A Marcos, un
hombre bueno.
Por muchas,
muchas tardes de octubre de dos mil catorce como aquella;
aquí donde
estamos,
allí donde él
vaya y la vida le tenga preparado todo lo que merece.
Aquí y allí,
donde sea, con el deseo de hacerle tanto bien como él me hace a mí.
“La caminata es una forma de conocimiento y una manera de
vivir, un ejercicio permanente de aproximación y lejanía. El cuerpo entero, el
alma, la imaginación, la mirada, la atención, el recuerdo, se conjugan en una
sola tarea. La caminata es el tiempo presente y todo el tiempo pasado de los
caminos que uno ha recorrido hasta ahora mismo, se ondula concéntricamente en
el tiempo, en todas las veces que uno ha caminado por las mismas calles. Hay
una plenitud en la vida física, de los sentidos en acción, en estado de alerta,
los músculos de las piernas moviéndose a un ritmo seguro, los pulmones
aspirando y expulsando el aire y el corazón bombeando la sangre, marcando el
pulso binario de los pasos y de la oxigenación de las células, las
terminaciones nerviosas de los ojos recogiendo impresiones visuales.”
Antonio Muñoz Molina (2004)
***
Greenwood Lake, Autumn on the Hudson
Jasper Francis Cropsey, 1875
Colección privada
Nosotros esa tarde, simplemente, dimos un paseo. Uno de
ésos que tantas y tantas veces y tantos años atrás he hecho sola en la
pesadilla y en la maravilla de esta gran ciudad, y de los que ya no recordaba
la última vez. Pero el otro día permanecerá siempre en mi memoria por, entre
otras cosas, darlo con una de las personas más nobles y coherentes que conozco.
Por dárnoslo con esa actitud tan íntegra, por esa predisposición a la ternura
desde el primer momento, por prestarnos verdadera atención y dedicarnos el
tiempo que no teníamos -un tiempo que no es ilimitado porque efectivamente
dejar de hacer algo es sobre todo dejar de hacer otra cosa-, por compartir
nuestros anhelos, nuestras preocupaciones, nuestros deseos y nuestros sueños
con esa sana vulnerabilidad que estamos revelando cuando dejamos en
las manos de nuestro interlocutor parte importante de nuestra persona y, por lo
tanto, de nuestro corazón. Demostrándonos esa valentía que pertenece solamente
a aquellos que se exponen ante otro sin condiciones, sin restricciones, sin
dobleces, sin repliegues, sin recovecos, sin dobles lecturas. Y fueron así
también nuestras miradas y nuestra escucha, limpias, atentas y entregadas,
caminando hacia delante pero también en todos los sentidos aunque siempre con
el horizonte al frente –ya lo escribía Antoine de Saint-Exúpery, que para ver
claro basta con cambiar la dirección de la mirada, y así hacíamos-, un paso tras otro, con
generosidad y sobre todo con inmensa cercanía y bondad.
Borges dice que las cosas comunes que nos rodean durarán
más que nosotros, y que no sabrán nunca que nos hemos ido. Las hojas secas que
nos acompañaban un momento y que en ese mismo instante ya quedaban atrás, los
restos de la corteza de los árboles, los trozos de castañas que crujían bajo
nuestras pisadas, un guante olvidado, un globo enredado en una rama que peleaba
con ella por continuar su camino hacia el cielo, el vacío luminoso del
horizonte despejado en el que yo escuchaba
la música que me traerá las imágenes de esta tarde a la memoria siempre, y
después el brillo del lago en aquella penumbra húmeda de tanta lluvia los días
previos…
Y sí, todo se pierde, o se va, o cambia o evoluciona, yo
qué sé, pero sin embargo hay cosas triviales que llegan a salvarse y el simple
hecho de ir caminando juntos por aquellos senderos era para mí un acto completo
de felicidad. Nada importaba más que nuestro “texto”, la lectura de nuestras
realidades nos sumergía en nosotros mismos y yo me complacía en la lentitud
apacible de darme cuenta de que no es necesario irse lejos para borrar los
recuerdos desagradables, esos que el tiempo tritura poco a poco y que ese día
eliminó de golpe.
Porque la sola presencia de una persona así, tan real y
tan tangible, con esa cabeza y con ese corazón llega a provocar un sentimiento
de compasión hacia aquellos que nos hicieron daño con el más absoluto desprecio
hacia el más elemental decoro, por quienes deberíamos tener un sentimiento
de prevención o, al menos, de recelo. Sí, eso he escrito, que hoy siento pena y
lástima de quienes alguna vez me han hecho mal, de muchas maneras. Y me
preguntaba si esas personas serían capaces de conocer -y asimilar y cuidar-, vivencias así y reconocer estos deslumbrantes regalos del azar y tantos
destellos de profunda humanidad en las relaciones. Incluso pensaba en aquellas
palabras de Paul Auster en su Diario de
invierno (2012), por qué ese apego a lo que nos daña, a lo que en alguna
medida nos hace sufrir. Según su amigo Spiegelman (el fumador más ferviente que
conoce), siempre que alguien le pregunta por qué fuma, responde
indefectiblemente: «Porque me gusta toser».
Y yo sigo tratando de buscar una explicación lógica o al
menos convincente… Por qué. Por qué a veces estamos –o hemos estado-, presos de
las mayores imbecilidades y estupideces y nos hemos empeñado en no ver a quien
tenemos delante, y nos hemos resistido tanto tiempo a rendirnos ante la
evidencia de algo que veríamos tan claro si nos lo cuenta el de al lado. Si no
encuentro nunca la respuesta, espero al menos incorporar lo vivido a mi
experiencia de forma saludable y que, si algún momento de debilidad no me da
tregua y me exige hacer presente una desgracia del pasado en la que regodearme
una de esas tardes en las que la nostalgia o la melancolía me pidan paso, que
sea capaz de elegir algo más noble, menos absurdo y menos ridículo.
Y desde
luego es el tiempo también el que nos muestra los simulacros de
permanencia, los destellos de los intereses efímeros y la fragilidad de los
vínculos sobre todo con las personas que no se comprende quiénes son al margen
de nuestra fantasía y nuestra imaginación -que en este terreno siempre nos
engaña-, a quienes a veces nos resistimos a renunciar -convirtiéndonos en sus incondicionales-, porque parece que nos gusta toser, cuando en realidad somos la compañía
provisional que proporciona y supone para ellos el
más puro entretenimiento mientras resuelven otras cosas. No, si ya lo dice
Javier Marías: la lealtad y la presencia nunca son premiadas. Definitivamente,
nada de esto amortigua por mucho tiempo –o sí, pero al menos, nunca más del
necesario aunque a veces sea demasiado-, la sobresaltada percepción del flujo
constante de las cosas. De ésas a las que yo no pertenezco y a las que tampoco
sé pertenecer.
Pero vuelvo a los caminos de aquel paseo. Poco a poco, en
él, se imponían las indiscutibles leyes del afecto y recordaba esas cartas que
intercambiaron Paul Auster y John Maxwell Coetzee entre 2008 y 2011 -sobre el
deporte, la amistad, la paternidad, la crisis económica, el amor, el
matrimonio, los viajes, el arte, las malas críticas…-, y que Anagrama & Mondadori ha recogido bajo el título Aquí y
Ahora. Y así es, aquí y ahora me emociono pensando que nosotros también nos
escribiremos y llenaremos cartas de reflexiones improvisadas, con folios por
ambos lados que viajarán miles de kilómetros hasta nuestras manos, y cruzarán
el océano y los mares que haga falta con parte de nosotros dentro y que -sin
tener que hacerlo, sin esa obligación de hacerlo que nos hace libres de
elegirlo-, van a convertir los matices de lealtad de hoy en algo
mucho más poderoso, más hondo, y más profundo que los recuerdos que guardemos.
En una tarde así no estaría bien pedirle mucho más a la
vida. Aquellas horas tienen ya una duración de eternidad y pensar en ellas será
una forma de regreso a aquel paseo, preludio de todos los que aún nos quedan.
Javier, Mario, si
no tuviera quien comparte conmigo el recuerdo de esa tarde, estaría segura de
haberla soñado.
María

“Las cosas comunes que nos rodean durarán más que nosotros y no sabrán nunca que nos hemos ido...” Me parece un pensamiento tan triste como esperanzador. Algo de nosotros pervivirá en esos objetos: con la condición de que alguien nos recuerde al contemplarlos. Algo parecido ocurre con los momentos vividos en común con intensidad; pero esto lo explicas tú mucho mejor en estas líneas, que me han gustado mucho y traído recuerdos lejanos, imborrables.
ResponderEliminarQuerido José María, muchísimas gracias, como siempre, por tus cariñosos comentarios.
ResponderEliminarEfectivamente, es un pensamiento triste y, si reflexionamos demasiado sobre ello, es hasta terrible. Pero así es, los objetos nos "ven" pasar, estar, o estar y quedarnos y luego irnos, y ellos siguen ahí, impasibles. Y un objeto te trae el recuerdo de un momento, de una persona si me apuras si es que estuviera vinculado a ella, pero no hay nada tan intenso como un momento vivido, compartido. Y compartido con personas que no solamente queremos sino que nos quieren. Nada como eso.
Un abrazo grande, María.