domingo, 7 de abril de 2013

Unas reflexiones sobre la amistad



A Joaquín,
“La gente te amará por lo que eres,
y otros te odiarán por la misma razón.
Acostúmbrate.”
El Rey León :)




Con esta entrada voy a finalizar, por una temporada, las dedicadas. Pero en el fondo no termina porque se trata de un texto “en construcción”, precisamente por el sentimiento del que escribo, la amistad, superior a la cercanía, siempre sometido a permanente evolución y cambio, dando sorpresas, alegrías y, también, claro está, situaciones de profunda tristeza. Siempre habrá algo que añadir o eliminar.

Y, esta vez, se la dedico a Joaquín; una de esas personas íntegras y nobles que te hace creer en valores como la amistad, por su ausencia total de malicia frente a la vida. No sé vosotros, pero yo no tengo muchos amigos. Es muy difícil tenerlos y aún más serlo para alguien -porque supone estar a una cierta altura-; hecho que lleva irrevocablemente a lo primero: si no sabes serlo, no se podrá contar contigo como uno de ellos. 
Su capacidad de mantener la calma y la serenidad ante situaciones desconcertantes e inexplicables, su palabra conciliadora y reconciliadora, su saber estar en estos años -no digo cuántos porque eso nos haría más mayores de lo que somos-, su inmenso cariño, su criterio y su presencia silenciosa, lo convierten en el ángel tranquilo que supone para todos los que tenemos la suerte de tenerlo cerca. Amigos como él te invitan a ser feliz por encima de todas las estúpidas y prescindibles cosas que lo evitan.


Es un regalazo de la vida poder compartir los anhelos y los desvelos; sin confundir la confianza con la confidencia. Sin la traición, la coacción y la trampa que derrumban, en un momento, todo lo construido si es que alguna vez lo hubo. Pero claro, aunque uno crea firmemente en ello, o en alguien, no se puede evitar lo que no se ve.  
La secreta fortaleza que adquirimos con los buenos amigos procede de esa libertad para elegir, del acto de voluntad que supone una amistad y tantas otras cosas de gran valor. En la sencillez del sentimiento radica su grandeza, y esa necesidad el uno del otro precisamente por eso, porque no se necesita, es la desinteresada paradoja que pone en evidencia la autenticidad de una amistad.


Robert Doisneau (1912-1944)




Albert Camus decía que “adquirimos la costumbre de vivir antes que la de pensar”, y son la lealtad y la honestidad inherentes a la amistad, las que tan fácilmente se pierden en los momentos críticos. Momentos críticos -de los que no se sabe salir si no es con un despliegue de desprecio y cinismo apabullantes-, que se generan en las amistades utilitaristas, y que vienen acompañados de comportamientos bajos, cutres y ruines -por los que jamás se oirá una disculpa o ni siquiera se verá una rectificación-, y que anteponen unos intereses de lo más mundanos por un reconocimiento terriblemente efímero. Que vivan las atalayas y quienes ocupan esas “alturas”. Será que los valores sobre los que se asientan estas relaciones cambian en la medida en la que también cambia la relación que mantenemos con nosotros mismos o a la incapacidad de mantenerse firme en unos principios.




Y desde luego que todos nos equivocamos y cometemos errores. Todos, sin excepción. Somos humanos. Y benditas sean nuestras meteduras de pata aunque a veces nos resulte inexplicable e injustificable nuestro propio comportamiento. Pero también con las reacciones ajenas se abren los ojos; sobre todo cuando crucifican y destruyen. En cualquier caso, siempre servirá para tener más cuidado -en el más amplio sentido de la palabra-, no volver a repetirlo y, lo más importante, aprender. Siempre aprender.



Yo no sé si será verdad eso que dice Arturo Pérez-Reverte en su novela El tango de la Guardia Vieja (2012), que “cada cual arrastra su estrella” y que “las cosas son lo que deben ser”; pero sí que la amistad me ha enseñado y me enseña que se puede mentir diciendo la verdad, ensombreciéndose uno mismo. Y que, como escribe George Duhamel, “si queremos encontrar amistad, dulzura y poesía, debemos llevarlas con nosotros”. 

A los amigos hay que buscarlos con horas para vivir, no para vivir las horas, porque son inspiración y motivación, y una gran fuente de satisfacciones. Porque uno regala y le regalan la serena dimensión del tiempo que no se tiene, porque uno puede relajarse y porque, con un amigo, un buen amigo, en un terreno incierto, se pueden hacer planes y cerrar los ojos ante ese poder de seducción tan sano que es la adhesión. Sería una lástima que, estando condenados a extinguirnos, no lo hubiéramos experimentado.

Realmente, como dice José Saramago, se puede decir que la vida se ha reído de ciertas previsiones, de palabras dichas, que guardamos entre nuestros recuerdos, un poquito más lejanos cada día, gritando un súbito silencio y acentuando un abismo que, probable y muy tristemente, existió siempre. Un camino sin retorno que se deshacía a cada paso dado y por lo que no vale la pena demostrar nada. Y sí, cada día que pasa me reafirmo e identifico más con las palabras que Juan José Millás pone en boca de la protagonista de La soledad era esto (1990) -libro al que dediqué mi segunda entrada de febrero en nuestro blog-,: “Nunca volveré a hablar con quien no me entienda, es tan inútil...”.

Javier, Mario, os doy los buenos días y dejo aquí esta música. Desconozco su autor, no sé absolutamente nada sobre su intérprete -aunque sí me han dicho que forma parte de la banda sonora de Crepúsculo (2008), película que no he visto ni tengo intención de ver-, y tampoco de su valor artístico, si lo tiene. Pero sí sé dónde la he escuchado y en qué momento, revoloteando cerca, y lo que representó y representa actualmente para mí. Con el tiempo, muy probablemente, también la guardaré en mi recuerdo. En cualquier caso, me hizo crecer y me hizo, y me hace, bien. 

Por la amistad que está íntimamente ligada a esta canción. Por la buena, la que no admite sombras, ni cálculos ni dobleces: la que tú, Joaquín, conoces; porque la sabes dar.





Volveré en unos días con conciertos y una exposición, a la que repetiré visita antes porque es imposible resistirse. Nos vemos aquí. También. :)

Un abrazo,
María

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