lunes, 31 de diciembre de 2012

Feliz 2013

Escribo estas líneas la mañana del día de nochevieja, junto al cuerpo quejoso del viejo año que termina y con la mirada en el mozo que nacerá a las doce, entre uvas, campanadas y buenos deseos. Hace solo unos meses fallecía, nonagenario, el escritor, dibujante y humorista Antonio Mingote, de quien tomo prestada la metáfora del año anciano y el año niño, como pequeño homenaje.


En mi anterior entrada os contaba un concierto del Ensamble de la Abadesa en el Oratorio del Caballero de Gracia, con obras de Tomás Luis de Victoria. Unos días después asistí a otro concierto del mismo grupo, esta vez en la Basílica Pontificia de San Miguel, muy cerca de casa de María. En esta ocasión se trataba de fragmentos del oratorio La Creación, de Haydn, con el apoyo del magnífico órgano de que dispone la basílica.


Si para llegar al primer concierto disfruté de la calle Gran Vía, para este el recorrido no fue peor: me bajé en el metro Sol y de allí, calle Mayor, Postas, Plaza Mayor, arco de Cuchilleros, Cava de San Miguel, un poquito de la calle Segovia y por fin Sacramento. Un lujo.


En conjunto diré que los dos conciertos fueron dignos, para mí mejor el de Haydn, pues en el primero hubo momentos en que falló la afinación y el balance de las voces. Compruebo cada día que cantar sin apoyo de instrumentos es complicado incluso para personas con mucha formación y que se dedican profesionalmente a ello. Además faltaba ensayo, mal crónico de los conjuntos españoles, que me da que creen que con el talento basta. Buenos los solistas, me gustó en especial la soprano de cada uno de los conciertos.
Pero bueno, como estamos en Navidad y además el precio de la entrada era de 0 € en ambos conciertos (un error, en mi modesta opinión) les daré sendos aprobados altos y a otra cosa.




La otra cosa son los propósitos para 2013 (al igual que al comienzo de esta entrada, utilizaré una metáfora para terminar). Que las plantas de este huertecito que estamos sembrando entre los tres vayan creciendo fuertes y sanas. Para eso serán precisos constantes cuidados: regar, excavar, poner guías, podar… Espero que con la ayuda de María (la filósofa del grupo) y de Mario (que tira más para poeta) consigamos que dé buenos frutos.

¡Feliz 2013!

domingo, 23 de diciembre de 2012

"El piano: notas y vivencias", de Charles Rosen (2002)




Queridos Javier y Mario:

Según la costumbre de la fecha que mencionaba en mi anterior post, este libro, titulado “El piano: notas y vivencias”, lo compré la calurosa tarde del 3 de junio de 2010 en la Feria del Libro -que tenía lugar en El Retiro-, en la caseta de la librería de música El Argonauta. Recuerdo con una sonrisa que ese día salí de allí con alguna bolsa de más -aunque en realidad esto suele ocurrirme habitualmente, cada vez que entro en alguna librería-, en cuyo interior se encontraba, entre otros, el libro de Charles Baudelaire titulado “Salones y otros escritos sobre arte” que tan buenos ratos me hace pasar alguna noche y cuyas palabras me han resultado muy inspiradoras para otros escritos y trabajos anteriores. 
Si llego a saber lo que estas “notas y vivencias” relataban, no hubiera esperado tanto a leerlo -lo hice a finales del pasado año-, pero tampoco me arrepiento demasiado porque fue en un momento adecuado ya que conocía un poquito más el entramado del mundo que refleja. Lo disfruté intensamente y ha sido uno de los pocos libros que he regalado. Fue en una ocasión, y me encantó hacerlo.

Si hoy escribo sobre él es porque desgraciadamente el pasado 9 de diciembre conocimos la triste noticia del fallecimiento de su autor, el pianista Charles Rosen (1927-2012), y al que Mario, me comentaba estos días, que vio hace un par de años.

Este libro fue publicado en 2002 con el título original Piano Notes: The World of the Pianist, y hoy contamos con la traducción de Luis Gago para Alianza Editorial (2005).

Escrito en un estilo accesible que evita tecnicismos y que consigue así acercar a todo tipo de lectores a sus experiencias, pensamientos, reflexiones y opiniones fundamentadas en una enriquecedora existencia y que puede -si no debe-, ser tomada como referencia por un intérprete que quiera comenzar una carrera -carrera claramente de fondo para la que hay que estar muy “entrenado” mental y físicamente-, tan sacrificada y exigente como ésta.

Al igual que “Darse a la lectura”, del que os hablé anteriormente, éste librito debería considerarse un imprescindible de nuestra biblioteca personal, esa que, como decía Gabilondo (2012), constituye algún lugar haciendo de un espacio una casa [y] tiene su riqueza en su capacidad de vincularse con la vida de quienes la habitan; en este caso de quien fue su autor y actual y futura referencia para todos los que, de algún modo u otro, dedicamos gran parte de nuestra vida a la música en cualquiera de sus manifestaciones.

Tanto por su faceta docente (profesor en las universidades de Harvard, Oxford y Chicago), como por la de intérprete de trayectoria más que internacional, aborda con maestría los aspectos del cuerpo y de la mente, de la escucha del sonido del piano, del instrumento y sus quejas, del complejísimo mundo de los conservatorios y los concursos y ni qué decir tiene de los conciertos, grabaciones y de los estilos y maneras; cada uno de los cuales articulan sus escritos con un postludio a modo de final. 

Reconforta “leer” a un artista, a un intérprete, afirmando que lo que más le ha interesado de todo es la relación del acto físico de tocar con aquellos aspectos de la música considerados más intelectuales, espirituales y emocionales, y de esa forma en la que entran en comunión e interactuación el cuerpo y el espíritu. En mi humilde opinión, con un argumento como éste, sobraría cualquier intento por explicar las razones que lo llevan a uno a hacer tal o cual cosa. Y el hecho de mostrarlo, de presentarlo al público, del concierto en sí, como el momento en el que la obra adquiere la independencia de su contexto social (Rosen, 2002: 128), para adquirir su conciencia plena, su existencia completa y ante todo, como forma de comunicar emociones, -compartidas en muchas ocasiones-, de formas misteriosamente bellas.


Una vez en mis manos, me recordó la publicación del pianista Josef Hofmann, titulado Piano playing. A little book of simple suggestions (1907), que se presenta, desde el título con esa modestia que suele caracterizar -siempre que sea auténtica-, a las grandes personas. Aborda cuestiones relativas al instrumento y al intérprete, una serie de reglas generales, la técnica, el uso del pedal,  el tocar “en estilo” y algunos aspectos sobre cómo (Anton) Rubinstein le enseñó a tocar el piano y de quien cuenta que nunca tocó para él. Solamente en raras ocasiones ejemplificaba brevemente lo más estrictamente necesario sobre el teclado. Aquí dejo una conversación entre ellos y recreada por Hofmann en este texto:

“Usually, when I came to hime, arriving from Berlin, where I lived, I found him seated at his writing-desk, smoking Russian cigarettes. He lived at the Hôtel de l´Europe. After a kindly salute he would always ask me the same question: “Well, what is new in the world?”
I remember replying to him: “I know nothing new; that´s why I came to learn something new-from you.”
Rubistein, understanding at once the musical meaning of my words, smiled, and the lesson thus promised to be a fine one.” (Hofmann, 1907: 58-9).


En fin, “little book” y “simple suggestions”, dice... Invito a la reflexión mientras le escuchamos:




Abogando siempre por interpretaciones inspiradas sin considerar -y humildemente me sumo a esta opinión-, que la fidelidad en la interpretación histórica no pasa necesariamente por la utilización de instrumentos de época, defendió la amplitud del repertorio como sinónimo de enriquecimiento en la experiencia del arte, y así con todos los intereses como demuestran sus facetas de compositor, pensador e intérprete.

Gran conocedor del terreno en el que se ha movido y ha desarrollado su impecable trayectoria -y nunca nada fácil-, reconoce que el ideal de tocar pasa por la ausencia de las presiones comerciales o intelectuales (Rosen, 2002: 130). Sabe que el público quiere que lo emocionen, lo asombren o lo conmuevan, y cree que, ocasionalmente, no pone objeciones a que se le indigne. Un artista debe ser juzgado por su mayor logro, y no por si gusta o no a quien en ese momento, siempre circunstancial y pasajero, tiene el deber de cubrir la columna de tal o cual revista o periódico sin exceder un maldito número de caracteres. A veces, tanto a ellos como a los que asumen ese papel de “responsables de” se les olvida el sacrificio que hace ya un intérprete de gran trayectoria aceptando los rigores que comporta esta profesión. En fin, siempre lo considerarán un motivo para que se hable de ellos; se sepa que existen, vamos. A veces quizá el único.

Rosen menciona a Paul Valéry quien, en su disfraz de Monsieur Teste, afirmaba que tenía un sistema para recordar todo lo que quería saber, pero que nunca había encontrado un modo de olvidar lo que prefería no recordar, para señalar que esa sensación se acentúa aún más en la música que en la literatura o en la vida en general (Rosen, 2002: 99). Javier, Mario: ¿estáis de acuerdo? Yo -pero lo digo bajito y muy despacio..., a día de hoy-, no.

¡Ay!, qué buen apunte el que la insistencia en algo, a veces creada y moldeada por nuestra propia cabeza y por razones en ocasiones inexplicables, termina por bloquear cualquier intento de aceptación y consideración. Porque lo que contribuye al éxito, siempre, es la intensidad con la que se hacen las cosas, del grado real de entrega. En el caso de Charles Rosen, sin lugar a ninguna duda, fue máximo.

Y no hay mejor forma de terminar que con las palabras de Pierre Boulez recogidas en la contraportada que la editorial Alianza Música (traducción también de Luis Gago), ha hecho de otra de las publicaciones de Charles Rosen, Music and Sentiment (2010):

“Los conocimientos de Rosen, su vasta cultura, prestan a sus interpretaciones una intensidad y una validez que demuestran que, lejos de apagar la espontaneidad, la cultura la enriquece. Precisamente esta combinación de cultura y pragmatismo es lo que hace tan excepcional su personalidad. En último término, también es lo que le convierte en un pedagogo ideal, en el sentido más amplio y menos pedante del término.”


Feliz Navidad a los dos,
María






miércoles, 19 de diciembre de 2012

Londres: retrato impresionista de una ciudad


            Es difícil, María, Javier, pisar suelo foráneo y querer sentirte como en casa, cuando tus ojos miran hacia un lado y el otoño te apresa por el otro. Dentro de la hipersensibilidad que te brinda la nostalgia de la lejanía, la tristeza de lo deseado y la frialdad de la tramoya británica, uno se siente extremadamente deseoso de todo y poseedor de nada, o rodeado de todo sin hambre de nada; e incluso llega a sentir la fantasía de que todo lo que le rodea no existe o está inventado.



           En Londres la gente habla del tiempo porque el frío nunca escampa y el sol siempre es noticia. Mientras en octubre la luz huye de puntillas, noviembre decora los parques de acuerdo a los cánones de la más absoluta belleza, y es entonces cuando el invierno llama a la puerta de un diciembre vetusto y ramplón que ya no puede ni aplacar las nieves ni calentar ciudades. Es entonces, digo, cuando la gente se refugia detrás de los lienzos, de las orquestas o del cristal viejo de una pinta que ahoga recuerdos con sabor inglés.
Existe una quinta estación entre el invierno y la primavera en la que las flores se apagan y las personas se amargan; en la que el sol se toma unas inmerecidas vacaciones y huye lejos de bastones y bombines. Las últimas nieves prometen llevarse el frío consigo y dar tregua a los rostros empalidecidos, pero entonces el dios de las desdichas decide que todavía no es tu día de ser feliz.
           Luego llega abril, con cara de prisa y disfraz de mayo; Londres se quita su traje gris y en su pelo culmina una flor. Se acabó el frío que congelaba corazones, por fin llega esa primavera que hace olvidar razones. Se fue este invierno, fugitivo pero intenso, para dar paso a esa época del año en la que todo fluye y nada se ataja, en la que las mentiras tiñen de azul el negro más azabache, sin comprender que el negro siempre fue y seguirá siendo oscuro.

            Y en medio de esa isla encendida, de toda esa gente anónima y del maldito british weather, queridos María y Javier, se encuentra un individuo sediento de música y con hambre de piano. Ese que es nuevo en la vida pero viejo en recuerdos, y que ama encerrarse con vosotros en nuestra pequeña torre de marfil para desgranar, como en este blog, el mundo desde nuestro particular punto de vista.
M.M.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Oratorio del Caballero de Gracia (Madrid)


Estas son mis vigésimo quintas navidades en Madrid, con un intervalo de dos años en que estuve viviendo en Cuenca, y hasta ahora no había oído del festival Vía Magna, que cumple su vigésimo segunda edición. Por lo que he podido averiguar, el principal patrocinador ha sido durante estos años la Obra social de Caja Madrid. Os pongo el cartel de 2012.


Supe del festival a través de Dani, nuestro amigo organista, que forma parte del Ensamble de la Abadesa y participaba en el concierto del domingo en el Oratorio del Caballero de Gracia.

El Oratorio del Caballero de Gracia está a la espalda de la Gran Vía, de hecho alguna vez me había fijado en ese edificio, ya que en su fachada a esta avenida presenta un gran arco a través del que puede verse un ábside con una cruz. Pero nunca me había parado a averiguar qué había ahí dentro. Consultado el google maps, vi que la entrada principal está por la calle Caballero de Gracia, una paralela a la Gran Vía, hacia el mediodía, que arranca de la calle Montera y desemboca en la propia Gran Vía casi en la confluencia con la calle de Alcalá.

La Gran Vía tiene tres tramos muy diferentes. Subiendo desde la Plaza de España y hasta la del Callao está la zona de los teatros y cines, ahora dominada por los musicales, sobre los que (contra los que) tendré que pronunciarme un día de estos en este blog. En la plaza del Callao arranca el segundo tramo, muy comercial, territorio de Inditex principalmente, con sus Zaras, Oyshos, Pull and Bear y Lefties entre otros. Mirando hacia arriba, por encima de los letreros de las tiendas puede disfrutarse de una arquitectura soberbia. Por estas dos zonas pasea casi a cualquier hora una muchedumbre. Para avanzar por la acera hay que ir haciendo eslalon entre una fauna que también daría para comentar. El tercer tramo comienza en la intersección con la calle Montera, que se ensancha en plaza para, al otro lado de la Gran Vía, desdoblarse en las calles Fuencarral y Hortaleza, como lo que nosotros llamamos una y griega y nuestros hijos llamarán una ye, cosas de la Academia. Aquí se acaba casi abruptamente el comercio y la calle no tiene ya un carácter tan marcado. Se nota también en las aceras, más vacías y con mayor proporción de turistas. Yo paseé un poco para tomar alguna foto de esta parte trasera y en seguida di la vuelta para entrar por la calle Montera a Caballero de Gracia y entrar en el oratorio.

Fachada a la Gran Via

Del personaje que da nombre a calle y oratorio no os voy a contar, mejor miráis la Wikipedia o similar. Solo decir que, en pleno siglo de oro, el tío vivió más de cien años, mitad de crápula y mitad de santo, según dicen. Sea como sea, hay que agradecerle que cediera unos terrenos para hacer un oratorio, edificio que hubo que rehacer posteriormente y que dio lugar al que podemos disfrutar actualmente.

Fachada principal

El arquitecto autor del Oratorio es Villanueva, el mismo que construyó el edificio que ahora alberga el Museo del Prado. Actualmente se utiliza, tal como se concibió en origen, como lugar de oración en el que se expone el Santísimo. Por eso tras el altar podemos ver un templete a modo de custodia y sobre él una vidriera representando la Santa Cena. La estructura y proporciones del templo, el contenido pictórico y escultórico, el órgano alemán (un órgano histórico que se ha importado recientemente) forman un todo de gran belleza. Además hay que resaltar el perfecto estado de conservación y la limpieza del edificio, del altar al coro está realmente impecable. Ahí van unas muestras:



Creo que me estoy alargando. Dejo para la entrada siguiente el comentario del concierto. Lo haré conjuntamente con el del próximo domingo veintitrés a las ocho de la tarde, también del Ensamble de las Abadesas, esta vez en la Basílica Pontificia de San Miguel, y con repertorio de Haydn.

María, si no nos vemos, buenas navidades. Para ti, Mario, estoy preparando una pequeña participación en la misa del gallo, acompañando al líder un aria de Bach. Pero ya veremos si cuaja. Saludos.

sábado, 15 de diciembre de 2012

"Darse a la lectura", de Ángel Gabilondo (2012)






Tengo la costumbre de escribir la fecha en una de las primeras páginas de cada libro que compro o me regalan. El pasado 12 de marzo encontré en Antonio Machado Libros, -la librería de El Círculo de Bellas Artes de Madrid-, “Darse a la lectura”, de Ángel Gabilondo, Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid y Ministro de Educación entre 2009 y 2011. Fue publicado en febrero de este año por RBA Narrativas.

Bastaron dos días para disfrutar de sus palabras en los que cualquier momento era bueno para continuar con él, prácticamente incapaz de centrar mi atención en otra cosa que no fuera seguir y seguir leyéndolo. Su mayor valor, entre tantos otros, recae en la calidad de su introspección, de sus reflexiones en torno al acto de leer, de sus perspectivas y de la mirada liberadora del autor, así como ese paralelismo que, inevitablemente, asemeja nuestra relación con la lectura con la que mantenemos con otras personas. A este respecto finalizaba una entrevista en El País que le hizo su hermano, el periodista Iñaki Gabilondo, señalando que “para que te importe un libro, te tienen que importar también los demás”. Igual ocurre con los seres humanos cuando se es eso, humano. Y es por eso que no he podido dejar de elaborar este discurso con algún apunte personal pero enlazado de forma constante en los párrafos con las sabias palabras textuales del autor, extraídas de los capítulos que articulan esta joya de ensayo y con alguna referencia a las páginas en las que podéis encontrarlas. Repito, en su mayoría se trata de las palabras de Ángel Gabilondo.

Comenzamos por el acto de cuidar. Igual que se cuidan -o así debiera ser-, las buenas relaciones y, en ocasiones, se establecen vínculos estrechos e íntimos con las personas, así es con los libros. También los libros se tocan, se miran, se observan y se escuchan; todas ellas acciones que admiten la misma analogía. El mero acto de tocar, de mirar y de escuchar, ya humaniza; el formato del libro, y un cuerpo, la portada del libro y un rostro, el diseño del libro y aquello que nos distingue de otro, el olor de un libro, el olor de ese alguien...

La hermosura de ver a alguien que lee para otro (ni qué decir tiene cuando uno es el destinatario de esa lectura, ese juego maravilloso entre su voz y la palabra...), ese misterio y atracción que enlaza a quienes han leído o leen la misma obra, los vínculos que se establecen, las complicidades y las sinergias que no siempre nos resultan indiferentes y que no son sino sinónimo de valentía, entidad y categoría humana cuando las reconocemos y aceptamos de forma natural -hay quien arremete contra estos pequeños milagros que muy pocas veces se dan en nuestras vidas, llevándoselos por delante sin eso que llamamos escrúpulos y actuando, en el fondo y muy tristemente, no en contra de nadie más que de sí mismos. Vivir para ver-. 

Y no estamos hablando de carencias sentimentales, ni de una necesidad de afecto o compañía porque en ocasiones la lectura requiere de silencio y soledad, sino de lo que el propio autor llama “cuestiones vertebrales del pensar” y por eso, incluso llegar a estar solo, a sentirse solo, implica toda una tarea, una relación, (2012: 27). Pienso ahora mismo en las palabras de Gustavo Adolfo Bécquer, que no pueden reflejarlo mejor: “La soledad es muy hermosa... cuando se tiene a alguien a quién decírselo”.

Gabilondo admite que tampoco faltan quienes le restan importancia a ser cuidadoso con las palabras -ya no con la forma de decirlas, ¡faltaría más!-, desde la errónea percepción de que lo único que interesa es que se nos entienda. Merecería gran atención tratar de darse cuenta de qué puede llegar a significar eso, pero en todo caso las palabras no son meros instrumentos, ni el lenguaje un simple medio de transmisión de noticias, (2012: 93). No es tan fácil hacer, pero terriblemente simple, mediocre y peligroso decir que se hace o que se es, sólo porque se tiene la certeza de que nuestro interlocutor se lo cree al ser un nombre o un cargo (tremenda palabra), quien lo dice. Curiosa forma de buscar el reconocimiento cuando se está lleno de carencias. Y tampoco se requiere menos decisión para proceder con cautela, con prudencia y con coherencia que para intervenir inmediatamente, considerando que el hecho en sí solo es auténtico si se lleva a cabo sin lo que solemos denominar miramientos. Cabe desconfiar de este modo de intervenir tan frecuente, según el cual no es preciso detenerse a analizar o a considerar situaciones o personas (nuevamente, ¡faltaría más!), ya que tenemos imperiosamente que actuar por encima de cualquier cosa. De cualquier cosa, dije. Para semejantes fundamentalistas del hacer, todo camino es impropio, y su forma de atajar es cortar limpiamente con una precisión que estiman quirúrgica, pero es de guillotina (2012: 107). Y suscribo sus apuntes, porque las palabras nos curan, pero no hemos de olvidar que también tienen el poder de enfermarnos (2012: 166). 

Entre sus líneas, encontramos a Hegel -entre otros como Platón, Ovidio, Gadamer, René Char, Foucault, Nietzsche, Proust o Camus...-, a quien Gabilondo remite para recordarnos que lo importante no es el resultado, sino el proceso. Eso que se va construyendo y aprendiendo por el camino. Nuevamente nos encontramos ante otra analogía con las personas, con nuestro trato: leer con intensidad, con sencillez, con alcance y esa posibilidad de ofrecerlo, igual que tantas y tantas veces puede hacer uno, lo constituye como donación, voluntad y entrega. Porque igual que recordamos siempre a aquella persona que con cierto afecto nos abrió no sólo un camino sino todo un mundo, tendremos presente a aquel libro que produjo el mismo efecto; nos damos a ciertas personas con todo lo que sabemos y todo lo que somos, y así leemos. También señala que un libro es fruto de sus lecturas, y de los ojos que lo miran y que han pasado por sus líneas. Cada una de nuestras bibliotecas, más grandes o más pequeñas, y que constituyen algún lugar haciendo de un espacio una casa, tienen su riqueza en su capacidad de vincularse con la vida de quienes la habitan y de ofrecerse como máxima expresión de hospitalidad a quienes se acercan, [...] igual que cuando la incomunicación pone a cada quien en su sitio, (2012: 84). Y quizá al tener a los libros junto a nosotros, como a las personas que nos quieren y a quienes queremos -vaya por delante que esta cuestión ha de darse en ambos sentidos-, la lectura -analogía con las relaciones humanas y sanas una vez más-, fluye generosa y cordial, diciéndonos y enseñándonos incluso lo que ni esperábamos ni reconocíamos necesitar.

En definitiva, leer es una forma de vivir y leer es una decisión, una elección: signo máximo de libertad; porque “elegir leer es elegir elegir” (2012: 23).

Y aunque aún me queda la tarea de revisar la puntuación, finalizo estas líneas a altas horas de la madrugada porque -nuevamente como bien señala el autor en su capítulo Leer de noche-, es cierto que es en este momento del día cuando todo cobra otra presencia, y además quizá pueda ser literalmente la que tiene. Tal vez dada esa situación de nocturnidad, contrariamente a lo que pudiera parecer, es más difícil refugiarse y esconderse de uno mismo y es cuando afloran nuestros pensamientos más íntimos. Aunque creamos hacerlo lejos de la mirada de los demás, suele mostrarse más próxima, fija y penetrante que a cualquier hora. Precisamente porque la noche no entiende de ellas. Es tal la intensidad de lo que ocurre que se ofrece como un acontecimiento y se dan las condiciones para que lo que hace falta brille más intensamente. Como hoy.

Me gustaría terminar citando una vez más las palabras de este libro y que, con el debido permiso, también hago mías: “En esta ocasión, y así desvelo mi posición, no pretendo pronunciarme imparcialmente. Amo el libro, amo los libros. Y cuando se adopta la forma de una declaración, en cierto modo se está solicitando la comprensión para ser apasionado. Sé que puede vivirse sin ellos. Ha ocurrido y ocurrirá. Pero yo no sé, ni creo que llegue a saberlo. Es más, hablando de legítimos intereses, no me interesa. Es cuestión, por tanto, si no de hacerse comprender, que sería lo mejor, al menos de explicarse sin pretender otro sentimiento que el que otorgamos a alguien cuando decimos que está enamorado”, (2012: 34-5).


Javier, Mario: Un placer, como siempre. Y buenas noches a los dos.

María

martes, 11 de diciembre de 2012

Julio César

Hola, amigos. ¡Estreno nuestro blog! No es fácil comenzar, me siento como si diera la primera nota de un concierto de partitura incierta. En este caso estamos entrando a las bravas, sin idea de lo que pueda salir. De todos modos, cuando miro a derecha e izquierda y veo en los atriles a dos figuras como vosotros, en seguida me viene la tranquilidad y pienso: éxito seguro. En fin, el tiempo dirá. De momento, y como prueba, un comentario que redacté para Miriam, nuestra maravillosa amiga y cellista.

Escribí este comentario sobre Julio César, de Handel, en febrero de 2011, tras ver en el cine la retransmisión que se hizo desde la Ópera de París. Hice la reseña para animar a Miriam a ver la ópera. La pongo aquí a modo de ejemplo. Un saludo y ya me diréis qué os parece.

Marco geográfico e histórico
El argumento de esta ópera está basado no muy fielmente en hechos reales ocurridos hacia el año 50 antes de Cristo. Julio César era un general romano famosísimo por lograr la conquista de la Galia, y se ve que el pueblo lo adoraba. Esto provocó suspicacias en el bando más tradicional de senadores de Roma, partidario de que el poder residiera en el senado y no en dictadores. Quisieron obligar a César a licenciar sus legiones antes de regresar a Roma, pero éste se negó, cruzó el Rubicón y comenzó la guerra civil. En esta guerra el líder rival era Pompeyo. Las tropas de uno y otro se enfrentaron con resultados diversos en Hispania, África e Italia, hasta que en Farsalia (en la actual Grecia) César derrotó casi definitivamente a Pompeyo. Pompeyo huyó a Egipto y César se dirigió allí para perseguirlo.



Mientras tanto en Egipto también tenían lío. Reinaban los Ptolomeos, una dinastía descendiente de uno de los generales de Alejandro Magno, al que le tocó el reino egipcio en el reparto que hicieron a la muerte de Alejandro, unos 300 años antes de nuestra historia. En el momento en que César llega a Egipto, había fallecido otro de los Ptolomeos (qué manía con ponerse todos el mismo nombre) y co-reinaban a tortas sus dos hijos mayores, ¿a que no lo adivinas? Ptolomeo, el chico y Cleopatra, la chica. Por lo menos cumplían la ley de igualdad.
Lo que pasó de verdad importa poco, te cuento lo que pasa en la ópera.

Argumento
Aparece César (un contratenor)  y la mujer de Pompeyo (Cornelia, mezzo, con su hijo adolescente Sesto, soprano), que le hace la rosca para que perdone a su marido. En estas llega un emisario de Ptolomeo (otro contratenor), su fiel general Aquilas (personaje real también, un bajo) con la cabeza de Ptolomeo en una cesta (esto parece que también es un hecho real). Ya tenemos la primera línea argumental: Cornelia – Sesto quieren vengarse de Ptolomeo.
La segunda línea, amorosa, también empieza aquí, pues Aquilas pide a Ptolomeo, a cambio de sus macabros servicios, que le dé a Cornelia por esposa.
En el transcurso de la obra el asunto amoroso se complica porque a Ptolomeo, que es un vicioso, le apetece incluir a Cornelia en su harén, para despecho de Aquilas. Por otro lado César y Cleopatra (una soprano) se enamoran perdidamente, lo que enlaza con la línea política porque César se pone de acuerdo con Cleopatra para darle a ella el reino.
Después de unos cuantos líos y muertos, quedan victoriosos César y Cleopatra, por un lado y salvan los muebles Cornelia y Sesto.
Además de los citados, hay un par de personajes secundarios (un bajo y otro contratenor) que no aportan demasiado a la historia.

Puesta en escena
Es lo que menos me gustó. Y no porque fuera moderna, ni siquiera porque fuera rara. Es que creo que no estuvo acertada. La idea presuntamente genial que tuvieron fue la de hacer como que unas estatuas que representan a los personajes y que están guardadas en los almacenes del museo del Louvre toman vida y representan la cosa. Con los trabajadores, grúas, traspaletas, etc, moviéndose todo el rato en el escenario, entre césares y ptolomeos, claro. En ocasiones estos trabajadores, que son extras que actúan pero no cantan, hacen de soldados u otros roles, sin cambiar su vestuario. De decorado todo el rato tenemos estanterías, cajas, estatuas rotas, etc. Lo peor sin duda es el comienzo, en el que unos bustos situados en estanterías, que deben de ser de goma, mueven la boca mientras canta el coro tras las cortinas. Resulta desagradable.

Interpretación
Muy buena. La orquesta es una delicia. Son expertos en música antigua, pero sin ñoñerías. Los intérpretes todos muy bien, no sólo Natalie Dessay (Cleopatra) sino todo el elenco. Según me hago mayor me cuesta más la voz de los contratenores. En esta ocasión están fantásticos (tanto Julio César como Ptolomeo) pero me quedo con las chicas. Cornelia, fabulosa y también Sesto, que tiene un aria impresionante.
Por cierto que casi todo son arias, con muy pocos dúos y coros.
La representación tuvo 3 h 35 min de música, más dos intermedios de 20 min, en total 4 h 15 min, al final de los cuales lloré de emoción cuando tras el acorde final va la Häim (la directora Emmanuelle Häim) y se descuelga, sin solución de continuidad, con un solo de flauta de pico de unos 2 segundos, un poco más que un trino, para acabar la obra. Y uno que es de lágrima fácil, pues eso.

Bueno, espero que te hayan entrado ganas de ver la ópera. Si encontraras esta versión, mejor, pero también habrá otras buenas por ahí. Eso sí, que sean medianamente historicistas, please.

Te pongo un link a un video promocinal del disco, la ficha técnica de la ópera y la referencia al disco, que puedes comprar en itunes. Un saludo,

Javier

Ficha técnica
REPARTO
Giulio Cesare: Lawrence ZAZZO
Cornelia : Varduhi ABRAHAMYAN
Sesto: Isabel LEONARD
Cleopatra : Natalie DESSAY
Tolomeo : Christophe DUMAUX
Achilla: Nathan BERG
Nireno : Dominique VISSE
Curio: Aimery LEFEVRE

Coro: Patrick Marie AUBERT
Dirección escena: Laurent PELLY
Dirección musical: Emmanuelle HAÏM
Dramaturgia y colaboración escénica: Agathe MÉLINAND
Escenografía: Chantal THOMAS
Iluminación: Joël ADAM
ORCHESTRE DU CONCERT D'ASTRÉE AND PARIS OPERA CHORUS