domingo, 22 de septiembre de 2013

Lecturas de verano


“Yo ni siquiera concibo a V. sin usted. Para mí es V. su boca, sus ojos, sus negros cabellos, que deseo acariciar con mis manos; su dulce voz y el regalado acento de sus palabras, que hieren y encantan materialmente a mis oídos; toda su forma corporal, en suma, que me enamora y seduce, y al través de la cual, y sólo al través de la cual se me muestra el espíritu invisible, vago y lleno de misterios... Yo amo en usted, no ya sólo el alma, sino el cuerpo, y la sombra del cuerpo, y el reflejo del cuerpo en los espejos y en el agua, y el nombre y el apellido, y la sangre, y todo aquello que le determina como tal [...]; el metal de su voz, el gesto, el modo de andar y no sé qué más diga”. 

Pepita Jiménez (1874), Juan Valera



Disculpad que el título suene tan típico, pero parece que es ésta la época del año en la que, junto a la Navidad, muchas de las cosas que hace el ser humano no son sino típicas. Que responden a unos cánones que nadie sabe quién ha establecido. Sé que lo habréis encontrado en epígrafes en las revistas de los suplementos, encabezando las listas de los “recomendables” de esta estación (yo no recuerdo haber leído nunca “lecturas de otoño” o “lecturas de primavera”), o hasta como título de los tests que prueban si uno tiene el hábito de leer o debe adquirirlo o mejorarlo cuando, en realidad, nunca será suficiente todo lo que se lea... Pero bueno, no es eso lo que quiero dejar aquí hoy.



Se me venían a la cabeza estos días las conexiones e ideas que pueden surgir en torno a tres de los últimos libros que he leído: “El temblor del héroe” (2012), de Álvaro Pombo, y Premio Nadal 2012, “Plataforma” (2001) de Michel Houellebecq, y “Una mujer desnuda” (2004) de Lola Beccaria.



Sería realmente interesante poder hablar largo y tendido sobre la “trastienda” de estas historias (palabra que emplea un grandísimo amigo con el que tengo la suerte de poder hablar, entre otras cosas, horas y horas sobre lecturas compartidas y paralelismos personales. Qué delicia...), y ver cuántas y cuántas cosas reseñables pueden extraerse de estas situaciones. Pero si hay una línea común, una de las posibles causas de ciertos acontecimientos narrados, es la que pertenece a las carencias emocionales, al desequilibro del afecto en las relaciones humanas o, bien, a la falta total de él. Y, cómo esa necesidad de afecto, en muchos casos, lleva a buscarlo de la forma equivocada.

A este respecto, Michel Houellebecq (2001), sin cuidar absolutamente nada el lenguaje y haciendo un pleno ejercicio de la libertad de expresión, sin ninguna precaución y con descripciones procaces, teje una historia basada en el placer en estado máximo físicamente hablando. Del placer entendido como una forma de vida. Con una frescura y una convicción en sus palabras totalmente abrumadoras.

Lola Beccaria (2004), a mi entender, presenta una historia perversa, retorcida en grado máximo; con una sexualidad totalmente degenerada. Porque ni siquiera se trata de una visión original de la misma. Reconforta leer que, en parte, es una opinión compartida, pero sinceramente yo ni entiendo ni veo ningún atisbo, ni siquiera un esbozo, de erotismo en que un pederasta se beba la orina de la protagonista en su faceta de niña, entre otras lindezas; ni en el sadomasoquismo posterior en su edad, llamémoslo, adulta. Qué gran decepción, este libro comprado en primer lugar por las reseñas que aparecían de ciertos críticos, por la editorial que lo publica que tanto cuida sus libros y, en última instancia, por una autora finalista del Premio Nadal. Qué diálogos tan sucios, tan simples en el peor sentido del término, tan vacíos... ¿Dónde está el erotismo mencionado?, ¿dónde está esa sensualidad encubierta? Porque mucha más encierra la cita de "Pepita Jiménez" (1874) que encabeza esta entrada... ¿Y la pasión?, ¿y la inteligencia y la transgresión que reseñan algunos? Que se sepa, el sexo en sí mismo no es literatura, y mucho menos el sexo patológico. No sé, quizá no hayamos leído el mismo libro o, sencillamente, no tengamos el mismo concepto de la definición de estas palabras. Pero vamos, que todas se encuentran en el Diccionario de la Real Academia Española. (1)


Álvaro Pombo (2012), por su parte, presenta una historia oscura, divagante, desalentadora, desmoralizante, descorazonadora, en la que los hilos que forman el tejido en el que se encuentran los personajes no les permiten ver a través. Y lo hace con un trasfondo filosófico y moral, con los conflictos derivados de las relaciones humanas, con el amor, con sus vaivenes y variaciones, con la falta de compromiso verdadero ante la desgracia y el dolor. Con esa falta, en definitiva, de sensibilidad y empatía. En grado máximo. Todo en torno a conjeturas, a especulaciones, anclado en la decadencia vital como punto de partida y, desde luego, de llegada.


¿Dónde queda aquello que citaba Julián Marías, refiriéndose a Ortega y Gasset, de que el amor es entrega por encantamiento? Y no creo que sea necesario aplicarlo solamente a las relaciones de pareja que, desde luego, también. ¿Dónde queda la personalidad de nuestros actos, que resulta en muchos casos intercambiable, y recíproca, cuando no está ligada a nuestra profunda realidad? Cuando el trabajo es demasiado impersonal, cuando se realiza (o no), por acumulación de materiales e informaciones, a veces distorsionadas, manipuladas a conveniencia, incluso totalmente falsas, cuando importa más el éxito que la realización misma, nos encontramos ante hechos que no sólo afectan a la calidad y al resultado sino que todo, absolutamente todo, se desvanece. 
Y hay que ver cómo nos equivocamos, cómo creemos que existe reciprocidad, cómo la experiencia nos enseña amargamente que el afecto es muy escaso o inexistente y cómo esas circunstancias se muestran favorables para encadenar un error tras otro.



Imagen tomada de la cuenta personal de Twitter 
de la nadadora holandesa Ranomi Kromowidjojo


También Julián Marías distinguió, al tratar de la ilusión hace ya más de un cuarto de siglo, entre el “escritor” y el “hombre que escribe”, y señaló que el siglo pasado o a comienzos de éste había muchos verdaderos escritores (aunque no fuesen grandes, ni siquiera buenos escritores), mientras que ahora hay innumerables hombres que escriben (algunos, bien), sin que ello sea parte integrante de lo que verdaderamente son. El escritor, si auténticamente lo es, escribe con ilusión, aun en el caso de que sus dotes no sean sobresalientes y, por tanto, el resultado deje que desear. Eso es lo que se echa de menos en aquel para quien escribir es una función meramente profesional, o una tarea, o una manera de dar cuenta de un trabajo o unas investigaciones realizadas aparte de ese escribir: la falta del nexo con el proyecto personal. Valdría la pena examinar y valorar si podría aplicarse, no solamente a la ilusión sino también al afecto, e ir un poco más allá aún... y cuestionarse la negativa de su ausencia.





Cuando la presencia es suficiente, cuando existe la comprensión y un cierto dominio de los fenómenos afectivos, cuando se entiende el éxito, en todos los terrenos, como una suma de esfuerzos, de conocimientos, de fracasos y de sufrimientos de personas que se quieren, cuando todo esto fluye, se da y se recibe, desde la serenidad, la tranquilidad y la calma de las relaciones maduras y la, ¿por qué no?, seguridad que todos necesitamos en el trato con nuestros semejantes, se moviliza lo que se estima, lo que se admira. Lo que se desea. Nadie va a una frutería a por un par de zapatos ni siente simpatía por el diablo, ¿no?.



Es una lástima que en todo esto aparezca también eso que se llama el mérito de oportunidad; el atribuir, por lo general, autoatribuirse o atribuir a otros un hecho cuando, aunque no está resuelto ni terminado o no hace falta absolutamente nada para que concluya. Pero bueno, nuestra simplicidad de pensamiento, nuestra necesidad de mantener muy alto nuestro orgullo y nuestro ego nos convierten en seres frágiles llenos de incertidumbres. Aquí también hay carencias emocionales y afectivas. Y muchas.

Esa resistencia a admitir que realmente existe una necesidad de los demás, esa actitud prepotente y reacia a apreciarlo y valorarlo no nos deja sino a medias. Cuando leí este párrafo en Michel Houellebecq (2001), me preguntaba no solamente como mujer -y digo esto aprovechando la cita-, sino como persona, como ser humano, qué nivel, qué grado de satisfacción encuentran quienes que no se vinculan afectivamente, quienes reprimen todo lo intangible inherente a nuestra condición y que es lo que nos diferencia de los animales y las cosas:



“Ella le había dado todo eso. Un examen mínimamente exhaustivo de la humanidad debe tener en cuenta necesariamente este tipo de fenómenos. En la historia siempre han existido seres humanos así. Seres humanos que trabajaron toda su vida, y que trabajaron mucho, sólo por amor y entrega; que dieron literalmente su vida a los demás con un espíritu de amor y entrega; que sin embargo no lo consideraban un sacrificio; que en realidad no concebían otro modo de vida más que el de dar su vida a los demás con un espíritu de entrega y amor. En la práctica, estos seres humanos casi siempre han sido mujeres.” (Houellebecq, 2001, p. 92).





Al final, lo importante es saber dónde y con quiénes tenemos nuestro corazón. Y, como dice Álvaro Pombo, hacer el bien porque el mal ya está hecho; porque cuanto antes nos demos cuenta y asumamos cada una de las palabras de esta poesía de Mario Benedetti, menos soberbios seremos.







Un abrazo, y buen inicio de curso.
María





(1) A propósito de las contradicciones de esta autora, Leopoldo de Trazegnies califica de llamativo su caso. Refiriéndose a El Quijote en la publicación “El Quijote desde el siglo XXI”, (Madrid, 2005), del Centro de Estudios Cervantino, Beccaría, en las páginas 72-73 de esta publicación, elogiaba el poder fabulador de Cervantes (asumiendo que El Quijote sea solamente una obra de ficción), y despreciaba la literatura basada en experiencias personales porque “La ficción tiene sus normas y, desde luego, no es ficción trasladar a un libro un diario íntimo de los avatares cotidianos ni comentar los sucesos llamativos o chocantes leídos en las noticias o escuchados a los amigos.”

miércoles, 10 de julio de 2013

Otras vidas


A Enrique y Alberto, por todo lo vivido, lo compartido... y lo aprendido.
A José María, por muchos, muchos años más de apuntes maravillosos, ese deleite a los ojos...



Solo señal

Oh enciende 
tus ojos
del color de nacer

Alejandra Pizarnik (Poemas no recogidos en libros, 1962-1972)



El otro día leía que la capacidad de aprendizaje que tiene cada individuo está directamente relacionada con su capacidad intelectual y otros factores, entre los que destacan los motivacionales. Como en todos los campos, existen demasiados tópicos, casi siempre erróneos y que nos impiden ver más allá de ellos. Y en este caso, y quizá por una parte de mi labor y de mis actividades, que es la docencia, muchas veces he escuchado decir que al alcanzar una cierta edad, una persona, es demasiado mayor para aprender. Claro que hay ciertas facultades o destrezas físicas que influyen en el rendimiento de una persona de cierta edad, como pueda ser una disminución de la agudeza sensorial -de la vista o del oído-, o mayor fatigabilidad; pero yo he visto, y juro que lo he vivido -y lo vivo-, con una admiración inmensa, que no hay ningún obstáculo si de verdad, de convicción, de corazón... se quiere.


Resulta maravilloso ver cómo una persona mayor, con su trayectoria profesional ya trazada, demostrada e incluso finalizada, muestra y desarrolla una entrega y una constancia a una tarea que tiene integrada en su día a día como una necesidad. Quizá porque se trata, sencillamente, de una necesidad que hace sentir bien. De un placer y una satisfacción plena y completa que se experimenta en el proceso de adquisición de conocimientos, de saber, de distinguir y de apreciar. Si es verdad que la ilusión es un deseo con argumento; podría hacerse de ella una forma de vida.


Es responsabilidad de todos, de quienes tienen algo que dar, de quienes tienen algo que aportar, de quienes quieren compartir, crear un ambiente y favorecer un entorno en el que desarrollar ese “saber por saber”, que mueve, en tantísimos casos, la curiosidad sana.
Es una gran forma de demostrar que queda mucho por hacer y que, por qué no, comienza “otra vida” más al conjunto de historias que somos cada uno. Pueda ser que también nazca de ahí, de ese sentir que tiene vida, de todo ese valor que tiene lo inmaterial, lo que no está cosificado  (aún) y, mucho menos, tiene no un valor sino un precio. No puedo evitar dejar aquí esta canción de Nina Simone que me enviaron hace unos días; ¿haría falta explicar algo más?...




Volviendo a ese aprendizaje, a ese disfrute, de acercarse a la Música, Charles Rosen -a cuyo libro El Piano: notas y vivencias (2002), dediqué mi segunda entrada del mes de diciembre en este Blog-, en su libro Música y Sentimiento (2010), nos lo “acerca” mucho más: dice, de una forma muy sencilla, que comprender la Música en el sentido más elemental significa simplemente disfrutarla cuando se escucha. ¿Y estudiarla en este momento de una vida?.

Para Proust, la novela es psicología, pero no una psicología plana, como escribe en su ensayo “Swann explicado por Proust” y que se recoge en su libro Días de lectura (1827-1922)-, sino psicología en el tiempo, entendido como una experiencia que puede durar. Quizá sea algo así lo que les suceda con el aprendizaje de la música, que radique en ese recibir la comunicación de nuestros pensamientos, aquellos que nacen del disfrute de la soledad que implica, al menos, el estudio de esta disciplina artística, ese milagro fecundo de una comunicación dentro de la soledad.


Igual también tenga algo que ver con el destino. Vete a saber. Julián Marías dice (sí, Tortajada, esta vez es Julián, no Javier)-, que la entrega libre y necesaria a lo auténtico -habla también del enamoramiento pero eso es otro tema-, es la forma suprema de aceptación del destino, y eso es precisamente lo que llamamos vocación. Por una serie de circunstancias que, en cada caso son distintas, ha determinado un camino u otro en sus personas: tradición familiar, inmediatez, seguridad, obligación... ¿Quién nos dice que la Música no fuera su vocación real?. 



Para Julián Marías está claro que oscilamos pues entre el azar y la necesidad -a cuya combinación nos recuerda que se llama, desde hace milenios, destino-, pero hace especial hincapié en que no se ha solido entender bien, porque se lo ha interpretado casi siempre desde una mentalidad de “cosas”, no como destino personal. Y quien gobierna esa pareja inseparable y enemiga azar-necesidad -que habita en la imaginación- es la libertad. Enrique, Alberto, José María y estoy segura que muchas personas más que miran la Música con el brillo y la claridad de los ojos de un niño ilusionado, con los ojos del color del nacer (por utilizar las palabras de Pizarnik que abrían esta entrada), en diferentes medidas y niveles, son conscientes de que este destino tiene que ser adoptado, aceptado, apropiado. Y lo han hecho suyo. Lo han elegido. Nuevamente, me remito a Julián Marías, pero cambiando de texto, ya que estas palabras pertenecen a su Antropología metafísica (1970). No se puede ilustrar mejor: 

“En rigor, nunca me siento más “yo” -yo mismo- que frente a un contenido azaroso que irrumpe en mi vida, cuando reacciono a él de una manera que brota de la raíz de mi persona; cuando descubro en él el destino que no se elige, y elijo hacerlo mío, serle fiel; con otras palabras, elijo ser yo ese azar inelegible. [...]
El destino, libremente aceptado pero no elegido -es decir, elijo que sea “mi” destino, lo “adopto”, pero no elijo su contenido- es mi vocación, y la realidad de ésta es lo que llamamos felicidad.”



El estudio y la proyección que tiene una actividad tomada de esta forma nunca es impersonal. Aquí no se acumulan materiales e informaciones, no importa más el resultado y el éxito que la realización misma, y eso afecta decisivamente a la calidad, pero más todavía a la personalidad del conjunto, que resulta, en el caso de Enrique, Alberto y José María, imposible de intercambiar, es decir, que su forma de abordarla, está íntimamente ligada a sus realidades.   Para ellos ni es una función meramente profesional, un quehacer, una tarea, o una manera de dar cuenta de un trabajo o unas investigaciones realizadas aparte, sino que existe un nexo con un proyecto personal, y es quizá aquí ese componente de ilusión el que cobra una presencia de primer orden, en el sentido utilizado por Julián Marías cuando hace una distinción entre un escritor y un hombre que escribe

Si todo esto se tuviera presente, si se viera que, más allá del cariño, el apego, la protección, el cuidado, la ternura, hay una posibilidad humana llamada ilusión, es posible que se planteara de una manera más rica e inteligente la convivencia inicial del ser humano, y que se respetaran un poquito más las expectativas, la movilización de lo estimado, lo admirado y lo deseado. Enrique, Alberto y José María han encontrado un equilibrio admirable en este proceso y lo han integrado en su día a día y en el tiempo que dedican a la Música con un rigor y un respeto que, en ocasiones, superan a algunos profesionales. Entienden que la progresiva conversión de la cultura en propaganda, es decir, en su descomposición y delicuescencia por falta de originalidad, espontaneidad, espíritu crítico y voluntad de renovación y experimentación formal contribuyen a deteriorar moral y cívicamente la excelencia y la integridad que son más que necesarias en esta disciplina artística, entre tantas muchas otras. Y lo saben ver, y lo saben distinguir. Y las conversaciones con ellos sobre todo esto son una verdadera delicia.

O igual todo esto tiene un telón de fondo filosófico. Ahora mismo recuerdo el artículo que Javier Cercas publicó este domingo pasado en El País Semanal titulado “Rafa, filósofo”, y que mi profesor Diego Fernández Magdaleno, ese mismo día, me sugirió que leyera. Y sea así que lo que crea esa necesidad, esa “tendencia a” es el experimentar la sensación de esfuerzo, de, independientemente de lo que se haga, hacerlo lo mejor posible. Razón de más si es algo elegido. También al comienzo de su Metafísica, Aristóteles dice que todos los hombres tienden por naturaleza a saber, y pone como muestra de ello el gusto que tienen por las percepciones, por la aísthesis, y sobre todo por la visión, por la que viene de los ojos (la palabra que utiliza es órexis). En mi humilde opinión, la Música también tiene un componente visual de primer orden.

En fin, trataré, a partir de ahora de no reflexionar en exceso en por qué dedico tanto tiempo a mi colección de gomas de borrar, en si es por ilusión, por vocación, por el esfuerzo (de mantenerlas limpias a lo largo de los años), porque las comprendo :) o porque quiero coleccionar de la mejor forma posible... Me quedaré con las palabras de Aristóteles: será que me gusta mirarlas.


Un abrazo,
María

miércoles, 5 de junio de 2013

Tarde de concierto

Martes, 20:30 horas. Llego al Auditorio de Cuenca con diez minutos de antelación sobre la hora del concierto, busco el localizador en mi iphone, recojo la entrada en taquilla y me dirijo a la entrada.

-        Sala 2. Al fondo.

El señor de la puerta me conoce y sabe que no necesito más explicaciones. La sala ya tiene ocupados los mejores lugares, desde donde se ve las manos del pianista, así que escojo uno de los más altos, desde donde puedo ver bien sus gestos.

Como he llegado pronto a Cuenca he podido visitar a mis padres en su casa de Palomera. Tras un invierno interminable de frío y lluvia, desde hace dos días luce fuerte el sol primaveral y el jardín está espléndido. Lo recuerdo mientras termina de llenarse la sala.

La sala 2 tiene forma de hemiciclo, con gradas empinadas frente a un paredón de madera. En el centro, no sabe la que le espera un piano de cola Steinway & sons. Como de la nada, por una de esas puertas camufladas que hay en el muro del paredón de enfrente, aparece el pianista.

Inmutable a pesar de los sonoros aplausos, se sienta en el piano y se prepara para tocar. La apariencia del pianista está entre la de caballero jedi y la de cantante de los Beatles. Sin querer me viene a la cabeza una idea: tiene que ir al peluquero.

El repertorio que nos tiene preparado es tremendo. Albéniz de aperitivo y Liszt de primero, segundo y postre. A mí, que nunca he sido demasiado aficionado al piano, dada mi predilección por la música antigua, me gusta de vez en cuando oír a algún pianista bueno tocando Beethoven, Brahms o Chopin. En el viaje he estado escuchando un concierto de Mozart, interpretado a la romántica por Vladimir Ashkenazy, para ir preparándome. Esto decididamente va a ser otra cosa. Los distintos números de Iberia se dejan oír fenomenal, pero Liszt se me suele atravesar u poco. A ver qué pasa.

Empieza el concierto y poco a poco voy entrando en la música. Primero, claro, hay que aguantar algún telefonito y por supuesto todo el tiempo crujidos y toses. Pero se nota que el pianista ha conseguido enganchar al público. La primera parte del concierto es música española o inspirada en España. Málaga, Jerez y Eritaña, de Albéniz, que parecen ciertamente difíciles de ejecutar, técnica y artísticamente, y la rapsodia española de Liszt, que no he oído nunca. Para mi sorpresa, la rapsodia no solo no me parece aburrida sino que me atrapa. Buena parte de la culpa la tiene que Liszt utiliza el tema de la Folía y lo desarrolla admirablemente. El resto de culpa la tiene el pianista, que lo borda.  

De la segunda parte del concierto ya no sé qué decir. Yo le doy un poco a la tecla, pero no puedo ni imaginar la complejidad de la sonata en si m que, entre otras cosas, no tiene ni siquiera descansos entre sus movimientos. Media hora de concentración total, interpretando una obra de la máxima dificultad, supongo que requiere una capacidad y una preparación que está al alcance de muy pocos. Me pregunto qué grado de control tiene el pianista sobre lo que hace en cada momento, hasta dónde llega la réplica mecánica -y creativa- de lo entrenado y a partir de dónde empieza la creatividad de cada representación, de qué margen dispone para expresar lo que siente en cada momento, de modo que no se desvirtúe el discurso preparado pero pueda ofrecer a cada público una pieza diferente, según el retorno que perciba el pianista.

El concierto es, claro, un exitazo. Aplaudimos a rabiar, dos bises también maravillosos y al coche, que hay que volver a dormir a Madrid. Me quedo con ganas de agradecer al pianista su interpretación.

Bueno, quizá en el próximo concierto.
Javier

sábado, 27 de abril de 2013

Luces de Bohemia. Artistas, gitanos y la definición del mundo moderno



Ma bohème

Je m’en allais, les poings dans mes poches crevées;
Mon paletot aussi devenait idéal;
J´allais sous le ciel, Muse! et j’étais ton féal;
Oh! la! la! que d´amours splendides j´ais rêvées!

Mon unique culotte avait un large trou.
- Petit-Poucet rêveur, j’égrenais dans ma course
Des rimes. Mon auberge êtait à la Grande-Ourse.
- Mes étoiles au ciel avaient un doux frou-frou

Et je les écoutais, assis au bord des routes,
Ces bons soirs de septembre où je sentais des gouttes
De rosée à mon front, comme un vin de vigueur;

Où, rimant au milieu des ombres fantastiques,
Comme des lyres, je tirais les élastiques
Des mes souliers blessés, un pied près de mon coeur!

Arthur Rimbaud (1854-1891)





“Luces de Bohemia. Artistas, gitanos y la definición del mundo moderno” es el título de una de las dos maravillosas exposiciones que ofrece la Fundación Mapfre en la Sala Recoletos y que surge como colaboración entre la Fundación con la Réunion des Musées Nationaux-Grand Palais de París y gracias a la labor de sus comisarios, Sylvain Amic -director de los Museos de Rouen-, y Pablo Jiménez -director del Instituto de Cultura de la Fundación Mapfre-.

Yo no sé absolutamente nada de pintura pero me gusta pensar en las palabras escritas por Victoria Llort Llopart en el Prólogo a las Notes sur Chopin de André Gide (1869-1951), que, aunque referidas a la música, creo aplicables a cualquier otra de las artes. No hace falta ser un experto para disfrutar de la pintura -en este caso-, pero sí es preciso tener una mente aguda, atenta a los detalles, receptiva a los matices. Y todo ello puede permitirnos, con un mínimo de sensibilidad, adentrarnos en cualquier manifestación artística con una perspectiva humanista. Es curioso que este autor francés, Premio Nobel en 1947, no se mostrara partidario de acercar unas artes a otras y establecer paralelismos entre ellas...

Las obras que conforman esta exposición pertenecen a pintores como Manet, Signac, Corot, Courbet, Callot, Teniers, Latour, Sargent, Sorolla, Van Gogh, Delacroix, Ramón Casas o Picasso, por citar sólo algunos, quienes, entre el Romanticismo y el Realismo se inspiraron en la bohemia gitana. Por cierto, sobre Corot escribe Baudelaire en varias ocasiones en uno de los libros a los que vuelvo constantemente por sus inspiradoras palabras. Se trata de Salones y otros escritos sobre arte (1859). Lo sitúa a la cabeza de la escuela moderna de paisaje, por su ingenuidad y originalidad, aunque hubiera buenas gentes que dijeran que no sabía pintar, alegando a su ignorancia en la distinción de una obra de genio u obra de alma, si se prefiere, en la que todo está bien visto, bien comprendido, bien imaginado, y alegando también a su incapacidad para percibir las diferencias entre una pieza hecha y otra acabada y que, en general, lo que está hecho no está acabado y que una cosa muy acabada puede no estar hecha en absoluto, otorgando un valor inmenso a Corot considerándolo un gran maestro no sólo por la espiritualidad de sus pinceladas sino por su enseñanza, que califica de sólida, luminosa y metódica. Y por terminar de relacionar los nombres citados, dejo un párrafo de Gide, de sus Notes sur Chopin, que invitan a la reflexión... 

“A menudo he escuchado acercar Beethoven a Miguel Ángel, Mozart a Correggio, a Giorgione, etc. Aunque estas comparaciones entre artistas de un arte diferente me parecen bastante vanas, no puedo evitar el remarcar cuán a menudo se aplican igualmente a Baudelaire los comentarios que puedo hacer sobre Chopin, y al revés. De manera que, ya varias veces, el nombre de Baudelaire ha salido naturalmente de mi pluma. “Música malsana”, se decía de las obras de Chopin. “Poesía malsana”, se decía de las Flores del Mal y, creo que por las mismas razones. El uno y el otro tienen una preocupación similar por la perfección, el mismo horror a la retórica, a la declamación y al desarrollo oratorio; pero sobre todo, querría decir que encuentro en el uno y en el otro un mismo empleo de la sorpresa, y extraordinarios atajos por donde la logran.”




En palabras de Javier Jiménez, el ya citado comisario de la exposición, la bohemia artística nace a finales del XIX en París, momento en que los artistas ya no tienen las protecciones tradicionales de los grandes mecenas o de la iglesia, y deciden organizarse por su cuenta (en Francia, bohemiens), algo inherente al mito del artista moderno. En esta exposición se ha realizado una adaptación al contexto español, especialmente en lo referente a la temática gitana reforzando el mito de la gitana andaluza como “uno de los tópicos internacionales del siglo XIX”, por el exotismo tanto de España en el panorama europeo como de la fuerte presencia del embrujo de las gitanas de Andalucía. Aquí, música que me trae preciosos recuerdos...




Danza de la Gitana (1927). Ernesto Halffter




Danza de la Pastora (1927). Ernesto Halffter





Y tampoco se puede dejar de mencionar a la pasional Carmen -como símbolo de la provocación, del grito a la libertad, la sexualidad y la alteridad de la gitana española-, y su influencia en los grandes creadores de la modernidad.




Habanera de la ópera Carmen (1875), de Bizet. Basada en la novela homónima de Mérimée, que a su vez posiblemente estuviera inspirada por el poema narrativo Los Gitanos (1824) de Pushkin



Es así que esta exposición pretende indagar sobre esa historia común, incidiendo en los encuentros y las disparidades entre dichas “bohemias”, en ese carácter errante -que queda tan representado en Un par de botas (1886) de Van Gogh-, de ruptura con la sociedad, de oposición a las convenciones burguesas.


Un par de botas (1886). Van Gogh 



En mi caso, además, ha supuesto el descubrimiento de pintores que no conocía, como Cazals o Jean-François Raffaëli. La fascinación que me ha producido el cuadro El bohemio poeta de Montmartre/Retrato de Eric Satie (1891) de Ramón Casas por esa similitud entre el trazo del pincel y la música del compositor, el tratamiento de la luz y del color en cada pincelada, todas ellas distintas tanto en los mismos escenarios de Montmartre, o apreciar la recreación del ambiente nocturno, intenso y trágico a la vez, de La butte en torno a los cabarés Le Chat Noir, Le Moulin de la Galette o Le Moulin Rouge...

Las relaciones entre pintura, literatura, cine, música quedan plasmadas de una forma muy evidente en este recorrido. La presencia de Henry Murguer con su obra Scènes de la vie de bohéme -publicadas en fascículos en Le Corsaire-Satan entre 1845 y 1849-, cuya versión teatral sirvió de base a la ópera La Bohème de Puccini y a la de Leoncavallo... Los bocetos del vestuario de los personajes para la representación de la de Puccini, los dibujos de los decorados en su primera escenificación, la partitura manuscrita de la escena de la muerte de Mimí...

Sería difícil tratar de describir o ponerle palabras al impacto que me produjo ver, por vez primera en una exposición, el Retrato de Franz Liszt de Lehmann -quizá por su situación estratégica en la sala en la que se encuentra-, o Ensoñación de Lenoir. La presencia del artista, esa mezcla de rotundidad y afirmación sublimes en esa mirada tan brillante y directa y que contrasta tanto con la divagación, la sensualidad, la poesía y pregunta que muestran los segundos; la mezcla de melancolía y una cierta inseguridad e incertidumbre, de ése encontrar en el primero y de esa búsqueda y al mismo tiempo espera en el segundo. 
¡Cómo he disfrutado de mirar, de observar... de ese “atrevimiento” que llama Muñoz Molina!.



Ensoñación (1893). Lenoir




La exposición estará hasta el 5 de mayo, os animo a verla si aún no lo habéis hecho.

¡Ah!, se me olvidaba. Eso sí, sin que suene demasiado... mal. Igual que, por ley, se prohíbe fumar en ciertos sitios, creo que, por ley también, ya puestos, deberían existir carteles en los que se exigiera que las exposiciones hubiera que verlas en absoluto silencio. O, al menos, los comentarios estúpidos hacerlos en voz baja. Escuchar los de algunos visitantes -a cierto volumen no deja de ser una imposición, ¿no?-, pueden estropear, de un plumazo, el momento de llamémoslo serenidad que provoca mirar un cuadro si a uno le pilla desprevenido.

Igual que fumar perjudica seriamente la salud, en ocasiones, hablar, también. Menudo bofetón al oído y, de rebote, a la vista, claro está. 

María



jueves, 25 de abril de 2013

Milongas

Llevo más de 20 años oyendo milongas sobre el cambio climático, que antes se llamaba calentamiento global. Casi todo lo que nos dicen es mentira.Yo estoy harto de predicar en el desierto, pero os doy algunos datos por si queréis saber un poco de este gran camelo.

De un informe de la Agencia Estatal de Meteorología os pongo un par de gráficas, sobre la temperatura y las precipitaciones medias de los inviernos españoles de los últimos 50 años en el caso de las temperaturas y 65 en el de las precipitaciones. A ver dónde están el calentamiento y la desertificación.





Además os recomiendo el blog http:\\antonuriarte.blogspot.com

Y que no os cuenten milongas.


Javier

miércoles, 10 de abril de 2013

Viejas iglesias de Madrid

Los lectores de este blog sabéis de mi afición por las iglesias. En el poco tiempo que llevamos compartiéndolo os he hablado y he puesto fotografías de San Miguel y del Oratorio del Caballero de Gracia. Espero hacer pronto una entrada sobre el Hospital de Santiago y sobre la Virgen de la Luz, ambas de Cuenca.

Pero antes voy a hablaros de más iglesias de Madrid. Debo reconocer que aunque llevo muchos años ya de madrileño, ha sido recientemente cuando me he dado cuenta de la cantidad y calidad de los templos de la ciudad, que pasan desapercibidos al turista, entre tanto palacio, museo, parque, estatua y, sobre todo, estadio de fútbol. Lugares como, por ejemplo, San Antonio de los Alemanes o la Capilla del Obispo son tan bonitos como inesperados, en medio del tráfico y la multitud de peatones que abarrota cada día el centro.

Bueno, pues además de las iglesias que podemos ver, hay otras que desaparecieron, y sin embargo podemos conocer a través de descripciones, dibujos e incluso fotografías, en las de demolición más tardía. Utilizando esta información realizó José María Sáenz Almeida la colección de láminas titulada “Nuevas Estampas de Viejas Iglesias de Madrid”.


Como siempre pasa con José María, no se limita a reproducir los materiales que recopila, sino que los interpreta, para hacer de cada lámina no un recuerdo fiel de lo perdido sino una recreación artística en la que el texto se suma al dibujo para ambientar el edificio dibujado y darle vida en nuestra imaginación. Sobra decir, para los que lo conocemos, que el texto es manuscrito, con esa caligrafía prodigiosa que, como él enseña, hay que poner “boca abajo” para comprobar que las letras se han escrito una por una y no son copiadas con un procesador de textos.

Son doce estampas, todas maravillosas. Me quedo con dos para el comentario. La primera El Buen Suceso. Resulta que es la parroquia que hay en la calle Princesa, enfrente de El Corte Inglés. Cuando estoy en Madrid, voy a misa muchos domingos, es mi parroquia. La construcción actual, moderna, sustituye a una anterior creo que neogótica. 



A su vez, esta sucedió al edificio barroco que nos presenta José María, que estaba en la puerta del sol, en la confluencia de Alcalá y Carrera de San Jerónimo. Debajo del anuncio de Tío Pepe, antes de que ni éste ni el edificio que lo sustenta existieran. Delante de la fachada, una fuente coronada por la Mariblanca, estatua que puede verse también ahora pero en el otro extremo de la puerta del sol, en el arranque de la calle Arenal, pero sin fuente.



También tengo predilección por la iglesia de San Felipe el Real. Situada en el otro extremo de la puerta del sol, en el arranque de la calle mayor, justo donde ahora está el McDonalds. Por cercanía, María, podría ser tu parroquia si todavía existiera. En este caso se trataba de un templo renacentista que formaba parte de un convento de agustinos calzados fundado hacia 1546. Veo sus gradas y me parece distinguir al capitán Alatriste, sobrero en mano, de charla con Quevedo. Está visto que tengo que reducir mi dosis de Pérez-Reverte.


Estas son solo dos de las doce obritas de arte que nos ha regalado (en este caso también literalmente) José María. Sería una buena idea encargar a algún compositor joven (aunque fuera pianista y viviera en Londres) unos pequeños caprichos musicales basados en estas láminas ¿no os parece?

Bueno, yo lanzo la idea al aire, a ver si alguien la recoge.
Javier