Martes, 20:30 horas. Llego al Auditorio de Cuenca con diez
minutos de antelación sobre la hora del concierto, busco el localizador en mi
iphone, recojo la entrada en taquilla y me dirijo a la entrada.
-
Sala 2. Al fondo.
El señor de la puerta me conoce y sabe que no necesito más
explicaciones. La sala ya tiene ocupados los mejores lugares, desde donde se ve
las manos del pianista, así que escojo uno de los más altos, desde donde puedo
ver bien sus gestos.
Como he llegado pronto a Cuenca he podido visitar a mis
padres en su casa de Palomera. Tras un invierno interminable de frío y lluvia,
desde hace dos días luce fuerte el sol primaveral y el jardín está espléndido. Lo
recuerdo mientras termina de llenarse la sala.
La sala 2 tiene forma de hemiciclo, con gradas empinadas
frente a un paredón de madera. En el centro, no sabe la que le espera un piano
de cola Steinway & sons. Como de la nada, por una de esas puertas
camufladas que hay en el muro del paredón de enfrente, aparece el pianista.
Inmutable a pesar de los sonoros aplausos, se sienta en el
piano y se prepara para tocar. La apariencia del pianista está entre la de caballero jedi y la de cantante de los Beatles. Sin querer me viene a la cabeza una idea:
tiene que ir al peluquero.
El repertorio que nos tiene preparado es tremendo. Albéniz
de aperitivo y Liszt de primero, segundo y postre. A mí, que nunca he sido
demasiado aficionado al piano, dada mi predilección por la música antigua, me
gusta de vez en cuando oír a algún pianista bueno tocando Beethoven, Brahms o
Chopin. En el viaje he estado escuchando un concierto de Mozart, interpretado a
la romántica por Vladimir Ashkenazy, para ir preparándome. Esto decididamente va
a ser otra cosa. Los distintos números de Iberia se dejan oír fenomenal, pero
Liszt se me suele atravesar u poco. A ver qué pasa.
Empieza el concierto y poco a poco voy entrando en la
música. Primero, claro, hay que aguantar algún telefonito y por supuesto todo
el tiempo crujidos y toses. Pero se nota que el pianista ha conseguido
enganchar al público. La primera parte del concierto es música española o
inspirada en España. Málaga, Jerez y Eritaña, de Albéniz, que parecen
ciertamente difíciles de ejecutar, técnica y artísticamente, y la rapsodia
española de Liszt, que no he oído nunca. Para mi sorpresa, la rapsodia no solo
no me parece aburrida sino que me atrapa. Buena parte de la culpa la tiene
que Liszt utiliza el tema de la Folía y lo desarrolla admirablemente. El resto
de culpa la tiene el pianista, que lo borda.
De la segunda parte del concierto ya no sé qué decir. Yo le
doy un poco a la tecla, pero no puedo ni imaginar la complejidad de la sonata
en si m que, entre otras cosas, no tiene ni siquiera descansos entre sus movimientos.
Media hora de concentración total, interpretando una obra de la máxima
dificultad, supongo que requiere una capacidad y una preparación que está al
alcance de muy pocos. Me pregunto qué grado de control tiene el pianista sobre
lo que hace en cada momento, hasta dónde llega la réplica mecánica -y creativa-
de lo entrenado y a partir de dónde empieza la creatividad de cada representación,
de qué margen dispone para expresar lo que siente en cada momento, de modo que
no se desvirtúe el discurso preparado pero pueda ofrecer a cada público una
pieza diferente, según el retorno que perciba el pianista.
El concierto es, claro, un exitazo. Aplaudimos a rabiar, dos
bises también maravillosos y al coche, que hay que volver a dormir a Madrid. Me
quedo con ganas de agradecer al pianista su interpretación.
Bueno, quizá en el próximo concierto.
Javier
Javier
Gracias, Javier, por tu comentario. Me ha gustado mucho. No estuve en el concierto, pero casi. Un saludo.
ResponderEliminar