Cierro
“Cabo Trafalgar” de Arturo Pérez-Reverte con muchas sensaciones. Sensaciones
raras, pero sensaciones. Al fin y al cabo, se apunta una victoria aquel artista
que sepa mover emociones, sensaciones, impresiones en el sujeto receptor. El
‘sujeto receptor’ en una sala de conciertos es el público; en un museo, el
visitante; y, ligando los términos literatura y arte (¿son para vosotros,
queridos María y Javier, dos términos comunes?), en un libro, el lector.
El lector, en este caso concreto,
era yo. Un lector sin destino, como cada vez que irrumpo en la biblioteca, pues
rara es la ocasión que salgo de ella con el libro previamente deseado entre mis
manos. Supongo que esta vez también fue así, y que en uno de mis paseos por
algún pasillo, el canto verdoso de Cabo
Trafalgar llamó mi atención. Mis recuerdos de La Sombra del Águila eran notablemente buenos, así que por qué no dar
otra oportunidad al señor Arturo y adentrarse de nuevo en otra de esas
aventuras - más cuando uno vive en tierras británicas y quiere conocer bien de qué
sangre se rodea.
“Cabo Trafalgar” está escrito en
torno a la más que conocida batalla de Trafalgar en la que el orgullo y honor
de la Europa mediterránea occidental quedó bastante marchito. Bien se encargó Don
Nelson con su equipo de que volviesen, de vidas franco-españolas, las menos
posibles. Intuyo que uno de los cometidos de este libro es trasladar al lector
las razones (de peso, por cierto) del estrepitoso fracaso, contado a través de
historias ficticias muy creíbles en las que se deja a la profesionalidad de la
tripulación española en muy dudoso lugar, debido al reclutamiento de cualquier
ente con brazos y piernas que se prestase a ello, bien por obligación,
inconsciencia o aburrimiento. Así borrachos, ladrones, mendigos y toda clase de
inexpertos coparon aquellas plazas de la tripulación vacantes por un escaqueo
general que ya hablaba mucho de las esperanzas que corrían por aquellos aires.
Escrito en una prosa ágil,
Pérez-Reverte envuelve rápidamente al lector en esa bruma condensada de alta
mar, en ese aroma inconfundible a madera mojada y a acongoje silencioso. Quizá
con demasiados tecnicismos, el momento pre-batalla se hace en ocasiones lento,
con flash-backs intercalados que, sin previo aviso, pueden llegar a desviar al
lector de su camino. Este arranque de ritmo perezoso, de motor a vapor, se
compensa con una lucha naval contada de manera exquisita, en la que puedes
llegar a sentir a qué huele la pólvora, cómo ensordecen y reculan los cañones,
o cómo cesa el ritmo de cañoneo inglés al compás de la caída de las banderas
del Antilla.
El Antilla, sí. Si conoces bien la
Batalla de Trafalgar, quizá este barco no te suene. Tranquilo, nunca existió.
Tan solo en la imaginación de un Pérez-Reverte que triunfa de nuevo con otra de
sus novelas históricas. Por cierto, me cuentan que ha ‘sacado’ una nueva.
Parece ser que no hay batallas. Y qué, yo no me la pierdo…
Sí, Mario. Es "El Tango de la Guardia Vieja". Y no, no te la pierdas.
ResponderEliminarA mí me "duró" una semana en las manos; pero no hubiera parado hasta terminarla en el momento que la empecé. Una historia de amor, intensa y partida. Aquí te dejo uno de los fragmentos más impactantes, para mí.
"- Creo que en emundo de hoy la única libertad posible es la indiferencia -concluyó Max-. Por eso seguiré viviendo con mi sable y mi caballo.
- Bájate del coche.
- Mecha...
Ella apartó la mirada.
- Vas a perder el tren.
- Te amo. Creo. Pero el amor no tiene nada que ver con todo esto.
Mecha golpeó con las dos manos el volante.
- Vete de una vez. Maldito seas.
Se puso Max el sombrero y bajó del automóvil abotonándose la gabardina. Sacó de la parte trasera la maleta y la bolsa de viaje y anduvo sin despegar los labios ni mirar atrás, entre las salpicaduras de la lluvia. Sentía una tristeza intensa, desazonadora: especie de nostalgia anticipada por cuanto iba a añorar más tarde."
Feliz lectura :)
María