miércoles, 5 de junio de 2013

Tarde de concierto

Martes, 20:30 horas. Llego al Auditorio de Cuenca con diez minutos de antelación sobre la hora del concierto, busco el localizador en mi iphone, recojo la entrada en taquilla y me dirijo a la entrada.

-        Sala 2. Al fondo.

El señor de la puerta me conoce y sabe que no necesito más explicaciones. La sala ya tiene ocupados los mejores lugares, desde donde se ve las manos del pianista, así que escojo uno de los más altos, desde donde puedo ver bien sus gestos.

Como he llegado pronto a Cuenca he podido visitar a mis padres en su casa de Palomera. Tras un invierno interminable de frío y lluvia, desde hace dos días luce fuerte el sol primaveral y el jardín está espléndido. Lo recuerdo mientras termina de llenarse la sala.

La sala 2 tiene forma de hemiciclo, con gradas empinadas frente a un paredón de madera. En el centro, no sabe la que le espera un piano de cola Steinway & sons. Como de la nada, por una de esas puertas camufladas que hay en el muro del paredón de enfrente, aparece el pianista.

Inmutable a pesar de los sonoros aplausos, se sienta en el piano y se prepara para tocar. La apariencia del pianista está entre la de caballero jedi y la de cantante de los Beatles. Sin querer me viene a la cabeza una idea: tiene que ir al peluquero.

El repertorio que nos tiene preparado es tremendo. Albéniz de aperitivo y Liszt de primero, segundo y postre. A mí, que nunca he sido demasiado aficionado al piano, dada mi predilección por la música antigua, me gusta de vez en cuando oír a algún pianista bueno tocando Beethoven, Brahms o Chopin. En el viaje he estado escuchando un concierto de Mozart, interpretado a la romántica por Vladimir Ashkenazy, para ir preparándome. Esto decididamente va a ser otra cosa. Los distintos números de Iberia se dejan oír fenomenal, pero Liszt se me suele atravesar u poco. A ver qué pasa.

Empieza el concierto y poco a poco voy entrando en la música. Primero, claro, hay que aguantar algún telefonito y por supuesto todo el tiempo crujidos y toses. Pero se nota que el pianista ha conseguido enganchar al público. La primera parte del concierto es música española o inspirada en España. Málaga, Jerez y Eritaña, de Albéniz, que parecen ciertamente difíciles de ejecutar, técnica y artísticamente, y la rapsodia española de Liszt, que no he oído nunca. Para mi sorpresa, la rapsodia no solo no me parece aburrida sino que me atrapa. Buena parte de la culpa la tiene que Liszt utiliza el tema de la Folía y lo desarrolla admirablemente. El resto de culpa la tiene el pianista, que lo borda.  

De la segunda parte del concierto ya no sé qué decir. Yo le doy un poco a la tecla, pero no puedo ni imaginar la complejidad de la sonata en si m que, entre otras cosas, no tiene ni siquiera descansos entre sus movimientos. Media hora de concentración total, interpretando una obra de la máxima dificultad, supongo que requiere una capacidad y una preparación que está al alcance de muy pocos. Me pregunto qué grado de control tiene el pianista sobre lo que hace en cada momento, hasta dónde llega la réplica mecánica -y creativa- de lo entrenado y a partir de dónde empieza la creatividad de cada representación, de qué margen dispone para expresar lo que siente en cada momento, de modo que no se desvirtúe el discurso preparado pero pueda ofrecer a cada público una pieza diferente, según el retorno que perciba el pianista.

El concierto es, claro, un exitazo. Aplaudimos a rabiar, dos bises también maravillosos y al coche, que hay que volver a dormir a Madrid. Me quedo con ganas de agradecer al pianista su interpretación.

Bueno, quizá en el próximo concierto.
Javier