“Who can understand any kind of phenomenon,
if he is not thoroughly imbued with the
course of its development
down to the present time?”
(Goethe a Zelter, Weimar, 3 de junio de 1830)
“Metro de Madrid.
Vuela”, decía el anuncio publicitario cuando ya dejó de hacerlo, porque ahora
con esa excusa recurrente que es la crisis,
pasan cada vez con menos frecuencia. Día de diario. Primera hora de la mañana.
Me siento sin fijarme dónde, para variar, porque normalmente el libro que llevo
entre manos suele interesarme más que ciertas conversaciones que escucho y a
las que presto atención por ajenas, aunque a veces también me interesan las
conversaciones que se pueden llegar a mantener cuando no se tiene de qué
hablar. Hay algunas asombrosas.
Una pareja de
chicos jóvenes justo delante. Ella habla y habla sin parar y él ni la mira. Se
ve que le resulta más interesante la ventana que tiene justo enfrente en la que
se refleja su rostro cansado, de vuelta de todo de lo que en realidad no está
de vuelta. La chica recibe una llamada de teléfono, que atiende con unas formas
que me parecen inusuales para su edad: una oferta de trabajo como cajera de un
supermercado. Dos días, hora de entrada fija pero no de salida, para más
detalle. Responde que si puede pensarlo, que está pendiente de otra llamada y
que si es posible confirmarlo en ese mismo número de teléfono un poco más
adelante. Por su gesto, la respuesta es sí. Muy contenta, se lo cuenta, me lo cuenta, y él sigue observando el
reflejo de su yo en aquel cristal. Porque sin duda, su abstracción, su ausencia,
no se debía a estar intentando leer la poesía “Libre te quiero” de Agustín
García Calvo que hacía con nosotros el mismo trayecto, medio despegada ya de la
pared del vagón, como parte de la campaña de metro Ni un día sin poesía. De repente esa maravillosa voz en off que tienen algunos vehículos cuando
uno más prisa tiene, como era mi caso, reclama su presencia:
“… Este tren sólo
circula hasta Argüelles.”
Pues menuda mierda, ruge él, áspero,
sin levantar la voz; sin apenas moverse. Total, para qué. Y ella, mirándole,
cogiéndole la mano, le dice que no lo es. Que son solamente dos días y que
tendrá suficiente tiempo para buscar alguna cosa más mientras. “Lo que es una
mierda es que ahora hay que ir caminando hasta Moncloa”, concluye él.
Primero tuve que
girar la cabeza para reírme. Cuando lo pensé un poco más, a la sonrisa interior
que me quedaba, le iba haciendo compañía la amargura. Ya no es si la escuchaba
o no -claro que bastante tenía con mirarse en el cristal, descartada
definitivamente queda la opción del intento de leer la poesía-, si se alegraba
por ella o no y en qué medida o si las cosas importantes para ella lo eran para
él, y al revés, claro. A mí me da exactamente igual eso. Ellos sabrán. Nosotros
sabremos cómo son nuestros mecanismos de adhesión con las personas con las que
estamos y decidimos libremente compartir parte de nuestro tiempo. A veces tardamos
más en darnos cuenta de que no solamente tenemos que ser buenos sino parecerlo,
y a veces nos gustaría haber tardado menos en abrir los ojos. Aquí no existe la
opción de no darse cuenta nunca, porque al final, el tiempo pone las cosas en
su sitio en el momento justo. Lo aseguro. Recuerdo ahora aquellas palabras de
Anne Sophie Mutter, de una entrevista hace muchos años, en una revista que leí
en una biblioteca. Ella hablaba del peso
que uno puede soportar sobre sus hombros –no se refería exactamente al de su
violín-, y cuándo es el momento de parar.
Pero aquella
situación adolescente –y no tan adolescente, desgraciadamente-, me hizo pensar
hasta qué punto damos importancia a cosas que no la tienen. Hasta dónde podemos
llegar con nuestra indiferencia, fingida o no, a las cosas importantes; hasta
qué punto podemos pasar por encima de las cosas que nos pasan o,
sencillamente, dejar que nos pasen. Por encima incluso. En qué fundamentamos
nuestras prioridades. Hasta dónde podemos anteponer nuestro propio bienestar,
nuestra falsa comodidad, ésa que no autoerige,
que no compromete, que según viene se va y que luego no se recuerda. Repito:
total, para qué.
Es cierto que existen una serie de rasgos
psicológicos, espirituales y materiales que modelan nuestra identidad y
nuestros fines, y nos hacen distintos. Ahí está también la riqueza y el
enriquecimiento mutuos. Somos objeto y sujeto de los contextos, los que
elegimos y los que nos vienen dados. Debemos descubrir y construir el
camino, que parte de una plataforma que no hemos escogido pero que discurrirá
por los cauces que nos marquemos, puesto que, como afirmaba Ortega y Gasset, la vida nos ha sido dada, pero no nos ha sido dada hecha aunque
nos empeñemos en pensar que ciertos estándares sujetan el edificio y en realidad no hacen más que tambalearlo.
Nuestras acciones están influenciadas por
nuestro modo de vivir el espacio-tiempo, de conceptualizar los cambios y de
adaptarnos a ellos, por lo que también es una construcción teórica, y una
serie de actuaciones que asumimos como competentes. Clifford Geertz -profesor
de la Universidad de Harvard-,
refiriéndose a la sociedad aunque también abordaba el amplio concepto de
cultura, utilizaba el término trama de significados en función de la
cual los seres humanos interpretan su existencia y experiencia, conducen sus
acciones y establecen la red de relaciones, tratándolas como diferentes
abstracciones de los mismos fenómenos. Por su parte, Émile Durkheim estaba
interesado en las fuerzas morales que sostienen la sociedad y mostraba un gran
interés en hacer entender que el uso habitual de procedimientos materiales e
inmateriales dotados de estructura, estarían en grado de instaurar y configurar
estructuras mentales particulares y estimaciones duraderas, dando así origen a
un cierto grado de conformismo lógico y a un mínimo de conformismo
moral, a una adhesión al sentido del mundo de tipo tácito, inmediato y
anterior a cualquier reflexión, y que por eso mismo se sitúa en el principio de
la experiencia del mundo como mundo del sentido común.
Después de estas reflexiones y afirmaciones, no sé si me asusta más que no se escuche a quien nos
habla -al fin y al cabo, hacía ostensible su nulo interés-, o que, a día de hoy, caminar de
Argüelles a Moncloa sea una mierda. Creo que lo segundo.
Igual la respuesta
está en la formación, en la educación, en las formas y en el respeto en su acepción
más básica. En el desarrollo de un
criterio que actúe
como barrera y que sea capaz de sancionar comportamientos cumpliendo una
función de control, sustentándose en una base quizá moral, sin desequilibrios, sin
deformar ni llevar al extremo los principios -los nuestros y los ajenos como forma de defendernos de nosotros mismos, en el fondo-, y que despierte en lo más profundo
del corazón del ser humano una atracción hacia los valores. O al menos hacia
alguno.
Si vamos a cerrar
los ojos, mejor abrazados a quien nos entienda (Juan José Millás va todavía más allá cuando dice que sólo debemos hablar con personas que lo hagan). Mejor abrazados a quien realmente nos sepa ver
cuando el tren haya parado definitivamente sin llegar al final de su trayecto y haya que bajarse porque no lo va a hacer, porque... ya no hay opción.
Eso sí, cuidado: el tren, aunque lo haga vacío, sigue su camino.
Eso sí, cuidado: el tren, aunque lo haga vacío, sigue su camino.
Un abrazo más. A
los dos.
María


