.


Me encanta la última cita, la afirmación de Karajan.
ResponderEliminarUn saludo