miércoles, 10 de julio de 2013

Otras vidas


A Enrique y Alberto, por todo lo vivido, lo compartido... y lo aprendido.
A José María, por muchos, muchos años más de apuntes maravillosos, ese deleite a los ojos...



Solo señal

Oh enciende 
tus ojos
del color de nacer

Alejandra Pizarnik (Poemas no recogidos en libros, 1962-1972)



El otro día leía que la capacidad de aprendizaje que tiene cada individuo está directamente relacionada con su capacidad intelectual y otros factores, entre los que destacan los motivacionales. Como en todos los campos, existen demasiados tópicos, casi siempre erróneos y que nos impiden ver más allá de ellos. Y en este caso, y quizá por una parte de mi labor y de mis actividades, que es la docencia, muchas veces he escuchado decir que al alcanzar una cierta edad, una persona, es demasiado mayor para aprender. Claro que hay ciertas facultades o destrezas físicas que influyen en el rendimiento de una persona de cierta edad, como pueda ser una disminución de la agudeza sensorial -de la vista o del oído-, o mayor fatigabilidad; pero yo he visto, y juro que lo he vivido -y lo vivo-, con una admiración inmensa, que no hay ningún obstáculo si de verdad, de convicción, de corazón... se quiere.


Resulta maravilloso ver cómo una persona mayor, con su trayectoria profesional ya trazada, demostrada e incluso finalizada, muestra y desarrolla una entrega y una constancia a una tarea que tiene integrada en su día a día como una necesidad. Quizá porque se trata, sencillamente, de una necesidad que hace sentir bien. De un placer y una satisfacción plena y completa que se experimenta en el proceso de adquisición de conocimientos, de saber, de distinguir y de apreciar. Si es verdad que la ilusión es un deseo con argumento; podría hacerse de ella una forma de vida.


Es responsabilidad de todos, de quienes tienen algo que dar, de quienes tienen algo que aportar, de quienes quieren compartir, crear un ambiente y favorecer un entorno en el que desarrollar ese “saber por saber”, que mueve, en tantísimos casos, la curiosidad sana.
Es una gran forma de demostrar que queda mucho por hacer y que, por qué no, comienza “otra vida” más al conjunto de historias que somos cada uno. Pueda ser que también nazca de ahí, de ese sentir que tiene vida, de todo ese valor que tiene lo inmaterial, lo que no está cosificado  (aún) y, mucho menos, tiene no un valor sino un precio. No puedo evitar dejar aquí esta canción de Nina Simone que me enviaron hace unos días; ¿haría falta explicar algo más?...




Volviendo a ese aprendizaje, a ese disfrute, de acercarse a la Música, Charles Rosen -a cuyo libro El Piano: notas y vivencias (2002), dediqué mi segunda entrada del mes de diciembre en este Blog-, en su libro Música y Sentimiento (2010), nos lo “acerca” mucho más: dice, de una forma muy sencilla, que comprender la Música en el sentido más elemental significa simplemente disfrutarla cuando se escucha. ¿Y estudiarla en este momento de una vida?.

Para Proust, la novela es psicología, pero no una psicología plana, como escribe en su ensayo “Swann explicado por Proust” y que se recoge en su libro Días de lectura (1827-1922)-, sino psicología en el tiempo, entendido como una experiencia que puede durar. Quizá sea algo así lo que les suceda con el aprendizaje de la música, que radique en ese recibir la comunicación de nuestros pensamientos, aquellos que nacen del disfrute de la soledad que implica, al menos, el estudio de esta disciplina artística, ese milagro fecundo de una comunicación dentro de la soledad.


Igual también tenga algo que ver con el destino. Vete a saber. Julián Marías dice (sí, Tortajada, esta vez es Julián, no Javier)-, que la entrega libre y necesaria a lo auténtico -habla también del enamoramiento pero eso es otro tema-, es la forma suprema de aceptación del destino, y eso es precisamente lo que llamamos vocación. Por una serie de circunstancias que, en cada caso son distintas, ha determinado un camino u otro en sus personas: tradición familiar, inmediatez, seguridad, obligación... ¿Quién nos dice que la Música no fuera su vocación real?. 



Para Julián Marías está claro que oscilamos pues entre el azar y la necesidad -a cuya combinación nos recuerda que se llama, desde hace milenios, destino-, pero hace especial hincapié en que no se ha solido entender bien, porque se lo ha interpretado casi siempre desde una mentalidad de “cosas”, no como destino personal. Y quien gobierna esa pareja inseparable y enemiga azar-necesidad -que habita en la imaginación- es la libertad. Enrique, Alberto, José María y estoy segura que muchas personas más que miran la Música con el brillo y la claridad de los ojos de un niño ilusionado, con los ojos del color del nacer (por utilizar las palabras de Pizarnik que abrían esta entrada), en diferentes medidas y niveles, son conscientes de que este destino tiene que ser adoptado, aceptado, apropiado. Y lo han hecho suyo. Lo han elegido. Nuevamente, me remito a Julián Marías, pero cambiando de texto, ya que estas palabras pertenecen a su Antropología metafísica (1970). No se puede ilustrar mejor: 

“En rigor, nunca me siento más “yo” -yo mismo- que frente a un contenido azaroso que irrumpe en mi vida, cuando reacciono a él de una manera que brota de la raíz de mi persona; cuando descubro en él el destino que no se elige, y elijo hacerlo mío, serle fiel; con otras palabras, elijo ser yo ese azar inelegible. [...]
El destino, libremente aceptado pero no elegido -es decir, elijo que sea “mi” destino, lo “adopto”, pero no elijo su contenido- es mi vocación, y la realidad de ésta es lo que llamamos felicidad.”



El estudio y la proyección que tiene una actividad tomada de esta forma nunca es impersonal. Aquí no se acumulan materiales e informaciones, no importa más el resultado y el éxito que la realización misma, y eso afecta decisivamente a la calidad, pero más todavía a la personalidad del conjunto, que resulta, en el caso de Enrique, Alberto y José María, imposible de intercambiar, es decir, que su forma de abordarla, está íntimamente ligada a sus realidades.   Para ellos ni es una función meramente profesional, un quehacer, una tarea, o una manera de dar cuenta de un trabajo o unas investigaciones realizadas aparte, sino que existe un nexo con un proyecto personal, y es quizá aquí ese componente de ilusión el que cobra una presencia de primer orden, en el sentido utilizado por Julián Marías cuando hace una distinción entre un escritor y un hombre que escribe

Si todo esto se tuviera presente, si se viera que, más allá del cariño, el apego, la protección, el cuidado, la ternura, hay una posibilidad humana llamada ilusión, es posible que se planteara de una manera más rica e inteligente la convivencia inicial del ser humano, y que se respetaran un poquito más las expectativas, la movilización de lo estimado, lo admirado y lo deseado. Enrique, Alberto y José María han encontrado un equilibrio admirable en este proceso y lo han integrado en su día a día y en el tiempo que dedican a la Música con un rigor y un respeto que, en ocasiones, superan a algunos profesionales. Entienden que la progresiva conversión de la cultura en propaganda, es decir, en su descomposición y delicuescencia por falta de originalidad, espontaneidad, espíritu crítico y voluntad de renovación y experimentación formal contribuyen a deteriorar moral y cívicamente la excelencia y la integridad que son más que necesarias en esta disciplina artística, entre tantas muchas otras. Y lo saben ver, y lo saben distinguir. Y las conversaciones con ellos sobre todo esto son una verdadera delicia.

O igual todo esto tiene un telón de fondo filosófico. Ahora mismo recuerdo el artículo que Javier Cercas publicó este domingo pasado en El País Semanal titulado “Rafa, filósofo”, y que mi profesor Diego Fernández Magdaleno, ese mismo día, me sugirió que leyera. Y sea así que lo que crea esa necesidad, esa “tendencia a” es el experimentar la sensación de esfuerzo, de, independientemente de lo que se haga, hacerlo lo mejor posible. Razón de más si es algo elegido. También al comienzo de su Metafísica, Aristóteles dice que todos los hombres tienden por naturaleza a saber, y pone como muestra de ello el gusto que tienen por las percepciones, por la aísthesis, y sobre todo por la visión, por la que viene de los ojos (la palabra que utiliza es órexis). En mi humilde opinión, la Música también tiene un componente visual de primer orden.

En fin, trataré, a partir de ahora de no reflexionar en exceso en por qué dedico tanto tiempo a mi colección de gomas de borrar, en si es por ilusión, por vocación, por el esfuerzo (de mantenerlas limpias a lo largo de los años), porque las comprendo :) o porque quiero coleccionar de la mejor forma posible... Me quedaré con las palabras de Aristóteles: será que me gusta mirarlas.


Un abrazo,
María

1 comentario:

  1. Gracias, una vez más, por tus reflexiones. Y también por tus cariñosas alusiones.
    Nunca he pensado que mi vocación frustrada fuese la música, porque reconozco que me faltan condiciones para ella: por lo que no me siento frustrado. Lo que no quita que la siga estudiando y practicando en la medida en que me sea posible. Creo que cuando se reconocen las propias limitaciones, se goza más de lo poquito que se consigue. Y esto también me pasa con la pintura y el dibujo. Un abrazo y gracias.

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