“Yo ni siquiera concibo a V. sin usted. Para mí es V. su boca, sus ojos, sus negros cabellos, que deseo acariciar con mis manos; su dulce voz y el regalado acento de sus palabras, que hieren y encantan materialmente a mis oídos; toda su forma corporal, en suma, que me enamora y seduce, y al través de la cual, y sólo al través de la cual se me muestra el espíritu invisible, vago y lleno de misterios... Yo amo en usted, no ya sólo el alma, sino el cuerpo, y la sombra del cuerpo, y el reflejo del cuerpo en los espejos y en el agua, y el nombre y el apellido, y la sangre, y todo aquello que le determina como tal [...]; el metal de su voz, el gesto, el modo de andar y no sé qué más diga”.
Pepita Jiménez (1874), Juan Valera
Disculpad que el título suene tan típico, pero parece que es ésta la época del año en la que, junto a la Navidad, muchas de las cosas que hace el ser humano no son sino típicas. Que responden a unos cánones que nadie sabe quién ha establecido. Sé que lo habréis encontrado en epígrafes en las revistas de los suplementos, encabezando las listas de los “recomendables” de esta estación (yo no recuerdo haber leído nunca “lecturas de otoño” o “lecturas de primavera”), o hasta como título de los tests que prueban si uno tiene el hábito de leer o debe adquirirlo o mejorarlo cuando, en realidad, nunca será suficiente todo lo que se lea... Pero bueno, no es eso lo que quiero dejar aquí hoy.
Se me venían a la cabeza estos días las conexiones e ideas que pueden surgir en torno a tres de los últimos libros que he leído: “El temblor del héroe” (2012), de Álvaro Pombo, y Premio Nadal 2012, “Plataforma” (2001) de Michel Houellebecq, y “Una mujer desnuda” (2004) de Lola Beccaria.
Sería realmente interesante poder hablar largo y tendido sobre la “trastienda” de estas historias (palabra que emplea un grandísimo amigo con el que tengo la suerte de poder hablar, entre otras cosas, horas y horas sobre lecturas compartidas y paralelismos personales. Qué delicia...), y ver cuántas y cuántas cosas reseñables pueden extraerse de estas situaciones. Pero si hay una línea común, una de las posibles causas de ciertos acontecimientos narrados, es la que pertenece a las carencias emocionales, al desequilibro del afecto en las relaciones humanas o, bien, a la falta total de él. Y, cómo esa necesidad de afecto, en muchos casos, lleva a buscarlo de la forma equivocada.
A este respecto, Michel Houellebecq (2001), sin cuidar absolutamente nada el lenguaje y haciendo un pleno ejercicio de la libertad de expresión, sin ninguna precaución y con descripciones procaces, teje una historia basada en el placer en estado máximo físicamente hablando. Del placer entendido como una forma de vida. Con una frescura y una convicción en sus palabras totalmente abrumadoras.
Lola Beccaria (2004), a mi entender, presenta una historia perversa, retorcida en grado máximo; con una sexualidad totalmente degenerada. Porque ni siquiera se trata de una visión original de la misma. Reconforta leer que, en parte, es una opinión compartida, pero sinceramente yo ni entiendo ni veo ningún atisbo, ni siquiera un esbozo, de erotismo en que un pederasta se beba la orina de la protagonista en su faceta de niña, entre otras lindezas; ni en el sadomasoquismo posterior en su edad, llamémoslo, adulta. Qué gran decepción, este libro comprado en primer lugar por las reseñas que aparecían de ciertos críticos, por la editorial que lo publica que tanto cuida sus libros y, en última instancia, por una autora finalista del Premio Nadal. Qué diálogos tan sucios, tan simples en el peor sentido del término, tan vacíos... ¿Dónde está el erotismo mencionado?, ¿dónde está esa sensualidad encubierta? Porque mucha más encierra la cita de "Pepita Jiménez" (1874) que encabeza esta entrada... ¿Y la pasión?, ¿y la inteligencia y la transgresión que reseñan algunos? Que se sepa, el sexo en sí mismo no es literatura, y mucho menos el sexo patológico. No sé, quizá no hayamos leído el mismo libro o, sencillamente, no tengamos el mismo concepto de la definición de estas palabras. Pero vamos, que todas se encuentran en el Diccionario de la Real Academia Española. (1)
Álvaro Pombo (2012), por su parte, presenta una historia oscura, divagante, desalentadora, desmoralizante, descorazonadora, en la que los hilos que forman el tejido en el que se encuentran los personajes no les permiten ver a través. Y lo hace con un trasfondo filosófico y moral, con los conflictos derivados de las relaciones humanas, con el amor, con sus vaivenes y variaciones, con la falta de compromiso verdadero ante la desgracia y el dolor. Con esa falta, en definitiva, de sensibilidad y empatía. En grado máximo. Todo en torno a conjeturas, a especulaciones, anclado en la decadencia vital como punto de partida y, desde luego, de llegada.
¿Dónde queda aquello que citaba Julián Marías, refiriéndose a Ortega y Gasset, de que el amor es entrega por encantamiento? Y no creo que sea necesario aplicarlo solamente a las relaciones de pareja que, desde luego, también. ¿Dónde queda la personalidad de nuestros actos, que resulta en muchos casos intercambiable, y recíproca, cuando no está ligada a nuestra profunda realidad? Cuando el trabajo es demasiado impersonal, cuando se realiza (o no), por acumulación de materiales e informaciones, a veces distorsionadas, manipuladas a conveniencia, incluso totalmente falsas, cuando importa más el éxito que la realización misma, nos encontramos ante hechos que no sólo afectan a la calidad y al resultado sino que todo, absolutamente todo, se desvanece.
Y hay que ver cómo nos equivocamos, cómo creemos que existe reciprocidad, cómo la experiencia nos enseña amargamente que el afecto es muy escaso o inexistente y cómo esas circunstancias se muestran favorables para encadenar un error tras otro.
Imagen tomada de la cuenta personal de Twitter
de la nadadora holandesa Ranomi Kromowidjojo
También Julián Marías distinguió, al tratar de la ilusión hace ya más de un cuarto de siglo, entre el “escritor” y el “hombre que escribe”, y señaló que el siglo pasado o a comienzos de éste había muchos verdaderos escritores (aunque no fuesen grandes, ni siquiera buenos escritores), mientras que ahora hay innumerables hombres que escriben (algunos, bien), sin que ello sea parte integrante de lo que verdaderamente son. El escritor, si auténticamente lo es, escribe con ilusión, aun en el caso de que sus dotes no sean sobresalientes y, por tanto, el resultado deje que desear. Eso es lo que se echa de menos en aquel para quien escribir es una función meramente profesional, o una tarea, o una manera de dar cuenta de un trabajo o unas investigaciones realizadas aparte de ese escribir: la falta del nexo con el proyecto personal. Valdría la pena examinar y valorar si podría aplicarse, no solamente a la ilusión sino también al afecto, e ir un poco más allá aún... y cuestionarse la negativa de su ausencia.
Cuando la presencia es suficiente, cuando existe la comprensión y un cierto dominio de los fenómenos afectivos, cuando se entiende el éxito, en todos los terrenos, como una suma de esfuerzos, de conocimientos, de fracasos y de sufrimientos de personas que se quieren, cuando todo esto fluye, se da y se recibe, desde la serenidad, la tranquilidad y la calma de las relaciones maduras y la, ¿por qué no?, seguridad que todos necesitamos en el trato con nuestros semejantes, se moviliza lo que se estima, lo que se admira. Lo que se desea. Nadie va a una frutería a por un par de zapatos ni siente simpatía por el diablo, ¿no?.
Es una lástima que en todo esto aparezca también eso que se llama el mérito de oportunidad; el atribuir, por lo general, autoatribuirse o atribuir a otros un hecho cuando, aunque no está resuelto ni terminado o no hace falta absolutamente nada para que concluya. Pero bueno, nuestra simplicidad de pensamiento, nuestra necesidad de mantener muy alto nuestro orgullo y nuestro ego nos convierten en seres frágiles llenos de incertidumbres. Aquí también hay carencias emocionales y afectivas. Y muchas.
Esa resistencia a admitir que realmente existe una necesidad de los demás, esa actitud prepotente y reacia a apreciarlo y valorarlo no nos deja sino a medias. Cuando leí este párrafo en Michel Houellebecq (2001), me preguntaba no solamente como mujer -y digo esto aprovechando la cita-, sino como persona, como ser humano, qué nivel, qué grado de satisfacción encuentran quienes que no se vinculan afectivamente, quienes reprimen todo lo intangible inherente a nuestra condición y que es lo que nos diferencia de los animales y las cosas:
“Ella le había dado todo eso. Un examen mínimamente exhaustivo de la humanidad debe tener en cuenta necesariamente este tipo de fenómenos. En la historia siempre han existido seres humanos así. Seres humanos que trabajaron toda su vida, y que trabajaron mucho, sólo por amor y entrega; que dieron literalmente su vida a los demás con un espíritu de amor y entrega; que sin embargo no lo consideraban un sacrificio; que en realidad no concebían otro modo de vida más que el de dar su vida a los demás con un espíritu de entrega y amor. En la práctica, estos seres humanos casi siempre han sido mujeres.” (Houellebecq, 2001, p. 92).
Al final, lo importante es saber dónde y con quiénes tenemos nuestro corazón. Y, como dice Álvaro Pombo, hacer el bien porque el mal ya está hecho; porque cuanto antes nos demos cuenta y asumamos cada una de las palabras de esta poesía de Mario Benedetti, menos soberbios seremos.
Un abrazo, y buen inicio de curso.
María
(1) A propósito de las contradicciones de esta autora, Leopoldo de Trazegnies califica de llamativo su caso. Refiriéndose a El Quijote en la publicación “El Quijote desde el siglo XXI”, (Madrid, 2005), del Centro de Estudios Cervantino, Beccaría, en las páginas 72-73 de esta publicación, elogiaba el poder fabulador de Cervantes (asumiendo que El Quijote sea solamente una obra de ficción), y despreciaba la literatura basada en experiencias personales porque “La ficción tiene sus normas y, desde luego, no es ficción trasladar a un libro un diario íntimo de los avatares cotidianos ni comentar los sucesos llamativos o chocantes leídos en las noticias o escuchados a los amigos.”








