martes, 4 de noviembre de 2014

Otras formas de felicidad



A Marcos, un hombre bueno.
Por muchas, muchas tardes de octubre de dos mil catorce como aquella;
aquí donde estamos,
allí donde él vaya y la vida le tenga preparado todo lo que merece.
Aquí y allí, donde sea, con el deseo de hacerle tanto bien como él me hace a mí.



“La caminata es una forma de conocimiento y una manera de vivir, un ejercicio permanente de aproximación y lejanía. El cuerpo entero, el alma, la imaginación, la mirada, la atención, el recuerdo, se conjugan en una sola tarea. La caminata es el tiempo presente y todo el tiempo pasado de los caminos que uno ha recorrido hasta ahora mismo, se ondula concéntricamente en el tiempo, en todas las veces que uno ha caminado por las mismas calles. Hay una plenitud en la vida física, de los sentidos en acción, en estado de alerta, los músculos de las piernas moviéndose a un ritmo seguro, los pulmones aspirando y expulsando el aire y el corazón bombeando la sangre, marcando el pulso binario de los pasos y de la oxigenación de las células, las terminaciones nerviosas de los ojos recogiendo impresiones visuales.”

Antonio Muñoz Molina (2004)


        ***


Greenwood Lake, Autumn on the Hudson 
Jasper Francis Cropsey, 1875
Colección privada


Nosotros esa tarde, simplemente, dimos un paseo. Uno de ésos que tantas y tantas veces y tantos años atrás he hecho sola en la pesadilla y en la maravilla de esta gran ciudad, y de los que ya no recordaba la última vez. Pero el otro día permanecerá siempre en mi memoria por, entre otras cosas, darlo con una de las personas más nobles y coherentes que conozco. Por dárnoslo con esa actitud tan íntegra, por esa predisposición a la ternura desde el primer momento, por prestarnos verdadera atención y dedicarnos el tiempo que no teníamos -un tiempo que no es ilimitado porque efectivamente dejar de hacer algo es sobre todo dejar de hacer otra cosa-, por compartir nuestros anhelos, nuestras preocupaciones, nuestros deseos y nuestros sueños con esa sana vulnerabilidad que estamos revelando cuando dejamos en las manos de nuestro interlocutor parte importante de nuestra persona y, por lo tanto, de nuestro corazón. Demostrándonos esa valentía que pertenece solamente a aquellos que se exponen ante otro sin condiciones, sin restricciones, sin dobleces, sin repliegues, sin recovecos, sin dobles lecturas. Y fueron así también nuestras miradas y nuestra escucha, limpias, atentas y entregadas, caminando hacia delante pero también en todos los sentidos aunque siempre con el horizonte al frente –ya lo escribía Antoine de Saint-Exúpery, que para ver claro basta con cambiar la dirección de la mirada, y así hacíamos-, un paso tras otro, con generosidad y sobre todo con inmensa cercanía y bondad. 

Borges dice que las cosas comunes que nos rodean durarán más que nosotros, y que no sabrán nunca que nos hemos ido. Las hojas secas que nos acompañaban un momento y que en ese mismo instante ya quedaban atrás, los restos de la corteza de los árboles, los trozos de castañas que crujían bajo nuestras pisadas, un guante olvidado, un globo enredado en una rama que peleaba con ella por continuar su camino hacia el cielo, el vacío luminoso del horizonte despejado en el que yo escuchaba la música que me traerá las imágenes de esta tarde a la memoria siempre, y después el brillo del lago en aquella penumbra húmeda de tanta lluvia los días previos… 



Y sí, todo se pierde, o se va, o cambia o evoluciona, yo qué sé, pero sin embargo hay cosas triviales que llegan a salvarse y el simple hecho de ir caminando juntos por aquellos senderos era para mí un acto completo de felicidad. Nada importaba más que nuestro “texto”, la lectura de nuestras realidades nos sumergía en nosotros mismos y yo me complacía en la lentitud apacible de darme cuenta de que no es necesario irse lejos para borrar los recuerdos desagradables, esos que el tiempo tritura poco a poco y que ese día eliminó de golpe.

Porque la sola presencia de una persona así, tan real y tan tangible, con esa cabeza y con ese corazón llega a provocar un sentimiento de compasión hacia aquellos que nos hicieron daño con el más absoluto desprecio hacia el más elemental decoro, por quienes deberíamos tener un sentimiento de prevención o, al menos, de recelo. Sí, eso he escrito, que hoy siento pena y lástima de quienes alguna vez me han hecho mal, de muchas maneras. Y me preguntaba si esas personas serían capaces de conocer -y asimilar y cuidar-, vivencias así y reconocer estos deslumbrantes regalos del azar y tantos destellos de profunda humanidad en las relaciones. Incluso pensaba en aquellas palabras de Paul Auster en su Diario de invierno (2012), por qué ese apego a lo que nos daña, a lo que en alguna medida nos hace sufrir. Según su amigo Spiegelman (el fumador más ferviente que conoce), siempre que alguien le pregunta por qué fuma, responde indefectiblemente: «Porque me gusta toser».
Y yo sigo tratando de buscar una explicación lógica o al menos convincente… Por qué. Por qué a veces estamos –o hemos estado-, presos de las mayores imbecilidades y estupideces y nos hemos empeñado en no ver a quien tenemos delante, y nos hemos resistido tanto tiempo a rendirnos ante la evidencia de algo que veríamos tan claro si nos lo cuenta el de al lado. Si no encuentro nunca la respuesta, espero al menos incorporar lo vivido a mi experiencia de forma saludable y que, si algún momento de debilidad no me da tregua y me exige hacer presente una desgracia del pasado en la que regodearme una de esas tardes en las que la nostalgia o la melancolía me pidan paso, que sea capaz de elegir algo más noble, menos absurdo y menos ridículo. 

Y desde luego es el tiempo también el que nos muestra los simulacros de permanencia, los destellos de los intereses efímeros y la fragilidad de los vínculos sobre todo con las personas que no se comprende quiénes son al margen de nuestra fantasía y nuestra imaginación -que en este terreno siempre nos engaña-, a quienes a veces nos  resistimos a renunciar -convirtiéndonos en sus incondicionales-, porque parece que nos gusta toser, cuando en realidad somos la compañía provisional que proporciona y supone para ellos el más puro entretenimiento mientras resuelven otras cosas. No, si ya lo dice Javier Marías: la lealtad y la presencia nunca son premiadas. Definitivamente, nada de esto amortigua por mucho tiempo –o sí, pero al menos, nunca más del necesario aunque a veces sea demasiado-, la sobresaltada percepción del flujo constante de las cosas. De ésas a las que yo no pertenezco y a las que tampoco sé pertenecer.

Pero vuelvo a los caminos de aquel paseo. Poco a poco, en él, se imponían las indiscutibles leyes del afecto y recordaba esas cartas que intercambiaron Paul Auster y John Maxwell Coetzee entre 2008 y 2011 -sobre el deporte, la amistad, la paternidad, la crisis económica, el amor, el matrimonio, los viajes, el arte, las malas críticas…-, y que Anagrama & Mondadori ha recogido bajo el título Aquí y Ahora. Y así es, aquí y ahora me emociono pensando que nosotros también nos escribiremos y llenaremos cartas de reflexiones improvisadas, con folios por ambos lados que viajarán miles de kilómetros hasta nuestras manos, y cruzarán el océano y los mares que haga falta con parte de nosotros dentro y que -sin tener que hacerlo, sin esa obligación de hacerlo que nos hace libres de elegirlo-, van a convertir los matices de lealtad de hoy en algo mucho más poderoso, más hondo, y más profundo que los recuerdos que guardemos.

En una tarde así no estaría bien pedirle mucho más a la vida. Aquellas horas tienen ya una duración de eternidad y pensar en ellas será una forma de regreso a aquel paseo, preludio de todos los que aún nos quedan.



Javier, Mario, si no tuviera quien comparte conmigo el recuerdo de esa tarde, estaría segura de haberla soñado.

María

sábado, 11 de octubre de 2014

Fin de trayecto



“Who can understand any kind of phenomenon,
if he is not thoroughly imbued with the course of its development 
down to the present time?”
(Goethe a Zelter, Weimar, 3 de junio de 1830)



“Metro de Madrid. Vuela”, decía el anuncio publicitario cuando ya dejó de hacerlo, porque ahora con esa excusa recurrente que es la crisis, pasan cada vez con menos frecuencia. Día de diario. Primera hora de la mañana. Me siento sin fijarme dónde, para variar, porque normalmente el libro que llevo entre manos suele interesarme más que ciertas conversaciones que escucho y a las que presto atención por ajenas, aunque a veces también me interesan las conversaciones que se pueden llegar a mantener cuando no se tiene de qué hablar. Hay algunas asombrosas.

Una pareja de chicos jóvenes justo delante. Ella habla y habla sin parar y él ni la mira. Se ve que le resulta más interesante la ventana que tiene justo enfrente en la que se refleja su rostro cansado, de vuelta de todo de lo que en realidad no está de vuelta. La chica recibe una llamada de teléfono, que atiende con unas formas que me parecen inusuales para su edad: una oferta de trabajo como cajera de un supermercado. Dos días, hora de entrada fija pero no de salida, para más detalle. Responde que si puede pensarlo, que está pendiente de otra llamada y que si es posible confirmarlo en ese mismo número de teléfono un poco más adelante. Por su gesto, la respuesta es sí. Muy contenta, se lo cuenta, me lo cuenta, y él sigue observando el reflejo de su yo en aquel cristal. Porque sin duda, su abstracción, su ausencia, no se debía a estar intentando leer la poesía “Libre te quiero” de Agustín García Calvo que hacía con nosotros el mismo trayecto, medio despegada ya de la pared del vagón, como parte de la campaña de metro Ni un día sin poesía. De repente esa maravillosa voz en off que tienen algunos vehículos cuando uno más prisa tiene, como era mi caso, reclama su presencia:

“… Este tren sólo circula hasta Argüelles.”

Pues menuda mierda, ruge él, áspero, sin levantar la voz; sin apenas moverse. Total, para qué. Y ella, mirándole, cogiéndole la mano, le dice que no lo es. Que son solamente dos días y que tendrá suficiente tiempo para buscar alguna cosa más mientras. “Lo que es una mierda es que ahora hay que ir caminando hasta Moncloa”, concluye él.

                                                             ***

Primero tuve que girar la cabeza para reírme. Cuando lo pensé un poco más, a la sonrisa interior que me quedaba, le iba haciendo compañía la amargura. Ya no es si la escuchaba o no -claro que bastante tenía con mirarse en el cristal, descartada definitivamente queda la opción del intento de leer la poesía-, si se alegraba por ella o no y en qué medida o si las cosas importantes para ella lo eran para él, y al revés, claro. A mí me da exactamente igual eso. Ellos sabrán. Nosotros sabremos cómo son nuestros mecanismos de adhesión con las personas con las que estamos y decidimos libremente compartir parte de nuestro tiempo. A veces tardamos más en darnos cuenta de que no solamente tenemos que ser buenos sino parecerlo, y a veces nos gustaría haber tardado menos en abrir los ojos. Aquí no existe la opción de no darse cuenta nunca, porque al final, el tiempo pone las cosas en su sitio en el momento justo. Lo aseguro. Recuerdo ahora aquellas palabras de Anne Sophie Mutter, de una entrevista hace muchos años, en una revista que leí en una biblioteca. Ella hablaba del peso que uno puede soportar sobre sus hombros –no se refería exactamente al de su violín-, y cuándo es el momento de parar. 

Pero aquella situación adolescente –y no tan adolescente, desgraciadamente-, me hizo pensar hasta qué punto damos importancia a cosas que no la tienen. Hasta dónde podemos llegar con nuestra indiferencia, fingida o no, a las cosas importantes; hasta qué punto podemos pasar por encima de las cosas que nos pasan o, sencillamente, dejar que nos pasen. Por encima incluso. En qué fundamentamos nuestras prioridades. Hasta dónde podemos anteponer nuestro propio bienestar, nuestra falsa comodidad, ésa que no autoerige, que no compromete, que según viene se va y que luego no se recuerda. Repito: total, para qué.

Es cierto que existen una serie de rasgos psicológicos, espirituales y materiales que modelan nuestra identidad y nuestros fines, y nos hacen distintos. Ahí está también la riqueza y el enriquecimiento mutuos. Somos objeto y sujeto de los contextos, los que elegimos y los que nos vienen dados. Debemos descubrir y construir el camino, que parte de una plataforma que no hemos escogido pero que discurrirá por los cauces que nos marquemos, puesto que, como afirmaba Ortega y Gasset, la vida nos ha sido dada, pero no nos ha sido dada hecha aunque nos empeñemos en pensar que ciertos estándares sujetan el edificio y en realidad no hacen más que tambalearlo.

Nuestras acciones están influenciadas por nuestro modo de vivir el espacio-tiempo, de conceptualizar los cambios y de adaptarnos a ellos, por lo que también es una construcción teórica, y una serie de actuaciones que asumimos como competentes. Clifford Geertz -profesor de la Universidad de Harvard-, refiriéndose a la sociedad aunque también abordaba el amplio concepto de cultura, utilizaba el término trama de significados en función de la cual los seres humanos interpretan su existencia y experiencia, conducen sus acciones y establecen la red de relaciones, tratándolas como diferentes abstracciones de los mismos fenómenos. Por su parte, Émile Durkheim estaba interesado en las fuerzas morales que sostienen la sociedad y mostraba un gran interés en hacer entender que el uso habitual de procedimientos materiales e inmateriales dotados de estructura, estarían en grado de instaurar y configurar estructuras mentales particulares y estimaciones duraderas, dando así origen a un cierto grado de conformismo lógico y a un mínimo de conformismo moral, a una adhesión al sentido del mundo de tipo tácito, inmediato y anterior a cualquier reflexión, y que por eso mismo se sitúa en el principio de la experiencia del mundo como mundo del sentido común
Después de estas reflexiones y afirmaciones, no sé si me asusta más que no se escuche a quien nos habla -al fin y al cabo, hacía ostensible su nulo interés-, o que, a día de hoy, caminar de Argüelles a Moncloa sea una mierda. Creo que lo segundo.

Igual la respuesta está en la formación, en la educación, en las formas y en el respeto en su acepción más básica. En el desarrollo  de un criterio que actúe como barrera y que sea capaz de sancionar comportamientos cumpliendo una función de control, sustentándose en una base quizá moral, sin desequilibrios, sin deformar ni llevar al extremo los principios -los nuestros y los ajenos como forma de defendernos de nosotros mismos, en el fondo-, y que despierte en lo más profundo del corazón del ser humano una atracción hacia los valores. O al menos hacia alguno. 


Si vamos a cerrar los ojos, mejor abrazados a quien nos entienda (Juan José Millás va todavía más allá cuando dice que sólo debemos hablar con personas que lo hagan). Mejor abrazados a quien realmente nos sepa ver cuando el tren haya parado definitivamente sin llegar al final de su trayecto y haya que bajarse porque no lo va a hacer, porque... ya no hay opción. 
Eso sí, cuidado: el tren, aunque lo haga vacío, sigue su camino.

Un abrazo más. A los dos.
María

jueves, 2 de octubre de 2014

Tirar, valer...



“El público no quiere que le hagan trabajar; no pretende comprender: quiere sentir
y sentir inmediatamente.”
Charles Gounod (Carta a Charles Rhoné, 1862)




Hace unos días, encontré en esto: 



"No me tires". Dice, rodeada de los símbolos del azar. "Valgo por una copa". 
Lo cogí del suelo porque sabía que la foto iba a quedar mejor donde la hice: en la papelera. Podría pedir disculpas a todos los que hubieran hecho mejor uso de ello del que hice yo, pero no será necesario porque había muchos esparcidos por las baldosas empapadas de aquella calle -en palabras de uno de los últimos artículos de Javier Marías-, “[…] de la capital del Reino, la ciudad más guarra de Europa, una pocilga repugnante”, y además, el 19 de septiembre -fecha límite para su disfrute-, ya había pasado hacía unos días.

Javier, Mario, me dio que pensar y quise compartirlo con vosotros. Creo que ya ha pasado una buena temporada sin abrir las ventanas de nuestra casa y, por mi parte, es un buen momento para hacerlo. Para volver a enredarnos con nuestras miradas sobre lo que nos rodea, sin licencias poéticas o versos con rima -al menos yo no sé-, pero sí con cabeza y corazón. 
Y es hora por aquello que explicó Juan José Millás en su paso este verano por Santander dentro de los Martes Literarios organizados por el Departamento de Actividades Culturales de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, y que no me queda más remedio que aceptar: “Siempre se escribe desde el conflicto […] no se puede escribir `Madame Bovary´ desde el acuerdo absoluto con la realidad”.





Copyright: Pablo Hojas

Y desde esa necesidad de la escritura como un instrumento de salvación, como último asidero a las cosas y a las personas que se nos van, como dice el que fue mi profesor de Música y de vida, Diego Fernández Magdaleno. Y quizá no que se nos van en el sentido al que él se refiere, sino que sencillamente se van. Te tiran porque ya no vales por una copa.


En el siglo XVIII, Edward Burke afirmaba que en la esfera de la razón humana existen criterios y principios universales que son inherentes a nuestra propia naturaleza y que determinan nuestras discusiones y argumentaciones proporcionándonos un sólido criterio de verdad. En las prácticas lingüísticas, los seres humanos apelamos a ciertas nociones de sentido común y normas universal y uniformemente aceptadas que nos permiten coincidir sobre aquello que consideramos verdadero o aquello que consideramos falso. Pero, en cuestión de gusto, Burke[1], lo asocia a un instinto, a una inclinación que no involucra ningún tipo de razonamiento previo, denominándolo facultad delicada y aérea que, además de no poder ser objeto de discusión, no se puede definir.

Pero hay ciertos principios comunes que rigen tanto la facultad de la razón como la facultad del gusto, que se basan en la afirmación de que en todas nuestras relaciones con los objetos del mundo exterior intervienen siempre tres elementos: los sentidos, la imaginación y los juicios.


Es así que se ha actuado para generar y activar mecanismos que incidan de forma directa en la estimulación de los sentidos recurriendo en este caso al impacto visual como en parte demuestra ese papel. 
Cierto es que no utiliza el reclamo sexual -y recordaba a este respecto los datos que se proporcionaron del aceite Jovan Musk, cuyos mensajes sexuales de promoción y la descripción de las propiedades de la fragancia a la atracción sexual hicieron que, a finales de los años ochenta, los ingresos de la compañía Jované, Inc., crecieran de millón y medio de dólares a setenta y siete millones de dólares en siete años. ¡Y a día de hoy es uno de los productos más vendidos de The Body Shop...! O la famosa frase que pronunciaba Brook Shields, cuando contaba 15 años, en el anuncio de Calvin Klein Jeans: “¿Quieres saber lo que se interpone entre mi Calvin y yo? Nada.”-, pero sí apela al placer y a la inmediatez, como algo que se basa en la premisa de que forma parte de la naturaleza humana, en sus aspectos biológicos, emocionales, físicos o espirituales. Y desde luego que ese mensaje, en dos frases, dos golpes fugaces, no rebaja el nivel intelectual de las personas sino que apela a lo más fácil, a lo más rápido; siguiendo la línea de menor resistencia, a priori, del género humano. Los elementos llamativos y la captación de la atención son también una forma de comunicación. Doy fe; de lo contrario no estaría escribiendo esto…

Siempre he pensado que no es lo mismo recordar que no olvidar y viendo que ese no olvidar se olvida con la misma facilidad e inmediatez que el mensaje -esas palabras...-, de aquel papel tirado porque ya no valía, porque ya no servía, porque pasó la fecha y además había muchos, hoy os escribo desde esa tristeza atenuada, lenta, pausada y madura que genera una cierta felicidad. Desde ese recuerdo dulce pero ya consciente de tantas emociones equivocadas: de lo que fue un momento en mi imaginario nunca, jamás compartido. Desde ese camino que es el aprendizaje y el poner en cuestión qué es realmente lo que nos pertenece para, una vez identificado, cuidarlo y valorarlo en la justa medida que merece.

Y aquí vuelvo a lo de siempre: somos personas y no todo vale. Porque igual que para vivir con acierto no basta con el conocimiento, como escribe Javier Gomá Lanzón (1995) pero también aplicable a la que rige y ordena el trato humano, “en una sociedad justa cumplir la ley no es suficiente”.

Un abrazo muy fuerte a los dos,
María






[1] Para Burke, el ruido de grandes cataratas, tormentas rabiosas, un trueno o la artillería, despierta una sensación impresionante y horrorosa en la mente...