jueves, 2 de octubre de 2014

Tirar, valer...



“El público no quiere que le hagan trabajar; no pretende comprender: quiere sentir
y sentir inmediatamente.”
Charles Gounod (Carta a Charles Rhoné, 1862)




Hace unos días, encontré en esto: 



"No me tires". Dice, rodeada de los símbolos del azar. "Valgo por una copa". 
Lo cogí del suelo porque sabía que la foto iba a quedar mejor donde la hice: en la papelera. Podría pedir disculpas a todos los que hubieran hecho mejor uso de ello del que hice yo, pero no será necesario porque había muchos esparcidos por las baldosas empapadas de aquella calle -en palabras de uno de los últimos artículos de Javier Marías-, “[…] de la capital del Reino, la ciudad más guarra de Europa, una pocilga repugnante”, y además, el 19 de septiembre -fecha límite para su disfrute-, ya había pasado hacía unos días.

Javier, Mario, me dio que pensar y quise compartirlo con vosotros. Creo que ya ha pasado una buena temporada sin abrir las ventanas de nuestra casa y, por mi parte, es un buen momento para hacerlo. Para volver a enredarnos con nuestras miradas sobre lo que nos rodea, sin licencias poéticas o versos con rima -al menos yo no sé-, pero sí con cabeza y corazón. 
Y es hora por aquello que explicó Juan José Millás en su paso este verano por Santander dentro de los Martes Literarios organizados por el Departamento de Actividades Culturales de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, y que no me queda más remedio que aceptar: “Siempre se escribe desde el conflicto […] no se puede escribir `Madame Bovary´ desde el acuerdo absoluto con la realidad”.





Copyright: Pablo Hojas

Y desde esa necesidad de la escritura como un instrumento de salvación, como último asidero a las cosas y a las personas que se nos van, como dice el que fue mi profesor de Música y de vida, Diego Fernández Magdaleno. Y quizá no que se nos van en el sentido al que él se refiere, sino que sencillamente se van. Te tiran porque ya no vales por una copa.


En el siglo XVIII, Edward Burke afirmaba que en la esfera de la razón humana existen criterios y principios universales que son inherentes a nuestra propia naturaleza y que determinan nuestras discusiones y argumentaciones proporcionándonos un sólido criterio de verdad. En las prácticas lingüísticas, los seres humanos apelamos a ciertas nociones de sentido común y normas universal y uniformemente aceptadas que nos permiten coincidir sobre aquello que consideramos verdadero o aquello que consideramos falso. Pero, en cuestión de gusto, Burke[1], lo asocia a un instinto, a una inclinación que no involucra ningún tipo de razonamiento previo, denominándolo facultad delicada y aérea que, además de no poder ser objeto de discusión, no se puede definir.

Pero hay ciertos principios comunes que rigen tanto la facultad de la razón como la facultad del gusto, que se basan en la afirmación de que en todas nuestras relaciones con los objetos del mundo exterior intervienen siempre tres elementos: los sentidos, la imaginación y los juicios.


Es así que se ha actuado para generar y activar mecanismos que incidan de forma directa en la estimulación de los sentidos recurriendo en este caso al impacto visual como en parte demuestra ese papel. 
Cierto es que no utiliza el reclamo sexual -y recordaba a este respecto los datos que se proporcionaron del aceite Jovan Musk, cuyos mensajes sexuales de promoción y la descripción de las propiedades de la fragancia a la atracción sexual hicieron que, a finales de los años ochenta, los ingresos de la compañía Jované, Inc., crecieran de millón y medio de dólares a setenta y siete millones de dólares en siete años. ¡Y a día de hoy es uno de los productos más vendidos de The Body Shop...! O la famosa frase que pronunciaba Brook Shields, cuando contaba 15 años, en el anuncio de Calvin Klein Jeans: “¿Quieres saber lo que se interpone entre mi Calvin y yo? Nada.”-, pero sí apela al placer y a la inmediatez, como algo que se basa en la premisa de que forma parte de la naturaleza humana, en sus aspectos biológicos, emocionales, físicos o espirituales. Y desde luego que ese mensaje, en dos frases, dos golpes fugaces, no rebaja el nivel intelectual de las personas sino que apela a lo más fácil, a lo más rápido; siguiendo la línea de menor resistencia, a priori, del género humano. Los elementos llamativos y la captación de la atención son también una forma de comunicación. Doy fe; de lo contrario no estaría escribiendo esto…

Siempre he pensado que no es lo mismo recordar que no olvidar y viendo que ese no olvidar se olvida con la misma facilidad e inmediatez que el mensaje -esas palabras...-, de aquel papel tirado porque ya no valía, porque ya no servía, porque pasó la fecha y además había muchos, hoy os escribo desde esa tristeza atenuada, lenta, pausada y madura que genera una cierta felicidad. Desde ese recuerdo dulce pero ya consciente de tantas emociones equivocadas: de lo que fue un momento en mi imaginario nunca, jamás compartido. Desde ese camino que es el aprendizaje y el poner en cuestión qué es realmente lo que nos pertenece para, una vez identificado, cuidarlo y valorarlo en la justa medida que merece.

Y aquí vuelvo a lo de siempre: somos personas y no todo vale. Porque igual que para vivir con acierto no basta con el conocimiento, como escribe Javier Gomá Lanzón (1995) pero también aplicable a la que rige y ordena el trato humano, “en una sociedad justa cumplir la ley no es suficiente”.

Un abrazo muy fuerte a los dos,
María






[1] Para Burke, el ruido de grandes cataratas, tormentas rabiosas, un trueno o la artillería, despierta una sensación impresionante y horrorosa en la mente...




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