sábado, 23 de febrero de 2013

“La soledad era esto”, de Juan José Millás (1990)



a Roberto,
en Madrid, la antesala del cielo...


“Me haces bien -pensé-, pero no se lo dije”
(Visto en RdL)


Mi profesor -no digo de qué porque lo ha sido y lo es de tantas cosas...-, Diego Fernández Magdaleno (Premio Nacional de Música, 2010) ha dicho recientemente que “... hay mucha gente que tiene su pasado encima y eso es muy peligroso; el pasado ha de estar detrás, pero nunca encima”. Justo eso es lo que le sucede a Elena Rincón, la protagonista de la novela La soledad era esto (1990) de Juan José Millás (Valencia, 1946), y pseudónimo bajo el cual concurrió al Premio Nadal con el título simulado Un infierno propio; que ganó. Porque según explicó después, la soledad es uno de los infiernos. 

La narración se construye sobre una serie de hechos que la afectan, de los cuales se desprenden una serie de indicativos o señales que solamente conducen a una única verdad: la soledad en el más puro sentido del término. Esta novela, fue definida por Manuel Vázquez Montalbán -en su presentación en Madrid el 13 de febrero de 1990-, como “un ejercicio estilístico en el mejor sentido de la palabra” porque admite diversas interpretaciones y consigue una estructura de mosaico. También admitió que en su novela se produce una tensión entre la narración-acción y la reflexión, exigiendo al lector una cierta apertura.

Y seguro que habrá libros que hayáis leído dos veces; quizá más. Tras una recomendación, lo encargué; y antes de que llegara, vino el préstamo: caído del cielo, dándome una “lección”. Y aquí estuvo entre mis libros, como uno más, en esa “generosa biblioteca en riguroso desmadre”, -como leí una vez y no pude no dejar escapar una sonrisa-. 





Una vez terminado lo compré y lo volví a leer. Y luego otra vez, y otra más. En cada una de ellas aparecía un nuevo detalle...



La soledad era esto es una novela que conmueve, que remueve, que se instala con vehemencia tanto en la mente como el espíritu valiéndose únicamente de la palabra, que invita a replantearnos nuestra conducta con respecto a los seres más cercanos, a repensarnos en nuestras escenas cotidianas precisamente por ese poder de las exploraciones de Millás, que pueden alcanzar una complejidad extraordinaria sin recurrir a la grandilocuencia ni a las escenas premeditadamente intensas. 

En su artículo “Lógica y solipsismo en la obra de Juan José Millás (En torno a la Trilogía de la soledad)”, Miguel Catalán (1997) afirma que de ser cierta la suposición que sitúa el origen de la estrategia irónica en la necesidad de practicar una sutura moral, se confirmaría aquel definitivo pensamiento de Nikolái Gógol -autor, por cierto, del cuento La nariz (1836), sobre el cual Dimitri Shostakovich escribió su ópera satírica homónima-, que nos puede ayudar, a su vez, a situar el sentido ocultamente sentimental de la escritura de Millás tal como él mismo afirma: “... si se observa atentamente y durante mucho tiempo una historia graciosa, ésta se vuelve cada vez más triste.”  



En 2001 fue llevada a la pantalla por el realizador argentino Sergio Renán; pero la crítica obtenida se mostraba -en su mayor parte y salvo por el reparto-, reacia a la adaptación, calificándola de aburrida e insuficiente en el tratamiento emocional de los personajes, fundamental en la obra de Millás. En su producción siempre se pueden encontrar las claves de un mundo que ha sabido hacer propio: "los problemas de encontrar un punto medio entre la soledad y los otros, el juego trágico entre el exterior y el interior, la extrañeza -lo injusto-, que se oculta en lo cotidiano, [...]." Como señalaba anteriormente, se puede decir que una preocupación típica de la obra de este autor es la de encontrar un equilibrio entre la acción y la reflexión y, que La soledad era esto supone otro paso adelante en el refinamiento de la dialéctica entre los acentos reflexivos y los narrativos, la acción y la reflexión, que ya inició en Visión del ahogado (1977), porque ese tipo de búsqueda que utiliza canales periféricos tiene mucho que ver con la necesidad de reinterpretar lo que nos rodea.



Investigando un poquito, se pueden encontrar otros textos son los que se ha intentado establecer alguna aproximación, vínculo o analogía. He encontrado citados Lo prohibido, de Benito Pérez Galdós (1884/5), en los que las dolencias son metáforas sociales o existenciales, también con alusiones a las enfermedades como símbolo de enfrentamiento entre las clases sociales de finales del siglo XIX con el nuevo orden político y económico, el capitalismo, las apariencias... Otro ejemplo, distinto por la actitud de los personajes pero similar al de Millás porque también está lleno de símbolos, pueda ser La muerte de Iván Ilich, de Lev Tolstoi (1886), y de quien hace un tiempo leí La felicidad conyugal (1858), un texto sobre la generosidad y la ternura que subyacen en toda unión profunda y que desde aquí recomiendo. Y añado el cuento Bola de sebo de Guy Maupassant (1880), y La Tregua, de Mario Benedetti (1959). No sé si todos ellos admitirían comparaciones claras y desde luego mucho menos exactas, ni entre sí ni con el libro que ocupa esta entrada, pero justo ahora pensaba en otro: En ausencia de Blanca, de Antonio Muñoz Molina (2007), que quizá sí acepte una línea similar. Por cierto, su mujer, Elvira Lindo, escribió hace años un artículo en El País también con el título de la novela de Millás. Y muy gracioso, dicho sea de paso.  



Y ni qué decir tiene que es igual de interesante acceder a los ensayos y escritos que se han dedicado a este libro -además de entradas en otros blogs-. El sujeto escriptivo -representado en los personajes como tentativa de proponer una ruptura, una transformación e incluso una contradicción-, el sueño mimético y la antípoda, que Millás presenta, quizá, como el subconsciente, como un sujeto escindido, poliforme, multidimensional.




“La soledad era esto”, así, tal cual, es una cita de La Metamorfosis de Franz Kafka (1915), analogía -aunque en sentido inverso-, por la transformación que experimentará la protagonista tras haber tocado fondo, y libro que también menciona Millás en el argumento. Un argumento a veces angustioso, con partes que realmente hacen saltar las lágrimas, una historia teñida de vaga melancolía que empuja al lector a ahondar en el sentir humano sin percatarse de la profundidad a la que accede. Y acrecenta un sentimiento de compasión hacia los personajes, por su desarraigo, por su falta de buenos referentes. A este respecto, siempre pienso en las palabras de Constantino Bértolo, quien en su artículo titulado “La realidad y el desnudo”, publicado en El País el 18 de febrero de 1990, decía que “Se trata de abandonar unas señas de identidad impuestas [...], y de descubrir que la clave no reside tanto en la imagen que el espejo devuelve como en la elección del espejo”.


Esta novela, insisto, de significado más profundo del que aparenta -como escribieron Coward and Ellis (1977) en Language and Materialism: Developments in Semiology and The Theory of the Subject: "Man speaks, but it is only that the symbol has made him man." (Coward and Ellis 1977, 98)-, provoca una extraña sensación de desolación y se presenta como un retrato del hastío, la desidia y, sobre todo, de la incomunicación. De la carencia de buenas relaciones humanas, dominadas por la apatía y la monotonía. ¡Ah!, y la apariencia.

Dibujado con frases que encierran tintes de poesía urbana, puede ser también el ejemplo del fracaso que se encuentra oculto al otro lado del éxito más frágil y engañoso y de cómo los sueños y la posibilidad de realizar deseos están íntimamente ligados (maravilloso, el de la moneda...). Sin recursos narrativos enrevesados, es un relato capaz de transmitir sensaciones. Se trata de una historia pequeña que se hace inmensa; y el tiempo le dota de más valor, de resignificación; como sucede cuando uno se encuentra ante una situación tan atípica y anormal que no reacciona hasta pasado un tiempo. Supongo que en el fondo hay que estar agradecidos por eso, ¿no?; si se piensa desde el punto de vista que indica que el no saber reaccionar en ese momento responde a que está tan fuera de nuestro conocimiento, de nuestro entorno, de lo que forma parte de nuestra vida, que no somos capaces de gestionarlo en ese momento... Y porque, bueno, tampoco lo queremos cerca. Como una vez leí por ahí: “Que no exista una buena razón para quedarse, es una buena razón para marcharse.”. A veces hay que cambiar algo si se pretende que ese algo tenga algún sentido.

Si tengo que ponerle pocas palabras a esta historia, lo tengo claro: Pérdida de la identidad-Oscuridad. Luz. Y comenzaré por el final, precisamente por ser lo que yo tengo en mi vida: la luz. En la suya comienza al encontrar el diario de su madre recientemente fallecida -“... la madurez elimina los matices y la muerte acaba por suprimir las diferencias. [...]” (Millás, 1990: 42)-, mujer lejana y fuerte, como último vínculo con ella, con su yo fragmentado, agónico, dubitante, en permanente situación límite -faceta suya que no conocía, seguramente como tantas otras-. 
La butaca, el reloj, símbolos de espera y paso del tiempo... 

El descubrimiento del diario la reconcilia con ella misma, la identifica, tras una vida plagada de adicciones, de complejos, de incapacidades y de carencias que la aislaban de sus propias creencias y le impedían ver el camino. “La colocan fuera del mundo, donde el grito no suena  [...]” (Millás, 1990: 146), para comunicarse, para empatizar con su hija, un matrimonio resquebrajado, roto, con Enrique, un ex-militante de izquierdas -porque se trata de dos personas entre las que “No hay nada que pueda identificar[las] con un territorio de afectos común, de quienes confunden el territorio con la representación del territorio (mapa)...” (Millás, 1990: 115)-, un hombre marcado por una vida de absoluta ambición, convertida en material de consumo: las mujeres, el alcohol, las drogas y los viajes; muy a la manera del protagonista de La náusea, de Jean-Paul Sartre (1931). No tienen desperdicio las reflexiones que nacen del hecho de ponerse la ropa de él, como una forma de tratar de sentir cerca a quien está bien lejos aunque duerma a un palmo escaso de ella y que no la piensa ni un segundo de su infame existencia. 


La lectura del diario, desordenada, fragmentada -como su vida...-, resulta reveladora y liberadora ya que también la lleva a una identificación, una coincidencia de estados, un autoanálisis. Y ese autoanálisis no deja de pasar por la mirada ajena, de otro -del detective que contrata para certificar la infidelidad de su marido y al que termina por pedir que sea a ella a quien siga y emita los informes bajo un punto de vista subjetivo, alguien que la interprete y la sepa “ver”-. Una persona a quien ni siquiera conoce y en quien está depositando su confianza para saber y convencerse de su propia existencia. Curioso, ¿no?. Los análisis del detective la hacen sentirse agradablemente observada, atendida, cuidada (!), certifican su existencia al ser cada vez más subjetivos; necesita de la mirada de otro, ajeno, repito, para saber y convencerse de su existencia. En el fondo no es más que una necesidad de acercamiento, de opinión, de afecto. Humanidad, en definitiva, ese orden necesario sobre el cual construir una armonía, un cierto equilibrio.

La sutileza con la que llega al final, la evolución mental de la protagonista, su superación y la consecución de su verdadera libertad, que consiste realmente en desprenderse de todo aquello que merma, que arrastra, que impide ser uno mismo, puede ser lo mejor del libro, no la historia en sí (que no contaré por si lo leéis).



En definitiva, Millás es un escritor que mira con intensidad las cosas al margen de su función. En su producción siempre se pueden encontrar las claves de un mundo que ha sabido hacer propio;  según sus palabras: "[...] los problemas de encontrar un punto medio entre la soledad y los otros, el juego trágico entre el exterior y el interior, la extrañeza -lo injusto-, que se oculta en lo cotidiano, [...]." Tomando sus palabras al pie de la letra cuando hace referencia a uno de los personajes de su novela El desorden de tu nombre (1988) que dice en un momento determinado que “uno tiene que escribir -y, en ese caso, ése sería el objetivo de la literatura-, sobre lo que no sabe, justamente, porque escribir de lo que uno sabe no tiene ningún interés”, será por eso que he intentado dibujar y perfilar unos pensamientos aquí, no sobre la soledad;  que no sé lo que es, sino sobre las reflexiones a las que invita la lectura de La soledad era esto, porque tampoco sé si son las acertadas. Aunque no sé si lo que en realidad no sé es escribir; también utilizando sus palabras, según las cuales la literatura sería “una batalla silenciosa en la que uno ha de ganar, o de perder, palmo a palmo, un territorio que no es suyo con armas que no le pertenecen”. En fin, que estoy muy contenta, porque cumplo el requisito de no saber nada y porque me muevo en un territorio que no es el mío.

Y termino; que esta vez me he pasado. Pero no lo haré yo, sino la voz de Mario Benedetti recitando su poema Soledades, porque...

“[...]
hay diez centímetros de silencio
entre tus manos y mis manos
una frontera de palabras no dichas
entre tus labios y mis labios
y algo que brilla así de triste
entre tus ojos y mis ojos
[...]”




Javier, Mario; nuevamente, un placer.

María




martes, 12 de febrero de 2013

Lincoln y Hitchcock


Últimamente nos ha dado a Piedad y a mí por ir al cine, actitud que está entre lo masoca y lo suicida, teniendo en cuenta los precios de las entradas. Hemos visto cuatro películas. De El Hobbit de momento no diré nada, sé que no es de vuestra cuerda, y como va a haber otras dos tandas, tendré ocasión de comentarla más adelante. Lincoln y Hitchcock pertenecen al género de las biografías, y en cierto sentido se parecen mucho, pues relatan una pequeña parte de la vida de los personajes, empeñados en sacar adelante sendos proyectos, contra viento y marea. La cuarta película es Los miserables, un musical que supongo que será bastante bueno para los que les guste ese tipo de cosas, pero que a mí me aburrió soberanamente. Cuando tenga ganas haré una entrada en conjunto con El rey león, que vi en el teatro Lope de Vega de Madrid en diciembre, y que tampoco me gustó nada.  Pero hoy toca hablar de películas que sí me han gustado.


Abraham Lincoln es uno de esos personajes a los que admiro. Sabéis que antes que el Che Guevara o la Pasionaria, yo tiro más por personajes como Churchill o Thatcher. O Lincoln.
La película se centra en el intento de aprobación de la enmienda nº 13 de la constitución de los USA. Poca épica aprobar un papelito, a primera vista. La realidad es que tras esta enmienda estaba la abolición de la esclavitud en el puñado de estados que todavía no la habían abolido. La cuestión de la esclavitud, que hoy nos parece tan clara, también lo estaba entonces, pero menos. Y a la negativa a la abolición por cuestiones ideológicas se unía la oposición por razones prácticas, como que de repente aparecieran cuatro millones y medio de negros buscando trabajo y se lo quitaran a los blancos. Por eso no era fácil. Lincoln aprovecha su enorme popularidad para forzar una votación en el congreso, tras la aprobación que ya había obtenido en el senado. Pero en el congreso no tiene la mayoría reforzada suficiente y se ve obligado a tomar decisiones.
Este es el eje, en mi opinión, de la película. Principalmente tres decisiones muy difíciles. La primera, es necesario alargar la guerra, si se quiere aprobar la enmienda. La segunda, es necesario comprar los votos de algunos congresistas, ofreciéndoles sobornos. La tercera, es necesario mentir al parlamento sobre estos asuntos e incluso negar en público y solemnemente la igualdad entre las razas, para no asustar a los indecisos.
Ya sabéis cómo acaba. Los buenos ganan por un voto. Rozando el larguero, pero por dentro. Gol. En fin, id a verla y luego me contáis si os ha gustado tanto como a mí.
Para cada película me gusta elegir una escena, para retenerla en la memoria. En esta me quedo con una protagonizada por un actor secundario, líder de la facción radical del partido republicano. El principal activista pro igualdad entre razas. Toda su vida peleando por la supresión de la esclavitud y al final lo consigue. Por fin ahí lo tiene. Se acerca renqueante al secretario del congreso y le arranca de la mano el acta de la votación. Ya te la traigo mañana, le dice. Y se la lleva a casa. Genial.


La otra película se titula Hitchcock. Sólo el apellido. Bien, porque la película es tanto sobre Alfred (Anthony Hopkins) como sobre Alma, su mujer, que interpreta maravillosamente Hellen Mirren. De igual manera que Lincoln se empeña con la decimotercera enmienda, a Hitchcock, tras el clamoroso éxito de Con la muerte en los talones, le da por apostarlo todo al rodaje de Psicosis. Se sabe cómo acaba. Éxito clamoroso. Pero mientras que en Lincoln el argumento se centra en los tejemanejes del poder, aquí lo que vemos es una crisis de la pareja protagonista, provocada por el interés que muestra el director de cine por sus protagonistas y por el conato de devaneo de Alma con un escritor con el que colabora para preparar un guion.
Me voy a quedar esta vez con dos escenas, que en cierto modo guardan relación. Una es de Hitchcok y su protagonista, ya al final del rodaje. Ella se despide dándole un beso cariñoso en la mejilla, metáfora de redención. Fantástica Scarlett Johansson, por cierto. La segunda es del segundo montaje de Psicosis, tras el desastre inicial, Alma se une al equipo de montaje para mejorar la cinta. Puede verse la complicidad del veterano matrimonio, recobrada tras las dificultades. Se ve que hacen un gran equipo. Y que se quieren, vaya.

Bueno, estas son mis recomendaciones. Hacedme caso. Id a verlas.
Javier

Lincoln
AÑO
2012
DURACIÓN
149 min.
PAÍS
Estados unidos
DIRECTOR
GUIÓN
Tony Kushner (Libro: Doris Kearns Goodwin)
MÚSICA
John Williams
FOTOGRAFÍA
Janusz Kaminski
REPARTO

Hitchcock (Alfred Hitchcock and the Making of 'Psycho')

AÑO
2012
DURACIÓN
98 min.
PAÍS
Estados unidos
DIRECTOR
GUIÓN
John J. McLaughlin, Stephen Rebello (Libro: Stephen Rebello)
MÚSICA
Danny Elfman
FOTOGRAFÍA
Jeff Cronenweth
REPARTO


sábado, 2 de febrero de 2013

CHOCOLAT, (2000)


Comenzamos un dulce mes de febrero. Pero por un único motivo: el título de esta película. Supongo que Javier en algún momento esperaba que escribiera algo sobre los beneficios y... beneficios, sí, del chocolate; qué mejor manera de hacerlo que a través de esta entrada, precisamente por su significado.

Hace unos meses vi esta película: Chocolat; en el fondo una fábula sobre cómo pueden cambiar las personas, sus relaciones y su entorno tan sólo con probar -por utilizar una terminología más gastronómica-, un poquito, los placeres de la vida. Un cuento sobre la tentación, la represión y los liberadores poderes de los sentidos, y que utiliza la magia del chocolate para denunciar la hipócrita moralidad impuesta por el personaje del alcalde, un fundamentalista reconcentrado -que piensa que no es buena idea inaugurar una chocolatería en Cuaresma-, en la localidad conservadora en la que se desarrolla la trama. 
Aunque se rodó parte en Inglaterra, la historia tiene lugar en el imaginario Lansquenet, un pequeño pueblo medieval típico de cuento de hadas de la campiña francesa que David Gropman (Diseño de Producción), encontró en Flavigny, en la región de Borgoña y muy cercano a Dijon; donde se cuenta que los monjes estuvieron en desacuerdo con la idea de que la película priorizase la búsqueda del placer mundano y no la del divino. 

Aunque contó con varias nominaciones a los Oscar, Globos de Oro y Premios Bafta, entre otros, no he leído críticas especialmente buenas sobre ella, pero el hecho de que estén asentadas siempre en opiniones personales, para mí, dejan de tener un valor completo porque siempre están escritas según el filtro de la mirada de quien la firma, desde un punto de vista subjetivo que, en mi opinión, no es válido para este género literario que implica un análisis que no siempre existe. 

Aunque se puede decir que se trata de una película con un final más que predecible, creo que merece la pena por la ambientación, la estética general, los paisajes, la fotografía... y las escenas de la fabricación del chocolate.

Parece que uno de los mayores aciertos haya sido narrar la historia en los años 50, ya que para dar ese ambiente característico al imaginario Lansquenet, el ya citado Gropman y el director de la cinta, Lasse Halleström se basaron en una gran cantidad de fotografías que Robert Doisneau había realizado en esos años sobre la vida cotidiana de la Francia de esta época. Encontré esta fotografía, que pertenece a su serie de catorce fotografías titulada La vitrine de Romi (1948) -y que Doisneau realizó escondido para captar las reacciones ante la exposición de un cuadro de una mujer en el escaparate de la Galerie Romi en la Rue de Seine en París; os invito a echar un vistazo al resto de la serie :) -, que creo que refleja exactamente el espíritu imperante en el pueblo:


Robert Doisneau (1948)




"Para mí, Chocolat -novela homónima de Joanne Harris y sobre la que se adaptó el guión para esta película-, es una fábula muy divertida acerca de la tentación y la importancia de no privarse uno mismo de las cosas buenas de la vida", -afirmaba en una entrevista Hallström-, “[...], trata del constante conflicto en la vida entre tradición y cambio. Y en su más profunda esencia, nos habla de la intolerancia y de las consecuencias de no permitir a otras personas vivir sus propias existencias y creencias”; lo que puede llevar a acabar interpretando el sentido moral de la historia como una llamada a la tolerancia, a la comprensión de las debilidades humanas. 
Gustave Flaubert afirma en sus Cartas a Louise Colet (1846-1855), que mientras escribía Madame Bovary, estaba seguro de hacer una novela de “ideas”, no de acciones. Esto ha llevado a algunos, tomando sus palabras al pie de la letra, a considerar que Madame Bovary es una novela donde no ocurre nada, salvo lenguaje. Salvando las distancias y sin que proceda una comparación por razones obvias, podríamos quedarnos con un poquito de esta pincelada para Chocolat. Esta historia nos enseña y nos acerca a los valores del optimismo y de la alegría, y pone de manifiesto -bajo un inteligentísimo acento cómico con la sensibilidad y el dramatismo necesarios y justos-, lo absurdo de la autoflagelación.

Los personajes, presentados como alegorías, son seres intrínseca y absolutamente infelices por no saber encontrar un equilibrio conciliador justo en sus creencias, y la amargura imperante en su estilo y en su forma de vida los convierte en detractores absolutos de la sensualidad y de las pasiones. Así, la repentina irrupción de la misteriosa protagonista (Vianne Rocher), en el día a día de este hermético y reprimido pueblo, lo desestabiliza. 

Aunque más bien yo creo que lo realmente inestable es justo lo que está reprimido, dormido, y a lo que no se le deja despertar, ir. La utilización del chocolate que vende Vianne como metáfora de los poderes liberadores del placer y la vitalidad, el entusiasmo, la alegría y los pequeños sueños y alivios que cobran sentido en la transformación de las vidas de los habitantes, es perfecto precisamente por su propia historia: los orígenes mayas del chocolate lo entienden como “alimento de los dioses”, y el Códice Florentino -una de las principales fuentes históricas que describen la vida azteca y escrito en su lengua-, denomina al chocolate como la “bebida de los nobles” e indica que debe prepararse con sumo cuidado debido a su naturaleza poderosa. Ya en Europa, aunque Colón regresó con las primeras bayas de cacao, parece ser que nadie supo qué hacer con ellas, por lo que se olvidaron en favor de otros bienes comerciales y se pudo probar por primera vez cuando el Emperador Moctezuma recibió al explorador Hernán Cortés y su ejército con un espumoso y caliente chocolate líquido. En el siglo XVIII, en Inglaterra, Charles II intentó prohibir las chocolaterías por considerarlas “semilleros de sedición” y en Francia, las autoridades les pusieron veto por considerarlo una “droga peligrosa”. 

En definitiva y volviendo a la historia, el espíritu libre de esta mujer va a poner en jaque -de una forma maravillosamente lírica y poética-, la ley moral establecida por el fanatismo religioso y por unas leyes morales imperantes en una población dominada por todo tipo de contradicciones e impulsos tremendamente primitivos y crudos.

Y es de esta forma como va a revolver y a agitar las bases de lo que ellos entienden como serena tradición, con el consecuente rechazo a lo nuevo y a lo desconocido por el peor de todos los males: la ignorancia y el miedo al cambio. 

Cuántas veces pasa eso hoy, ¿eh?... Cuánta miseria...


Incluso el personaje más tirano, despierta ternura, te hace más humano; quizá sea porque en el fondo lo que uno siente es lástima. Volviendo Madame Bovary, creo que fue Javier Marías quien dijo una vez que cuando uno lee esta novela, se hace mejor persona. Nuevamente salvando las distancias, vuelve a suceder lo mismo con esta película. Y pueda ser quizá por  la  tristeza que produce el ver en alguien la incapacidad de recuperar esa esperanza perdida, esa anulación de las emociones, esa pérdida, en definitiva, de trocitos de vida... Más cuando en el fondo, la verdadera libertad procede no solamente de nuestra condición de personas, sino en creer que lo somos y en lo que somos: seres humanos.

Ya termino. Como leí una vez -perdonadme esta vez, pero no sé en dónde...-, no se es bueno o fuerte por lo que se rechaza, sino por lo que se abraza; precisamente por el riesgo que conlleva asumir de forma comprometida y responsable las situaciones que se presentan de forma natural. Qué difícil es saber estar a la altura de ellas. 



Una película deliciosa, ya lo escribió Carlos Boyero. 
Con un encanto envolvente, como el del chocolate; ya lo escribo yo. 

María