sábado, 27 de abril de 2013

Luces de Bohemia. Artistas, gitanos y la definición del mundo moderno



Ma bohème

Je m’en allais, les poings dans mes poches crevées;
Mon paletot aussi devenait idéal;
J´allais sous le ciel, Muse! et j’étais ton féal;
Oh! la! la! que d´amours splendides j´ais rêvées!

Mon unique culotte avait un large trou.
- Petit-Poucet rêveur, j’égrenais dans ma course
Des rimes. Mon auberge êtait à la Grande-Ourse.
- Mes étoiles au ciel avaient un doux frou-frou

Et je les écoutais, assis au bord des routes,
Ces bons soirs de septembre où je sentais des gouttes
De rosée à mon front, comme un vin de vigueur;

Où, rimant au milieu des ombres fantastiques,
Comme des lyres, je tirais les élastiques
Des mes souliers blessés, un pied près de mon coeur!

Arthur Rimbaud (1854-1891)





“Luces de Bohemia. Artistas, gitanos y la definición del mundo moderno” es el título de una de las dos maravillosas exposiciones que ofrece la Fundación Mapfre en la Sala Recoletos y que surge como colaboración entre la Fundación con la Réunion des Musées Nationaux-Grand Palais de París y gracias a la labor de sus comisarios, Sylvain Amic -director de los Museos de Rouen-, y Pablo Jiménez -director del Instituto de Cultura de la Fundación Mapfre-.

Yo no sé absolutamente nada de pintura pero me gusta pensar en las palabras escritas por Victoria Llort Llopart en el Prólogo a las Notes sur Chopin de André Gide (1869-1951), que, aunque referidas a la música, creo aplicables a cualquier otra de las artes. No hace falta ser un experto para disfrutar de la pintura -en este caso-, pero sí es preciso tener una mente aguda, atenta a los detalles, receptiva a los matices. Y todo ello puede permitirnos, con un mínimo de sensibilidad, adentrarnos en cualquier manifestación artística con una perspectiva humanista. Es curioso que este autor francés, Premio Nobel en 1947, no se mostrara partidario de acercar unas artes a otras y establecer paralelismos entre ellas...

Las obras que conforman esta exposición pertenecen a pintores como Manet, Signac, Corot, Courbet, Callot, Teniers, Latour, Sargent, Sorolla, Van Gogh, Delacroix, Ramón Casas o Picasso, por citar sólo algunos, quienes, entre el Romanticismo y el Realismo se inspiraron en la bohemia gitana. Por cierto, sobre Corot escribe Baudelaire en varias ocasiones en uno de los libros a los que vuelvo constantemente por sus inspiradoras palabras. Se trata de Salones y otros escritos sobre arte (1859). Lo sitúa a la cabeza de la escuela moderna de paisaje, por su ingenuidad y originalidad, aunque hubiera buenas gentes que dijeran que no sabía pintar, alegando a su ignorancia en la distinción de una obra de genio u obra de alma, si se prefiere, en la que todo está bien visto, bien comprendido, bien imaginado, y alegando también a su incapacidad para percibir las diferencias entre una pieza hecha y otra acabada y que, en general, lo que está hecho no está acabado y que una cosa muy acabada puede no estar hecha en absoluto, otorgando un valor inmenso a Corot considerándolo un gran maestro no sólo por la espiritualidad de sus pinceladas sino por su enseñanza, que califica de sólida, luminosa y metódica. Y por terminar de relacionar los nombres citados, dejo un párrafo de Gide, de sus Notes sur Chopin, que invitan a la reflexión... 

“A menudo he escuchado acercar Beethoven a Miguel Ángel, Mozart a Correggio, a Giorgione, etc. Aunque estas comparaciones entre artistas de un arte diferente me parecen bastante vanas, no puedo evitar el remarcar cuán a menudo se aplican igualmente a Baudelaire los comentarios que puedo hacer sobre Chopin, y al revés. De manera que, ya varias veces, el nombre de Baudelaire ha salido naturalmente de mi pluma. “Música malsana”, se decía de las obras de Chopin. “Poesía malsana”, se decía de las Flores del Mal y, creo que por las mismas razones. El uno y el otro tienen una preocupación similar por la perfección, el mismo horror a la retórica, a la declamación y al desarrollo oratorio; pero sobre todo, querría decir que encuentro en el uno y en el otro un mismo empleo de la sorpresa, y extraordinarios atajos por donde la logran.”




En palabras de Javier Jiménez, el ya citado comisario de la exposición, la bohemia artística nace a finales del XIX en París, momento en que los artistas ya no tienen las protecciones tradicionales de los grandes mecenas o de la iglesia, y deciden organizarse por su cuenta (en Francia, bohemiens), algo inherente al mito del artista moderno. En esta exposición se ha realizado una adaptación al contexto español, especialmente en lo referente a la temática gitana reforzando el mito de la gitana andaluza como “uno de los tópicos internacionales del siglo XIX”, por el exotismo tanto de España en el panorama europeo como de la fuerte presencia del embrujo de las gitanas de Andalucía. Aquí, música que me trae preciosos recuerdos...




Danza de la Gitana (1927). Ernesto Halffter




Danza de la Pastora (1927). Ernesto Halffter





Y tampoco se puede dejar de mencionar a la pasional Carmen -como símbolo de la provocación, del grito a la libertad, la sexualidad y la alteridad de la gitana española-, y su influencia en los grandes creadores de la modernidad.




Habanera de la ópera Carmen (1875), de Bizet. Basada en la novela homónima de Mérimée, que a su vez posiblemente estuviera inspirada por el poema narrativo Los Gitanos (1824) de Pushkin



Es así que esta exposición pretende indagar sobre esa historia común, incidiendo en los encuentros y las disparidades entre dichas “bohemias”, en ese carácter errante -que queda tan representado en Un par de botas (1886) de Van Gogh-, de ruptura con la sociedad, de oposición a las convenciones burguesas.


Un par de botas (1886). Van Gogh 



En mi caso, además, ha supuesto el descubrimiento de pintores que no conocía, como Cazals o Jean-François Raffaëli. La fascinación que me ha producido el cuadro El bohemio poeta de Montmartre/Retrato de Eric Satie (1891) de Ramón Casas por esa similitud entre el trazo del pincel y la música del compositor, el tratamiento de la luz y del color en cada pincelada, todas ellas distintas tanto en los mismos escenarios de Montmartre, o apreciar la recreación del ambiente nocturno, intenso y trágico a la vez, de La butte en torno a los cabarés Le Chat Noir, Le Moulin de la Galette o Le Moulin Rouge...

Las relaciones entre pintura, literatura, cine, música quedan plasmadas de una forma muy evidente en este recorrido. La presencia de Henry Murguer con su obra Scènes de la vie de bohéme -publicadas en fascículos en Le Corsaire-Satan entre 1845 y 1849-, cuya versión teatral sirvió de base a la ópera La Bohème de Puccini y a la de Leoncavallo... Los bocetos del vestuario de los personajes para la representación de la de Puccini, los dibujos de los decorados en su primera escenificación, la partitura manuscrita de la escena de la muerte de Mimí...

Sería difícil tratar de describir o ponerle palabras al impacto que me produjo ver, por vez primera en una exposición, el Retrato de Franz Liszt de Lehmann -quizá por su situación estratégica en la sala en la que se encuentra-, o Ensoñación de Lenoir. La presencia del artista, esa mezcla de rotundidad y afirmación sublimes en esa mirada tan brillante y directa y que contrasta tanto con la divagación, la sensualidad, la poesía y pregunta que muestran los segundos; la mezcla de melancolía y una cierta inseguridad e incertidumbre, de ése encontrar en el primero y de esa búsqueda y al mismo tiempo espera en el segundo. 
¡Cómo he disfrutado de mirar, de observar... de ese “atrevimiento” que llama Muñoz Molina!.



Ensoñación (1893). Lenoir




La exposición estará hasta el 5 de mayo, os animo a verla si aún no lo habéis hecho.

¡Ah!, se me olvidaba. Eso sí, sin que suene demasiado... mal. Igual que, por ley, se prohíbe fumar en ciertos sitios, creo que, por ley también, ya puestos, deberían existir carteles en los que se exigiera que las exposiciones hubiera que verlas en absoluto silencio. O, al menos, los comentarios estúpidos hacerlos en voz baja. Escuchar los de algunos visitantes -a cierto volumen no deja de ser una imposición, ¿no?-, pueden estropear, de un plumazo, el momento de llamémoslo serenidad que provoca mirar un cuadro si a uno le pilla desprevenido.

Igual que fumar perjudica seriamente la salud, en ocasiones, hablar, también. Menudo bofetón al oído y, de rebote, a la vista, claro está. 

María



jueves, 25 de abril de 2013

Milongas

Llevo más de 20 años oyendo milongas sobre el cambio climático, que antes se llamaba calentamiento global. Casi todo lo que nos dicen es mentira.Yo estoy harto de predicar en el desierto, pero os doy algunos datos por si queréis saber un poco de este gran camelo.

De un informe de la Agencia Estatal de Meteorología os pongo un par de gráficas, sobre la temperatura y las precipitaciones medias de los inviernos españoles de los últimos 50 años en el caso de las temperaturas y 65 en el de las precipitaciones. A ver dónde están el calentamiento y la desertificación.





Además os recomiendo el blog http:\\antonuriarte.blogspot.com

Y que no os cuenten milongas.


Javier

miércoles, 10 de abril de 2013

Viejas iglesias de Madrid

Los lectores de este blog sabéis de mi afición por las iglesias. En el poco tiempo que llevamos compartiéndolo os he hablado y he puesto fotografías de San Miguel y del Oratorio del Caballero de Gracia. Espero hacer pronto una entrada sobre el Hospital de Santiago y sobre la Virgen de la Luz, ambas de Cuenca.

Pero antes voy a hablaros de más iglesias de Madrid. Debo reconocer que aunque llevo muchos años ya de madrileño, ha sido recientemente cuando me he dado cuenta de la cantidad y calidad de los templos de la ciudad, que pasan desapercibidos al turista, entre tanto palacio, museo, parque, estatua y, sobre todo, estadio de fútbol. Lugares como, por ejemplo, San Antonio de los Alemanes o la Capilla del Obispo son tan bonitos como inesperados, en medio del tráfico y la multitud de peatones que abarrota cada día el centro.

Bueno, pues además de las iglesias que podemos ver, hay otras que desaparecieron, y sin embargo podemos conocer a través de descripciones, dibujos e incluso fotografías, en las de demolición más tardía. Utilizando esta información realizó José María Sáenz Almeida la colección de láminas titulada “Nuevas Estampas de Viejas Iglesias de Madrid”.


Como siempre pasa con José María, no se limita a reproducir los materiales que recopila, sino que los interpreta, para hacer de cada lámina no un recuerdo fiel de lo perdido sino una recreación artística en la que el texto se suma al dibujo para ambientar el edificio dibujado y darle vida en nuestra imaginación. Sobra decir, para los que lo conocemos, que el texto es manuscrito, con esa caligrafía prodigiosa que, como él enseña, hay que poner “boca abajo” para comprobar que las letras se han escrito una por una y no son copiadas con un procesador de textos.

Son doce estampas, todas maravillosas. Me quedo con dos para el comentario. La primera El Buen Suceso. Resulta que es la parroquia que hay en la calle Princesa, enfrente de El Corte Inglés. Cuando estoy en Madrid, voy a misa muchos domingos, es mi parroquia. La construcción actual, moderna, sustituye a una anterior creo que neogótica. 



A su vez, esta sucedió al edificio barroco que nos presenta José María, que estaba en la puerta del sol, en la confluencia de Alcalá y Carrera de San Jerónimo. Debajo del anuncio de Tío Pepe, antes de que ni éste ni el edificio que lo sustenta existieran. Delante de la fachada, una fuente coronada por la Mariblanca, estatua que puede verse también ahora pero en el otro extremo de la puerta del sol, en el arranque de la calle Arenal, pero sin fuente.



También tengo predilección por la iglesia de San Felipe el Real. Situada en el otro extremo de la puerta del sol, en el arranque de la calle mayor, justo donde ahora está el McDonalds. Por cercanía, María, podría ser tu parroquia si todavía existiera. En este caso se trataba de un templo renacentista que formaba parte de un convento de agustinos calzados fundado hacia 1546. Veo sus gradas y me parece distinguir al capitán Alatriste, sobrero en mano, de charla con Quevedo. Está visto que tengo que reducir mi dosis de Pérez-Reverte.


Estas son solo dos de las doce obritas de arte que nos ha regalado (en este caso también literalmente) José María. Sería una buena idea encargar a algún compositor joven (aunque fuera pianista y viviera en Londres) unos pequeños caprichos musicales basados en estas láminas ¿no os parece?

Bueno, yo lanzo la idea al aire, a ver si alguien la recoge.
Javier


martes, 9 de abril de 2013

Lady Thatcher


Hace poco más de un año vi la película que protagonizó Meryl Streep sobre Margaret Thatcher. Ahora, al conocer la noticia de su muerte he querido volver a verla, y hacer una entrada para el blog. Por edad, Mario tú no coincidiste con ella en el poder y probablemente la conocerás sólo de oídas, y tú María eras una niña, así que tampoco. A mí me tocó de adolescente, y tengo algún recuerdo curioso que luego os contaré.


La película se centra en los años finales de una mujer que, ya viuda, ha perdido en buena medida la cordura, pero que conserva la lucidez según para qué cosas. Su vida son básicamente los recuerdos, los que conserva en textos, fotografías o vídeos y también los que tiene en la cabeza, y que recrea mediante la figura su marido, que vive y habla con ella en su imaginación.

En su vida cotidiana se entretejen los acontecimientos principales de su vida –con la técnica del flash-back– ligados casi únicamente a la política. Vemos los principios que rigieron su comportamiento: nacionalismo inglés, respeto a la propiedad privada, respeto a la libertad, exigencia a cada persona de que sea responsable de sí misma. Ciertamente su lucha no tuvo la épica de la de Churchill, pero le plantó cara a una ideología dominante –incluso en su partido– que consistía, y todavía consiste, en pensar que el estado tiene que sacar a la gente las castañas del fuego.

También se ve en la película su otra cara, el exceso de empeño que rayaba la intransigencia y su falta de tacto con algunos colaboradores.  Tras años de bregar con la oposición izquierdista en el parlamento y en la calle, sufrir el terrorismo del IRA, afrontar la guerra con Argentina, encarar la crisis económica (fue adalid de los recortes), al final cayó derrotada por sus propios parlamentarios, que promovieron su sustitución por John Mayor, un miembro de su gobierno con un perfil más centrista.

Pero ¿cómo se mete todo eso en dos horas de película? Pues no se mete. Se salta su niñez, sus estudios en Oxford, su paso por la política hasta llegar a secretaria de educación, los entresijos de su elección, etc. Sólo vemos hitos, puntos de referencia para encuadrar la biografía del personaje, retazos que abocetan pero no terminan de pintar el cuadro  de la vida de esta extraordinaria mujer.


Os decía que guardo un recuerdo de sobre Thatcher, en realidad son más, pero uno en especial. Debe de ser de 1988, mi primer año en Madrid. Entonces vivía en el Colegio Mayor y un compañero mayor que yo me contaba que se iba en verano a Londres, creo que con las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta. Las políticas de Thatcher habían hecho tanto daño que multitud de mendigos vagaban por la ciudad y alguien debía ayudarlos. Lo que hace la demagogia de izquierdas. Ignoro qué labor hizo mi compañero en Londres, creo que luego no volví a hablar con él de esto. Lo que sí sé es que no se daba cuenta, desde su ideología socialista, que estaba colaborando con Lady Thatcher en su idea de sociedad británica. Una sociedad en la que no es el estado sino la iniciativa de los individuos y las familias la que debe cubrir las necesidades de las personas.

Javier

domingo, 7 de abril de 2013

Unas reflexiones sobre la amistad



A Joaquín,
“La gente te amará por lo que eres,
y otros te odiarán por la misma razón.
Acostúmbrate.”
El Rey León :)




Con esta entrada voy a finalizar, por una temporada, las dedicadas. Pero en el fondo no termina porque se trata de un texto “en construcción”, precisamente por el sentimiento del que escribo, la amistad, superior a la cercanía, siempre sometido a permanente evolución y cambio, dando sorpresas, alegrías y, también, claro está, situaciones de profunda tristeza. Siempre habrá algo que añadir o eliminar.

Y, esta vez, se la dedico a Joaquín; una de esas personas íntegras y nobles que te hace creer en valores como la amistad, por su ausencia total de malicia frente a la vida. No sé vosotros, pero yo no tengo muchos amigos. Es muy difícil tenerlos y aún más serlo para alguien -porque supone estar a una cierta altura-; hecho que lleva irrevocablemente a lo primero: si no sabes serlo, no se podrá contar contigo como uno de ellos. 
Su capacidad de mantener la calma y la serenidad ante situaciones desconcertantes e inexplicables, su palabra conciliadora y reconciliadora, su saber estar en estos años -no digo cuántos porque eso nos haría más mayores de lo que somos-, su inmenso cariño, su criterio y su presencia silenciosa, lo convierten en el ángel tranquilo que supone para todos los que tenemos la suerte de tenerlo cerca. Amigos como él te invitan a ser feliz por encima de todas las estúpidas y prescindibles cosas que lo evitan.


Es un regalazo de la vida poder compartir los anhelos y los desvelos; sin confundir la confianza con la confidencia. Sin la traición, la coacción y la trampa que derrumban, en un momento, todo lo construido si es que alguna vez lo hubo. Pero claro, aunque uno crea firmemente en ello, o en alguien, no se puede evitar lo que no se ve.  
La secreta fortaleza que adquirimos con los buenos amigos procede de esa libertad para elegir, del acto de voluntad que supone una amistad y tantas otras cosas de gran valor. En la sencillez del sentimiento radica su grandeza, y esa necesidad el uno del otro precisamente por eso, porque no se necesita, es la desinteresada paradoja que pone en evidencia la autenticidad de una amistad.


Robert Doisneau (1912-1944)




Albert Camus decía que “adquirimos la costumbre de vivir antes que la de pensar”, y son la lealtad y la honestidad inherentes a la amistad, las que tan fácilmente se pierden en los momentos críticos. Momentos críticos -de los que no se sabe salir si no es con un despliegue de desprecio y cinismo apabullantes-, que se generan en las amistades utilitaristas, y que vienen acompañados de comportamientos bajos, cutres y ruines -por los que jamás se oirá una disculpa o ni siquiera se verá una rectificación-, y que anteponen unos intereses de lo más mundanos por un reconocimiento terriblemente efímero. Que vivan las atalayas y quienes ocupan esas “alturas”. Será que los valores sobre los que se asientan estas relaciones cambian en la medida en la que también cambia la relación que mantenemos con nosotros mismos o a la incapacidad de mantenerse firme en unos principios.




Y desde luego que todos nos equivocamos y cometemos errores. Todos, sin excepción. Somos humanos. Y benditas sean nuestras meteduras de pata aunque a veces nos resulte inexplicable e injustificable nuestro propio comportamiento. Pero también con las reacciones ajenas se abren los ojos; sobre todo cuando crucifican y destruyen. En cualquier caso, siempre servirá para tener más cuidado -en el más amplio sentido de la palabra-, no volver a repetirlo y, lo más importante, aprender. Siempre aprender.



Yo no sé si será verdad eso que dice Arturo Pérez-Reverte en su novela El tango de la Guardia Vieja (2012), que “cada cual arrastra su estrella” y que “las cosas son lo que deben ser”; pero sí que la amistad me ha enseñado y me enseña que se puede mentir diciendo la verdad, ensombreciéndose uno mismo. Y que, como escribe George Duhamel, “si queremos encontrar amistad, dulzura y poesía, debemos llevarlas con nosotros”. 

A los amigos hay que buscarlos con horas para vivir, no para vivir las horas, porque son inspiración y motivación, y una gran fuente de satisfacciones. Porque uno regala y le regalan la serena dimensión del tiempo que no se tiene, porque uno puede relajarse y porque, con un amigo, un buen amigo, en un terreno incierto, se pueden hacer planes y cerrar los ojos ante ese poder de seducción tan sano que es la adhesión. Sería una lástima que, estando condenados a extinguirnos, no lo hubiéramos experimentado.

Realmente, como dice José Saramago, se puede decir que la vida se ha reído de ciertas previsiones, de palabras dichas, que guardamos entre nuestros recuerdos, un poquito más lejanos cada día, gritando un súbito silencio y acentuando un abismo que, probable y muy tristemente, existió siempre. Un camino sin retorno que se deshacía a cada paso dado y por lo que no vale la pena demostrar nada. Y sí, cada día que pasa me reafirmo e identifico más con las palabras que Juan José Millás pone en boca de la protagonista de La soledad era esto (1990) -libro al que dediqué mi segunda entrada de febrero en nuestro blog-,: “Nunca volveré a hablar con quien no me entienda, es tan inútil...”.

Javier, Mario, os doy los buenos días y dejo aquí esta música. Desconozco su autor, no sé absolutamente nada sobre su intérprete -aunque sí me han dicho que forma parte de la banda sonora de Crepúsculo (2008), película que no he visto ni tengo intención de ver-, y tampoco de su valor artístico, si lo tiene. Pero sí sé dónde la he escuchado y en qué momento, revoloteando cerca, y lo que representó y representa actualmente para mí. Con el tiempo, muy probablemente, también la guardaré en mi recuerdo. En cualquier caso, me hizo crecer y me hizo, y me hace, bien. 

Por la amistad que está íntimamente ligada a esta canción. Por la buena, la que no admite sombras, ni cálculos ni dobleces: la que tú, Joaquín, conoces; porque la sabes dar.





Volveré en unos días con conciertos y una exposición, a la que repetiré visita antes porque es imposible resistirse. Nos vemos aquí. También. :)

Un abrazo,
María

Batutas voladoras

Se asomaba marzo al 2013 cuando paseaba yo a lo largo de Marylebone caminito de King Cross. Londres ya no oscurecía si no que permanecía oscuro, en esa opacidad general que baña de ocaso aquellos países que tuvieron la mala suerte de tomar asiento cerca de los extremos del planeta. No importa tanto cuando estás en una ciudad tan majestuosa como ésta, en la que cualquier paseo es delicia de buen caminante.
Detrás de la popular estación internacional de tren King Cross/St. Pancrass se encuentra una no tan popular sala de conciertos, “The King’s Place”, algo así como “el sitio del rey”. Acústicamente perfecta para retos camerísticos e igualmente eficaz para recitales solistas, de un tamaño acogedor, una decoración escueta pero sensorialmente placentera y un ambiente general muy agradable.

Los músicos, conocidos muchos, compañeros otros, de la “Academy Chamber Orchestra”, que no es otra que la Orquesta de Cámara de la Royal Academy of Music, engullían los últimos bocados de un sandwich que ya sabía más a Haydn que a pan relleno de mala calidad. Y es que tres sinfonías de Haydn componían un programa tan atractivo como peligroso, pues no es fácil torear un programa centrado en un solo compositor sin caer en la monotonía y en el bostezo.

Tuvimos suerte: nada de monotonía. A favor del director, del cual no diré su nombre por no vender mi piel demasiado pronto, tengo que decir que hizo maravillas con aquellas notas, recreando al mejor Haydn y ondeando la bandera del clasicismo hacia la cumbre de la historia de la música. Y aquí viene el pero: el protagonismo fue enteramente suyo. Me explico: aspavientos exagerados, gestos innecesarios, miradas hacia el público en los silencios buscando no se sabe muy bien qué, bailes, saltos y casi volteretas que hicieron de aquello un espectáculo por el que nadie pagó, un grueso velo que tapaba lo que allí quería sonar. El climax, el “top point” o la cima de este espectáculo llegó en la última sinfonía cuando en uno de esos movimientos inconexos y payasales la batuta salió por los aires y aterrizó en los primeros asientos de la sala. Las cejas tocando el techo de la mirada incrédula entre los allí presentes y la risotada general posterior forma parte de ese pequeño cajón de la memoria que persiste en la más indestructible eternidad.

En definitiva, María y Javier, en muchas ocasiones asumimos conceptos por naturaleza o por costumbre como asumimos la importancia de la figura del director de orquesta. Al igual que no imaginamos un autobús sin conductor, no imaginamos una gran orquesta sin un mediador que unifique a decenas de personas. Pero no debe ser tal la naturaleza de esta posición cuando no una ni dos, sino varias personas no pertenecientes al (a veces demasiado) hermético mundo de la música me han cuestionado para qué sirve un director de orquesta y si realmente es necesario. Qué pregunta, ¿no? ¿Quién se lo iba a plantear? Pues lo hacen precisamente las personas con más autoridad sobre el tema: las que no han sido manipuladas conceptualmente y todavía tienen una mente virgen en el campo de la música para poder reflexionar sobre conceptos generales con perfecto racionalismo.
Batuta rasando los compases, compases salvando la batuta. El director hizo un excelentísimo trabajo en los ensayos pero estorbó en el concierto desnaturalizando  la música y alborotando la atención del público. ¿Estáis de acuerdo con esa famosa frase de Karajan: “El arte de dirigir consiste en saber cuándo hay que abandonar la batuta para no molestar a la orquesta”?
M. M.