sábado, 19 de enero de 2013

WINTERREISE Op. 81 D911 de Franz Schubert (1828): Un apunte


“[...]
nada ha pasado a nadie,
no estoy en parte alguna,
sucede solamente
que soy feliz 
por los cuatro costados
del corazón, andando,
durmiendo o escribiendo.
Qué voy a hacerle, soy
feliz.
[...]”

Pablo Neruda (Oda al día feliz)




En una época de profundas y grandes decepciones, de perplejidad y de, por qué no, vergüenza ajena (como dice mi profesor, “... porque la mezquindad humana puede alcanzar límites insospechados...”), encuentro también en la música -además de en las buenas conversaciones, la buena compañía, la lectura y el deporte-, un gran “alivio”. Un alivio entendido como momento de reconciliación, de orden, de reposo, de aprendizaje, de inquietud y también de paz...  Ni más ni menos.

Y es justo ahora cuando, una vez más, pienso en la música de uno de los mejores conciertos en los que he estado desde que comenzó este curso: el ofrecido en la Fundación Juan March dentro del ciclo “Historia del Lied en siete conciertos”, el 26 de octubre de 2012. Fue el primero de todos ellos que, bajo el título “Una cima temprana”, nos dejó una amena, clara y concisa conferencia inaugural a cargo de Luis Gago y un maravilloso concierto con el Winterreise Op. 81 D911 (1828) de Franz Schubert; por el tenor Hans Jörg Mammel acompañado por Arthur Schoonderwoerd al fortepiano (este instrumento era de Paul McNulty, 2008, copia de un original de Conrad Graf, ca. 1819). 


Y recuerdo mientras escribo que el título de esta obra de Schubert es el mismo que el que lleva la calificada como más enigmática de las novelas de Juan Benet: Un viaje de invierno (1972). La editorial DeBolsillo incluye, en el prólogo de su edición, el ensayo de Féliz de Azúa “El texto invisible”, de muy recomendable lectura por su invitación a la reflexión. Una de ésas que tanto nos gustan.

Este narrador, dramaturgo y ensayista español está considerado por Javier Marías como el más influyente de la segunda mitad del siglo XX en nuestro país y sobre él suele escribir de forma habitual; precisamente lo hizo el pasado 6 de enero en su artículo de su sección La zona fantasma en El País Semanal bajo el título “El señor Benet regresa un rato”.  Por su parte, Juan José Millás, otra figura ineludible de nuestra literatura contemporánea, lo considera una referencia inexcusable como modelo a seguir o a evitar.

Benet fue Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos y se caracterizó, además de por un legado literario profundamente renovador, inteligente y erudito, por su carácter difícil, impertinente y huraño (aunque sus seres más cercanos resaltan su gran sentido del humor). Poseía un temperamento muy parecido al de su contemporáneo Thomas Bernhard con quien, aunque no llegaron a conocerse, podría establecerse alguna similitud tanto en su obra como en su forma de “actuar” en sociedad y de “entender” la faceta pública de su condición de escritor. A esto además se une el hecho que Una meditación (1972), es una de las primeras obras españolas -por no decir la primera-, que no incluye un sólo punto y aparte: la escribió creando un artilugio mediante un rollo de papel continuo que le impedía volver sobre lo ya escrito. Muy bernhardiano también.
Aquí dejo este vídeo sobre su persona; no tiene desperdicio y sé que os arrancará una sonrisa en algún momento...



En fin, vuelvo a la música; que parece una vez más que la literatura me puede. Los 24 Lieder que conforman los dos libros de Winterreise se basan en poemas de Wilhelm Müller (1794-1827), el mismo poeta del otro gran ciclo de este compositor: Die schöne Müllerin Op. 25 D795 (1824).

Y fue precisamente la música y la letra de esta joya de la producción de Schubert la que me condujo, junto al caminante protagonista de estas canciones, por ese viaje sombrío y melancólico, en una sucesión encadenada de estados anímicos que me desarmaron, que me revolvieron tanto por dentro. La íntima unión entre la música y la poesía desnuda y presenta un mundo psicológico infinito que, con esa expresividad tan delicada parecía que se le permitiera a uno tocar con los dedos y acariciar con las manos el frío del invierno, el paisaje desolado, el viento, el hielo, la nieve, la soledad... y el inmenso dolor del corazón. 





Javier, Mario, será con Der Leiermann, (El Organillero), el último de estos lieder, con el que me despediré hoy, en la voz inconfundible de Dietrich Fischer-Dieskau, auténtico genio del género y de la declamación, junto al pianista Murray Perahia y que guardo como un tesoro por lo asombroso que me resulta la capacidad de convicción, contención y precisión con que lo interpretan. 


O será quizá también por ese paralelismo del que hablaba anteriormente y que me hacía entender, en ocasiones, la música como alivio, como reposo; porque se pueda fundir aquí la figura del organillero con el arte como último refugio, por ser la última de sus canciones... 

O pueda ser también porque -actualizando las palabras de Pablo Neruda que encabezan esta entrada-, fué esta música la que ese día me hizo feliz “... por los cuatro costados del corazón, andando, durmiendo o escribiendo...”. Como ahora para vosotros, para nosotros.






Un abrazo a los dos, desde este frío de invierno.
María

2 comentarios:

  1. José María Sáenz Almeida21 de enero de 2013 a las 9:22

    La verdad es que resulta simpático el vídeo de Benet, aunque él era –según me contaba, hace años alguien que le conocía bien– más huraño que amigable. Como autor, es duro de leer, aunque hace tiempo que no he tenido ocasión de comprobarlo. Volveré a probarlo.
    La interpretación del lieder que ofreces, inmejorable; no sé cómo sería la que escuchaste, pero, por lo que cuentas, debió ser también muy buena.
    Gracias, como siempre, por vuestras lecciones.

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  2. Querido José María:

    Muchas gracias a ti por "leernos", y por formar parte de este blog ;)
    En cuanto cambie la estación, cambiará el fondo... :)
    Lo que escuché en la March fue sublime, me impresionó enormemente. Justo ésta última canción; algo fuera de lo normal. Lo mejor fue salir de allí con esta última "impresión". Una tarde para recordar siempre.

    Un abrazo grande,
    María

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