sábado, 23 de febrero de 2013

“La soledad era esto”, de Juan José Millás (1990)



a Roberto,
en Madrid, la antesala del cielo...


“Me haces bien -pensé-, pero no se lo dije”
(Visto en RdL)


Mi profesor -no digo de qué porque lo ha sido y lo es de tantas cosas...-, Diego Fernández Magdaleno (Premio Nacional de Música, 2010) ha dicho recientemente que “... hay mucha gente que tiene su pasado encima y eso es muy peligroso; el pasado ha de estar detrás, pero nunca encima”. Justo eso es lo que le sucede a Elena Rincón, la protagonista de la novela La soledad era esto (1990) de Juan José Millás (Valencia, 1946), y pseudónimo bajo el cual concurrió al Premio Nadal con el título simulado Un infierno propio; que ganó. Porque según explicó después, la soledad es uno de los infiernos. 

La narración se construye sobre una serie de hechos que la afectan, de los cuales se desprenden una serie de indicativos o señales que solamente conducen a una única verdad: la soledad en el más puro sentido del término. Esta novela, fue definida por Manuel Vázquez Montalbán -en su presentación en Madrid el 13 de febrero de 1990-, como “un ejercicio estilístico en el mejor sentido de la palabra” porque admite diversas interpretaciones y consigue una estructura de mosaico. También admitió que en su novela se produce una tensión entre la narración-acción y la reflexión, exigiendo al lector una cierta apertura.

Y seguro que habrá libros que hayáis leído dos veces; quizá más. Tras una recomendación, lo encargué; y antes de que llegara, vino el préstamo: caído del cielo, dándome una “lección”. Y aquí estuvo entre mis libros, como uno más, en esa “generosa biblioteca en riguroso desmadre”, -como leí una vez y no pude no dejar escapar una sonrisa-. 





Una vez terminado lo compré y lo volví a leer. Y luego otra vez, y otra más. En cada una de ellas aparecía un nuevo detalle...



La soledad era esto es una novela que conmueve, que remueve, que se instala con vehemencia tanto en la mente como el espíritu valiéndose únicamente de la palabra, que invita a replantearnos nuestra conducta con respecto a los seres más cercanos, a repensarnos en nuestras escenas cotidianas precisamente por ese poder de las exploraciones de Millás, que pueden alcanzar una complejidad extraordinaria sin recurrir a la grandilocuencia ni a las escenas premeditadamente intensas. 

En su artículo “Lógica y solipsismo en la obra de Juan José Millás (En torno a la Trilogía de la soledad)”, Miguel Catalán (1997) afirma que de ser cierta la suposición que sitúa el origen de la estrategia irónica en la necesidad de practicar una sutura moral, se confirmaría aquel definitivo pensamiento de Nikolái Gógol -autor, por cierto, del cuento La nariz (1836), sobre el cual Dimitri Shostakovich escribió su ópera satírica homónima-, que nos puede ayudar, a su vez, a situar el sentido ocultamente sentimental de la escritura de Millás tal como él mismo afirma: “... si se observa atentamente y durante mucho tiempo una historia graciosa, ésta se vuelve cada vez más triste.”  



En 2001 fue llevada a la pantalla por el realizador argentino Sergio Renán; pero la crítica obtenida se mostraba -en su mayor parte y salvo por el reparto-, reacia a la adaptación, calificándola de aburrida e insuficiente en el tratamiento emocional de los personajes, fundamental en la obra de Millás. En su producción siempre se pueden encontrar las claves de un mundo que ha sabido hacer propio: "los problemas de encontrar un punto medio entre la soledad y los otros, el juego trágico entre el exterior y el interior, la extrañeza -lo injusto-, que se oculta en lo cotidiano, [...]." Como señalaba anteriormente, se puede decir que una preocupación típica de la obra de este autor es la de encontrar un equilibrio entre la acción y la reflexión y, que La soledad era esto supone otro paso adelante en el refinamiento de la dialéctica entre los acentos reflexivos y los narrativos, la acción y la reflexión, que ya inició en Visión del ahogado (1977), porque ese tipo de búsqueda que utiliza canales periféricos tiene mucho que ver con la necesidad de reinterpretar lo que nos rodea.



Investigando un poquito, se pueden encontrar otros textos son los que se ha intentado establecer alguna aproximación, vínculo o analogía. He encontrado citados Lo prohibido, de Benito Pérez Galdós (1884/5), en los que las dolencias son metáforas sociales o existenciales, también con alusiones a las enfermedades como símbolo de enfrentamiento entre las clases sociales de finales del siglo XIX con el nuevo orden político y económico, el capitalismo, las apariencias... Otro ejemplo, distinto por la actitud de los personajes pero similar al de Millás porque también está lleno de símbolos, pueda ser La muerte de Iván Ilich, de Lev Tolstoi (1886), y de quien hace un tiempo leí La felicidad conyugal (1858), un texto sobre la generosidad y la ternura que subyacen en toda unión profunda y que desde aquí recomiendo. Y añado el cuento Bola de sebo de Guy Maupassant (1880), y La Tregua, de Mario Benedetti (1959). No sé si todos ellos admitirían comparaciones claras y desde luego mucho menos exactas, ni entre sí ni con el libro que ocupa esta entrada, pero justo ahora pensaba en otro: En ausencia de Blanca, de Antonio Muñoz Molina (2007), que quizá sí acepte una línea similar. Por cierto, su mujer, Elvira Lindo, escribió hace años un artículo en El País también con el título de la novela de Millás. Y muy gracioso, dicho sea de paso.  



Y ni qué decir tiene que es igual de interesante acceder a los ensayos y escritos que se han dedicado a este libro -además de entradas en otros blogs-. El sujeto escriptivo -representado en los personajes como tentativa de proponer una ruptura, una transformación e incluso una contradicción-, el sueño mimético y la antípoda, que Millás presenta, quizá, como el subconsciente, como un sujeto escindido, poliforme, multidimensional.




“La soledad era esto”, así, tal cual, es una cita de La Metamorfosis de Franz Kafka (1915), analogía -aunque en sentido inverso-, por la transformación que experimentará la protagonista tras haber tocado fondo, y libro que también menciona Millás en el argumento. Un argumento a veces angustioso, con partes que realmente hacen saltar las lágrimas, una historia teñida de vaga melancolía que empuja al lector a ahondar en el sentir humano sin percatarse de la profundidad a la que accede. Y acrecenta un sentimiento de compasión hacia los personajes, por su desarraigo, por su falta de buenos referentes. A este respecto, siempre pienso en las palabras de Constantino Bértolo, quien en su artículo titulado “La realidad y el desnudo”, publicado en El País el 18 de febrero de 1990, decía que “Se trata de abandonar unas señas de identidad impuestas [...], y de descubrir que la clave no reside tanto en la imagen que el espejo devuelve como en la elección del espejo”.


Esta novela, insisto, de significado más profundo del que aparenta -como escribieron Coward and Ellis (1977) en Language and Materialism: Developments in Semiology and The Theory of the Subject: "Man speaks, but it is only that the symbol has made him man." (Coward and Ellis 1977, 98)-, provoca una extraña sensación de desolación y se presenta como un retrato del hastío, la desidia y, sobre todo, de la incomunicación. De la carencia de buenas relaciones humanas, dominadas por la apatía y la monotonía. ¡Ah!, y la apariencia.

Dibujado con frases que encierran tintes de poesía urbana, puede ser también el ejemplo del fracaso que se encuentra oculto al otro lado del éxito más frágil y engañoso y de cómo los sueños y la posibilidad de realizar deseos están íntimamente ligados (maravilloso, el de la moneda...). Sin recursos narrativos enrevesados, es un relato capaz de transmitir sensaciones. Se trata de una historia pequeña que se hace inmensa; y el tiempo le dota de más valor, de resignificación; como sucede cuando uno se encuentra ante una situación tan atípica y anormal que no reacciona hasta pasado un tiempo. Supongo que en el fondo hay que estar agradecidos por eso, ¿no?; si se piensa desde el punto de vista que indica que el no saber reaccionar en ese momento responde a que está tan fuera de nuestro conocimiento, de nuestro entorno, de lo que forma parte de nuestra vida, que no somos capaces de gestionarlo en ese momento... Y porque, bueno, tampoco lo queremos cerca. Como una vez leí por ahí: “Que no exista una buena razón para quedarse, es una buena razón para marcharse.”. A veces hay que cambiar algo si se pretende que ese algo tenga algún sentido.

Si tengo que ponerle pocas palabras a esta historia, lo tengo claro: Pérdida de la identidad-Oscuridad. Luz. Y comenzaré por el final, precisamente por ser lo que yo tengo en mi vida: la luz. En la suya comienza al encontrar el diario de su madre recientemente fallecida -“... la madurez elimina los matices y la muerte acaba por suprimir las diferencias. [...]” (Millás, 1990: 42)-, mujer lejana y fuerte, como último vínculo con ella, con su yo fragmentado, agónico, dubitante, en permanente situación límite -faceta suya que no conocía, seguramente como tantas otras-. 
La butaca, el reloj, símbolos de espera y paso del tiempo... 

El descubrimiento del diario la reconcilia con ella misma, la identifica, tras una vida plagada de adicciones, de complejos, de incapacidades y de carencias que la aislaban de sus propias creencias y le impedían ver el camino. “La colocan fuera del mundo, donde el grito no suena  [...]” (Millás, 1990: 146), para comunicarse, para empatizar con su hija, un matrimonio resquebrajado, roto, con Enrique, un ex-militante de izquierdas -porque se trata de dos personas entre las que “No hay nada que pueda identificar[las] con un territorio de afectos común, de quienes confunden el territorio con la representación del territorio (mapa)...” (Millás, 1990: 115)-, un hombre marcado por una vida de absoluta ambición, convertida en material de consumo: las mujeres, el alcohol, las drogas y los viajes; muy a la manera del protagonista de La náusea, de Jean-Paul Sartre (1931). No tienen desperdicio las reflexiones que nacen del hecho de ponerse la ropa de él, como una forma de tratar de sentir cerca a quien está bien lejos aunque duerma a un palmo escaso de ella y que no la piensa ni un segundo de su infame existencia. 


La lectura del diario, desordenada, fragmentada -como su vida...-, resulta reveladora y liberadora ya que también la lleva a una identificación, una coincidencia de estados, un autoanálisis. Y ese autoanálisis no deja de pasar por la mirada ajena, de otro -del detective que contrata para certificar la infidelidad de su marido y al que termina por pedir que sea a ella a quien siga y emita los informes bajo un punto de vista subjetivo, alguien que la interprete y la sepa “ver”-. Una persona a quien ni siquiera conoce y en quien está depositando su confianza para saber y convencerse de su propia existencia. Curioso, ¿no?. Los análisis del detective la hacen sentirse agradablemente observada, atendida, cuidada (!), certifican su existencia al ser cada vez más subjetivos; necesita de la mirada de otro, ajeno, repito, para saber y convencerse de su existencia. En el fondo no es más que una necesidad de acercamiento, de opinión, de afecto. Humanidad, en definitiva, ese orden necesario sobre el cual construir una armonía, un cierto equilibrio.

La sutileza con la que llega al final, la evolución mental de la protagonista, su superación y la consecución de su verdadera libertad, que consiste realmente en desprenderse de todo aquello que merma, que arrastra, que impide ser uno mismo, puede ser lo mejor del libro, no la historia en sí (que no contaré por si lo leéis).



En definitiva, Millás es un escritor que mira con intensidad las cosas al margen de su función. En su producción siempre se pueden encontrar las claves de un mundo que ha sabido hacer propio;  según sus palabras: "[...] los problemas de encontrar un punto medio entre la soledad y los otros, el juego trágico entre el exterior y el interior, la extrañeza -lo injusto-, que se oculta en lo cotidiano, [...]." Tomando sus palabras al pie de la letra cuando hace referencia a uno de los personajes de su novela El desorden de tu nombre (1988) que dice en un momento determinado que “uno tiene que escribir -y, en ese caso, ése sería el objetivo de la literatura-, sobre lo que no sabe, justamente, porque escribir de lo que uno sabe no tiene ningún interés”, será por eso que he intentado dibujar y perfilar unos pensamientos aquí, no sobre la soledad;  que no sé lo que es, sino sobre las reflexiones a las que invita la lectura de La soledad era esto, porque tampoco sé si son las acertadas. Aunque no sé si lo que en realidad no sé es escribir; también utilizando sus palabras, según las cuales la literatura sería “una batalla silenciosa en la que uno ha de ganar, o de perder, palmo a palmo, un territorio que no es suyo con armas que no le pertenecen”. En fin, que estoy muy contenta, porque cumplo el requisito de no saber nada y porque me muevo en un territorio que no es el mío.

Y termino; que esta vez me he pasado. Pero no lo haré yo, sino la voz de Mario Benedetti recitando su poema Soledades, porque...

“[...]
hay diez centímetros de silencio
entre tus manos y mis manos
una frontera de palabras no dichas
entre tus labios y mis labios
y algo que brilla así de triste
entre tus ojos y mis ojos
[...]”




Javier, Mario; nuevamente, un placer.

María




2 comentarios:

  1. Gracias María. Además de despertar el deseo de comenzar la lectura, a partir de este sutil aperitivo trazas toda una red de conexiones que merece la pena por si misma.
    ¡Enhorabuena!

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